“No mide la riqueza quien la tiene, sino quien sabe vivir sin ella.”

—Proverbio popular

Gran Depresión y PIB

El Producto Interno Bruto se inventó en 1934 para responder a cuánto valía la producción de Estados Unidos durante la Gran Depresión. Su autor, Simon Kuznets, advirtió en el mismo informe que lo entregaba al Congreso: “el bienestar de una nación apenas puede inferirse de una medida del ingreso nacional”.

Lo dijo Kuznets, nadie le hizo caso. Casi un siglo después, seguimos midiendo el éxito de los países por una cifra que su propio inventor consideró insuficiente. Vale la pena preguntar por qué.

Gran Depresión y PIB

El Producto Interno Bruto se inventó en 1934 para responder a cuánto valía la producción de Estados Unidos durante la Gran Depresión. Su autor, Simon Kuznets, advirtió en el mismo informe que lo entregaba al Congreso: “el bienestar de una nación apenas puede inferirse de una medida del ingreso nacional”.

Lo dijo Kuznets, nadie le hizo caso. Casi un siglo después, seguimos midiendo el éxito de los países por una cifra que su propio inventor consideró insuficiente. Vale la pena preguntar por qué.

Las alternativas occidentales

Hay alternativas, y no son nuevas. Desde adentro de la tradición occidental: el Índice de Desarrollo Humano de Mahbub ul Haq y Amartya Sen, el Better Life Index de la OCDE, el Genuine Progress Indicator.

Cada uno suma factores que el PIB ignora —esperanza de vida, escolaridad, distribución del ingreso, calidad del aire— y cada uno pinta un mapa distinto del mundo.

Pero las alternativas más interesantes vienen de afuera. Y no son simples ajustes técnicos al PIB: son ontologías distintas, maneras enteras de entender qué cuenta como vivir bien.

El buen vivir andino

Sumak kawsay en quechua, suma qamaña en aymara, traducido habitualmente como vivir bien o buen vivir. No es un slogan. Es una concepción del bienestar que asume tres principios que el PIB no contempla: relacionalidad, suficiencia y reciprocidad.

Joseph Estermann lo explica con paciencia en Filosofía andina (2006). El sumak kawsay no es la versión indígena del PIB. No es siquiera un indicador. Es una ontología: una manera de entender qué es vivir bien.

Implica que el bienestar de un individuo depende del bienestar de su comunidad, del territorio que habita, de los animales y plantas con los que comparte ese territorio, y de los antepasados y descendientes con quienes está en deuda recíproca. Bienestar como red, no como suma.

Bhutan y la Felicidad Nacional Bruta

Bhutan, lejos de los Andes pero con una intuición parecida, formalizó esa idea en 1972 con la noción de Felicidad Nacional Bruta. Cuatro pilares:

  • Desarrollo socioeconómico equitativo.
  • Conservación ambiental.
  • Preservación cultural.
  • Buen gobierno.

Las encuestas se aplican cada cinco años. No reemplazan al PIB en Bhutan, pero lo compiten. Los planes quinquenales se evalúan en función de los dos. Y, aunque suene exótico, varios estudios independientes del PNUD han mostrado que la métrica bhutanesa se correlaciona mejor con resultados de salud mental y cohesión social que cualquier indicador económico tradicional.

Por qué importa la métrica

¿Por qué importa esto hoy? Importa por dos razones, una metodológica y otra política.

La metodológica: los indicadores del PIB no ven lo que más preocupa. Una economía puede crecer 2% mientras el agua se acaba, los suicidios suben, los niños se vuelven obesos y los pueblos se vacían. Y, técnicamente, el gobierno habrá “tenido un buen año”. Lo que no se mide no se ve. Lo que no se ve no se atiende.

La política: la noción de que el bienestar es un asunto exclusivamente individual es relativamente reciente. Aristóteles, Confucio, los estoicos, los filósofos andinos, las tradiciones africanas de ubuntu —todos coincidían en algo: nadie es bien por sí solo.

“Soy porque somos”, reza la fórmula bantú. Suena idealista hasta que uno lo pone en datos: las poblaciones con mayor capital comunitario tienen menor mortalidad por todas las causas, mejor salud mental adolescente y más resiliencia frente a crisis económicas.

Ayni: la reciprocidad como estructura

Hay una palabra quechua que vale la pena introducir aquí: ayni. Ayni significa reciprocidad: no el intercambio puntual, sino la deuda diferida. Yo te ayudo en tu cosecha; tú me ayudarás un día con la mía. Yo cuido al mayor de tu familia; alguien cuidará al mío cuando llegue el momento.

La economía moderna llamaría a eso “informalidad”. La filosofía andina lo llama estructura. Y los economistas del bienestar empiezan a darle la razón: las redes de ayni —en sus versiones campesinas, urbanas o digitales— son la principal protección contra la pobreza extrema en regiones donde el Estado no llega.

Un proverbio sencillo recoge la misma intuición: hoy por ti, mañana por mí. No es solo cortesía. Es teoría política. Es una manera de decir que el yo solo se sostiene porque hay un nosotros que lo sostiene.

Una propuesta: tablero municipal de prosperidad

Vaya aquí una propuesta modesta, casi técnica. No exigir que un país cambie el PIB de la noche a la mañana —es la métrica que el FMI y los mercados entienden, y por ahora no hay forma de zafarse—. Pero sí exigir que cada ciudad y cada región publique junto al PIB un tablero de bienestar.

  • Tiempo libre promedio (horas semanales no laborales).
  • Confianza interpersonal (encuesta tipo World Values Survey).
  • Salud del ecosistema local (calidad de agua, aire, biodiversidad).
  • Participación cívica (votación, asociacionismo, voluntariado).
  • Salud mental (depresión, ansiedad, suicidio).
  • Satisfacción con la vida (escala 0 a 10).

Esos seis indicadores, juntos, dirían más sobre cómo se vive en una ciudad que cualquier cifra de inversión extranjera directa. Y serían, además, baratos de levantar: la mayoría se obtiene con encuestas anuales y datos administrativos.

Conclusión

Mahatma Gandhi escribió que “no podemos pensar en mejorar el mundo si no estamos dispuestos a mejorar a nosotros mismos”. El sumak kawsay agrega: ni a nosotros mismos podemos mejorar si no mejoramos a la comunidad y al territorio.

La vara con la que se mide condiciona lo que se ve. Si el termómetro mide solo dinero, todo lo que no es dinero queda invisible.

La propuesta, se insiste, es un tablero local de bienestar, anual, público, comparable entre ciudades.

Que la próxima campaña electoral local no se gane prometiendo más infraestructura, sino exhibiendo cuántas horas más de tiempo libre, cuánta más confianza, cuánta más biodiversidad y cuánta menos depresión se logró en el periodo previo. Eso es vivir bien.