Captura de Maduro: La erosión de la soberanía latinoamericana
La operación militar de gran escala por parte de los Estados Unidos que culminó en la captura de Nicolás Maduro ha puesto a los países latinoamericanos a pensar sobre las implicaciones en su soberanía. Este evento reaviva las discusiones históricas sobre intervenciones extranjeras en nuestro suelo y nos recuerda la fragilidad institucional de nuestra región.
Más allá del impacto del gobierno de Maduro en su país, la operación de su captura es el punto de quiebre geopolítico que redefine los límites de la soberanía latinoamericana. La justicia, la gobernanza y la estabilidad de nuestro hemisferio fueron pisoteadas sin pudor.
Soberanía latinoamericana
Nuestros Estados cuentan con reconocimiento internacional y gozan de capacidades inherentes como la soberanía. Para evitar ambigüedades, conviene precisar: soberanía es la capacidad de un Estado para ejercer control territorial, tomar decisiones políticas sin coerción externa, mantener instituciones autónomas y proteger la integridad económica y de seguridad de su territorio y habitantes.
Capturar al jefe de Estado sin el consentimiento del país es un acto que se pasa por el arco del triunfo estos principios. Los pulveriza.
Y lo más grave es que, al no pronunciarnos en contra, estamos aceptando tácitamente que nuestra soberanía es negociable. Estamos enviando el mensaje de que cualquier actor externo puede imponerse sobre nosotros sin consecuencias. Nos convertimos, por omisión, en marionetas de poderes que no rinden cuentas ante nuestras sociedades.
Y no es la primera vez que Estados Unidos abusa de nuestra región. En 1989, recordemos, otra operación en suelo panameño terminó en la captura de Manuel Noriega. La historia se repite porque nunca se cerró. ¿Dónde queda nuestra estabilidad? ¿Dónde queda nuestra capacidad de autodeterminación? Si hoy Estados Unidos actúa unilateralmente, ¿qué impide que mañana lo haga otra potencia con intereses menos “amistosos”?
Normalizar la intervención militar extranjera en la región es abrir la puerta a un futuro donde nuestras crisis internas ya no se resuelvan en casa, sino en los despachos de quienes ven a América Latina como un tablero de ajedrez. Eso nos deja temerosos, sin respuestas propias y con una capacidad de decisión cada vez más coartada. Peor aún, incentiva que dependamos de actores externos para resolver nuestras crisis, como si fuéramos incapaces de gobernarnos.
Hacia los detractores
Es cierto que cientos de miles de personas aplauden la intervención por lo que Maduro y su régimen han significado para Venezuela y para una región afectada por sus decisiones. Pero la captura de Maduro no es la solución al problema.
El vacío de poder —provocado por un actor que no tiene los intereses venezolanos en mente— abre la puerta a que grupos criminales, intereses internacionales y otros déspotas oportunistas entren en la escena regional.
Hoy vemos una aparente calma por la continuidad del régimen, pero es cuestión de tiempo para que ocurra una de dos cosas:
- que la disputa interna escale a niveles de violencia en las calles, o
- que se instaure un nuevo régimen con paz aparente y progreso económico, donde el titiritero será Washington y los recursos de Venezuela serán saqueados para satisfacer las necesidades de una potencia que se autoproclama salvadora, pero que en realidad actúa como una vándala.
Fragmentación y la necesidad de la Mancomunidad de Occidente
Cuando creíamos que UNASUR, ALBA y CELAC no podían estar más fragmentadas, la captura de Maduro nos abofetea recordándonos que la región carece de mecanismos propios para gestionar crisis de alto calibre.
A riesgo de sonar pesimista —y con la intención de despertar a nuestros países— me atrevo a decir que estas organizaciones están acabadas. Su capacidad de mediación regional es obsoleta. Este evento demostró la pérdida de autonomía estratégica y trajo, en detrimento de nuestra región, más influencia extrarregional.
Por eso urge pensar en algo distinto: la Mancomunidad de Occidente
No como un club diplomático vacío, sino como un pacto real de defensa, coordinación política, integración económica y protección mutua. Una estructura que permita que América Latina deje de reaccionar y empiece a anticipar.
Porque la pregunta ya no es si Estados Unidos volverá a intervenir, sino cuándo. Su retórica ya apunta a “corregir” la expansión del crimen organizado en Colombia, Brasil, Perú, México y Ecuador. Ya vimos cómo nos responsabilizan por la migración masiva y el estado de nuestras fronteras. Ya existe cooperación judicial asimétrica en México, Colombia y Ecuador.
Dentro de poco, la DEA y el FBI serán quienes controlen nuestros procesos judiciales. Y cuando eso ocurra, no habrá marcha atrás.
Nos fragmentamos con cada concesión que hacemos a los Estados Unidos. Un aliado, un amigo, no te menosprecia ni abusa diciéndote que es por tu propio bien.
Entonces, ¿qué es Estados Unidos para Latinoamérica?
La respuesta, aunque incomoda, es necesaria.
Conclusión
La captura de Maduro no es solo un episodio militar: es un espejo. Refleja nuestra debilidad colectiva, nuestra dependencia histórica y nuestra incapacidad para actuar como bloque.
Si no reaccionamos ahora, si no reconstruimos mecanismos regionales reales, si no apostamos por una Mancomunidad de Occidente que nos devuelva autonomía, seguiremos siendo espectadores de nuestro propio destino.
Nuestra soberanía no se está perdiendo ahora; se está perdiendo por abandono, por silencio, por costumbre.
Y lo más peligroso es que, cuando un pueblo se acostumbra a que otros decidan por él, deja de distinguir entre obediencia y sumisión.
¿Queremos ser sujetos de nuestra historia o simples objetos en la historia de otros?
