Hace unas semanas una amiga me dijo, con toda seriedad, que su novio era narcisista encubierto con rasgos de apego evitativo. Le pregunté quién lo había diagnosticado. Me dijo que un video. Un video de treinta segundos, de una muchacha con buena luz y un cuaderno en la mano.
No me reí. Yo también lo he hecho. Todos lo hemos hecho. Vemos un video que dice que si te cuesta empezar tareas, pierdes las llaves y te aburres en las juntas, probablemente tienes TDAH. Y uno piensa: ese soy yo. Y se siente alivio, porque por fin algo tiene nombre.
Los psiquiatras lo llaman autodiagnóstico por redes. Los datos son escandalosos: en Estados Unidos y Reino Unido las solicitudes de evaluación de TDAH en adultos se triplicaron entre 2020 y 2025.
Las farmacias se quedaron sin metilfenidato. Y la mitad de los videos más vistos de TikTok sobre el tema, según un estudio de la Universidad de British Columbia, contienen información falsa.
El alivio del nombre
Entiendo el alivio. Vivimos en una época que exige rendir todo el tiempo, y cuando uno no rinde, la pregunta inmediata es qué tengo. Si tengo algo, no es mi culpa. Es química. Es un trastorno. Hay pastilla.
Pero hay una diferencia enorme entre tener un trastorno y estar cansado de un sistema que no deja descansar. La primera se trata con medicina. La segunda se trata cambiando la vida. Y la segunda es mucho más común de lo que TikTok quiere admitir, porque no hay nada que venderle a alguien que simplemente necesita dormir más y trabajar menos.
Lo que decía el viejo Freud
Freud, con todos sus errores, tenía una idea que sigue sirviendo: el síntoma es un mensaje. No es un enemigo que hay que callar. Es algo que el cuerpo o la mente están diciendo porque no encontraron otra forma de decirlo. Si uno se queda con la etiqueta y se salta el mensaje, el síntoma se calla un rato y vuelve con otro nombre.
Mi amiga no necesita saber si su novio es narcisista encubierto. Necesita saber si quiere seguir con él. Y esa pregunta no la responde ningún video, por mucha luz que tenga.
Lo que sí funciona
No estoy en contra de los diagnósticos. Hay gente con TDAH real a la que la medicina le cambió la vida, y hay gente con depresión que necesitaba pastilla y no sermón. Lo que digo es que el diagnóstico se hace sentado frente a alguien que te conoce, durante meses, no frente a una pantalla durante treinta segundos.
Y digo algo más incómodo. Mucho de lo que hoy llamamos trastorno antes se llamaba carácter. El distraído, el tímido, el intenso, el flojo. No todo era enfermedad. Parte era simplemente ser una persona.
Convertir cada rasgo en patología tiene un costo: uno deja de ser responsable de sí mismo. Ya no soy impuntual, tengo ceguera temporal. Ya no soy grosero, tengo baja regulación emocional.
Viktor Frankl lo dijo con una frase que me gusta: entre el estímulo y la respuesta hay un espacio, y en ese espacio está nuestra libertad. Las etiquetas, cuando se usan mal, cierran ese espacio. Te dicen que no hay nada que elegir, que así eres.
Lo que pasa con los niños
Donde más me preocupa esto es en los niños. Mi hija tiene compañeros de ocho años que ya dicen que tienen ansiedad. No es que estén nerviosos: tienen ansiedad, como quien tiene una mascota. Lo aprendieron de sus papás, que lo aprendieron de videos.
Un niño que a los ocho años ya tiene un diagnóstico que nadie le hizo crece creyendo que así es él, que no hay nada que hacer, que la vida va a ser siempre esa palabra.
Antes les decíamos que eran tímidos, o inquietos, o soñadores, y crecían siendo eso con sus altas y sus bajas. Ahora les damos una etiqueta clínica a los ocho y una pastilla a los doce. No sé si estamos cuidándolos mejor o fabricando pacientes.
Un psiquiatra amigo me dijo algo que no se me olvida: en veinte años de consulta nunca vio tanta gente llegar con el diagnóstico ya hecho. Antes llegaban con síntomas. Ahora llegan con la etiqueta y piden la receta. Y lo difícil, dice, no es tratarlos; es convencerlos de que a lo mejor no tienen lo que creen.
Conclusión
Le dije a mi amiga que dejara de ver videos de psicología por una semana y que hablara con su novio. No sé si lo hizo. Pero sí sé que ninguna de las dos cosas tiene algoritmo.
Si algo te pasa, ve con alguien que te vea. Si nada te pasa y solo estás cansado, descansa. Y si un video te dice en treinta segundos quién eres, desconfía. Tú tardaste años en ser quien eres. No cabes en un clip.


