De Aristóteles a TikTok: el ocio noble y el ocio mercantil
¿Estamos obligados a divertirnos en esta época de tecnología al alcance de nuestros dedos?
El que no se divierte es sospechoso: un bicho raro en una sociedad que rebosa de opciones instantáneas.
Quien no se divierte hoy falta al mandato social.
Diversión
Divertirse, desde la antigüedad, es sinónimo de cambiar de rumbo, algo curioso si tomamos en cuenta que tedio, etimológicamente, proviene del cansancio del alma.
La filosofía y la diversión tienen una relación estrecha. El tedio ha sido la madre de muchas ideas revolucionarias debido a que almas cansadas han buscado curiosear entre ideas originales para divertirse.
A esto le pudiéramos llamar “ocio noble”. Asimismo, el mercantilismo nos ha llevado a contemplar el scroll infinito de las plataformas tecnológicas en un intento por acabar con el tedio.
Aristóteles mantenía que la felicidad se encontraba en el ocio. De igual forma, Byung‑Chul Han sostiene que el ocio ha sido colonizado por la lógica productiva. La ironía es clara: trabajamos más para poder pagar el ocio que nos aletarga. ¿No es esto progreso?
Blaise Pascal
Otro pensador con miradas interesantes hacia la diversión fue el matemático Blaise Pascal, quien decía que nada era más insoportable para el hombre que estar en total reposo. De ahí la magia de un meme: eso basta para distraernos.
Nos hemos vuelto dependientes de nuestra diversión. ¿Podría ser que la felicidad no es la acumulación de novedades sino la tranquilidad del alma?
No niego que, en nuestra inherente finitud, es necesario divertirse, pues reírse es la respuesta ante el absurdo que conlleva vivir en un mundo sin sentido. Pero, ¿habrá diferencia entre divertirnos para olvidar el absurdo y divertirnos para afirmarlo?
¿Qué decir del algoritmo que antes divertía y ahora también narra? Este narrador preprogramado con estímulos cada tres segundos que nos dice qué debemos pensar y convierte la risa en mercancía, dejando el “ocio noble” en la pila de los obsoletos.
Crear o re‑crear formas de divertirnos colectivamente es, en realidad, una resistencia pacífica contra el mercado. La promesa neoliberal de «trabaja más hoy y sé feliz más tarde» se revela.
Pensemos que el resultado de ambos ocios no es lo único que los hace diferir. TikTok y otras plataformas similares explotan los circuitos dopaminérgicos, fatigando y fragmentando la atención. Por eso vemos cada vez más mermada la capacidad de contemplación de las generaciones del algoritmo. La paradoja es que, a más estímulo, más tedio.
Reconciliando el ocio noble con el ocio mercantil
El humor aún puede ser utilizado como arma de resistencia si mantiene su filo crítico y evita ser comercializado. Hasta el más modesto usuario de la plataforma rápida puede intentar algo que cambie su forma de ocio.
Si apagara el algoritmo durante una hora y comiera sin pantallas, vería significativamente mejorada su manera de divertirse. La mente que vaga en el vacío, irreparablemente, caerá en la curiosidad.
