La paradoja de la degradación global del suelo
La FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) publicó que el 33% de los suelos agrícolas del planeta están en estado de degradación severa, y a las tasas actuales, podríamos perder la mitad del suelo cultivable en los próximos sesenta años.
La cifra, traducida a lenguaje doméstico, dice algo simple: estamos comiéndonos, literalmente, la base sobre la cual va a comer la próxima generación.
El diagnóstico del suelo fértil en México
México no es la excepción. La SADER reporta que alrededor del 64% del territorio agrícola mexicano sufre algún grado de erosión, y que la pérdida de suelo fértil supera, en muchas regiones, los 30 mil kilos por hectárea al año.
Las causas son conocidas: monocultivo intensivo, uso excesivo de fertilizantes nitrogenados, deforestación, sobrepastoreo, mecanización pesada en pendientes pronunciadas. Cada una de esas prácticas tiene su lógica económica de corto plazo. En conjunto, agotan en años lo que tardó en formarse milenios.
La tierra: ¿mercancía o comunidad viva?
Aldo Leopold, ya citado en este blog, escribió en 1949 una frase que envejeció con dolorosa exactitud: “estamos abusando de la tierra porque la consideramos una mercancía que nos pertenece. Cuando la veamos como una comunidad a la que pertenecemos, podremos empezar a usarla con amor y respeto”.
Setenta y siete años después, el suelo sigue siendo, en la mayoría de los marcos jurídicos, una mercancía. Se compra, se vende, se titula, se subsidia. Lo que casi nunca se hace es cuidarlo como ente vivo, que es lo que es.
Monocultivos y las lecciones de la Revolución Verde
Vandana Shiva, una de las voces más persistentes de la filosofía ambiental contemporánea, lo formuló con precisión en La biodiversidad, perspectivas de una vida sustentable: “el monocultivo de la mente y el monocultivo del campo se sostienen mutuamente”.
India, su país, fue uno de los principales laboratorios de la Revolución Verde, en los años sesenta que multiplicó por tres la producción de granos básicos a costa de empobrecer suelos, eliminar variedades nativas y endeudar a millones de campesinos. La cosecha fue inmediata. La hipoteca, generacional.
La eliminación del descanso del suelo
Hay un proverbio campesino mexicano que ilumina sin necesidad de academia: “tierra que no descansa, tierra que se cansa”.
El descanso del suelo —barbecho, rotación, cultivos de cobertura, sistemas agroforestales— ha sido conocido por las culturas agrícolas durante miles de años. La agricultura industrial moderna lo eliminó porque no tenía precio en el mercado. Lo que no tiene precio, en la lógica del mercado, no se contabiliza.
Principios y viabilidad de la agroecología
Hay, sin embargo, evidencia de que el camino contrario es viable. La agroecología, formalizada por Miguel Altieri en los ochenta, propone cinco principios que han probado su eficacia en miles de campos de América Latina, África y Asia: diversificación de cultivos, integración animal-vegetal, ciclado de nutrientes, manejo orgánico de suelos, conservación de variedades nativas.
Los resultados, donde se aplica con seriedad, son consistentes: rendimientos comparables o superiores a la agricultura convencional, mayor resiliencia frente a sequías y plagas, costos de insumos significativamente menores. La diferencia es que requiere conocimiento local específico, no insumos universales.
“Comer es un acto agrícola”
Wendell Berry, poeta y agricultor norteamericano, escribió en su ensayo La cocina y la mesa: “comer es un acto agrícola”. La frase es ligeramente desconcertante. Quiere decir que cada comida cierra un ciclo que empezó en alguna parcela de algún país.
La calidad del suelo de esa parcela, las prácticas agrícolas que la sostienen, las condiciones laborales de quien la trabaja, todo eso entra en el plato. Lo ignoramos porque la cadena de suministro hace invisible esa información. El súper no etiqueta cuántos kilos de suelo se perdieron por cada kilo de tomate.
Opciones de política pública concreta
¿Qué se puede hacer, en política pública concreta? Tres niveles, escalonados.
Nivel 1: Subsidios condicionados
Hoy una buena parte de los subsidios agrícolas mexicanos van a productores que aplican prácticas convencionales sin condicionalidad ambiental.
Reorientar esos subsidios a prácticas regenerativas —rotación, cobertura, agroforestería— sin aumentar el monto total es factible en una administración. Es el modelo que la Unión Europea, con sus problemas, intenta consolidar bajo la nueva Política Agrícola Común.
Nivel 2: Marco legal para la protección del suelo
México carece de un marco jurídico específico para la conservación de suelos agrícolas.
Países como Brasil y Costa Rica han avanzado en legislación que prohíbe ciertas prácticas en zonas críticas y obliga a planes de manejo en tierras privadas mayores a cierto tamaño. Es una intervención técnica, no ideológica.
Nivel 3: Reforma en la educación agrícola
Las escuelas técnicas agropecuarias mexicanas siguen formando, en buena medida, técnicos en agricultura industrial.
Reformar sus currículos para incluir agroecología como eje, no como anexo, prepara a la próxima generación de productores.
Responsabilidad y consumo consciente en la ciudad
Hay una propuesta más íntima, también, dirigida al consumidor urbano. Comprar, una vez por semana, en mercado local. Conocer al productor.
Pagar el precio real de la comida bien producida, que es un poco más alto que el supermercado pero significativamente menor que el costo ambiental que el supermercado externaliza. La economía del bienestar lo llama “internalizar externalidades”. El campesino lo llama “que se pague lo que cuesta”.
El costo real de los productos agrícolas
Como sentencia el dicho de pueblo: “lo barato sale caro”. El kilo de tomate más barato del supermercado es barato porque alguien —el suelo, el campesino, el agua— está pagando la diferencia. Esa diferencia se acumula, año tras año, hasta volverse impagable.
Regeneración de suelos como prioridad nacional
La propuesta concreta para los próximos años: que México declare como prioridad nacional, en el siguiente Plan de Desarrollo, la regeneración de suelos agrícolas, con metas medibles a 2030.
Sin suelo, no hay agricultura. Sin agricultura, no hay alimentación. Sin alimentación, no hay nada. Como reza el proverbio chino: “el que cuida la tierra cuida a sus nietos”. Y los nuestros, todavía no nacidos, ya están dependiendo, sin saberlo, de las decisiones agrícolas de este año.