En octubre de 2025, Javier Milei ganó las elecciones legislativas de Argentina. No ganó por poco. Ganó después de dos años de recortes brutales, de jubilados golpeados en la calle, de universidades sin presupuesto y de un escándalo de criptomoneda que en cualquier otro país habría tumbado a un presidente. Ganó igual.
Yo no soy argentino y no voy a explicarle a los argentinos su país. Pero llevo un año tratando de entender por qué un pueblo que sufre un ajuste vota por el que lo ajusta, y creo que la respuesta no está en Milei. Está en lo que había antes.
La memoria del desastre
Argentina tuvo inflación de más de doscientos por ciento anual en 2023. Eso significa que el sueldo de enero no compraba nada en diciembre. Que ahorrar era una broma. Que los precios cambiaban entre la entrada y la salida del supermercado. Quien no ha vivido eso no entiende lo que hace con la cabeza de la gente.
Cuando llegó Milei, la inflación bajó. A costa de todo lo demás, sí. Pero bajó. Y hay un cálculo que los economistas no hacen y los votantes sí: prefiero ser pobre y saber cuánto vale mi dinero mañana, a ser menos pobre y no saber nada. La estabilidad, aunque sea estabilidad en la miseria, es un bien que solo valora quien la perdió.
La motosierra como terapia
Hay algo más, menos económico y más humano. Milei no vendió un programa. Vendió una venganza. Contra la casta, contra los políticos, contra los que se llevaron todo durante décadas. La motosierra no era un plan fiscal. Era un gesto. Y los gestos, cuando la gente está harta, valen más que los planes.
Nietzsche escribió sobre el resentimiento como fuerza política antes de que existieran las encuestas. Decía que cuando un pueblo se siente humillado mucho tiempo, no busca justicia. Busca a alguien que humille a los que lo humillaron. Milei entendió eso mejor que todos sus rivales juntos.
Lo que no se resuelve con motosierra
Pero aquí va mi duda, y es seria. Se puede recortar un Estado. Lo que no se puede recortar es la necesidad que ese Estado cubría. Los jubilados siguen necesitando medicinas. Los chicos siguen necesitando escuela. Las rutas siguen necesitando asfalto. Cuando el Estado deja de hacerlo, no desaparece la necesidad. Desaparece la respuesta.
Y la pregunta que Argentina va a tener que responder en los próximos años es qué pasa cuando la estabilidad ya no es novedad y la necesidad sigue ahí. El voto de 2025 fue de alivio. El de 2027 va a ser de balance. Y los balances son menos generosos.
Para los que miramos desde afuera
En México, en Colombia, en Perú, hay quien mira a Milei con envidia y quien lo mira con horror. Yo creo que los dos se equivocan de pregunta. La pregunta no es si queremos un Milei. Es si estamos construyendo las condiciones para que aparezca uno.
Porque Milei no cayó del cielo. Lo fabricaron veinte años de gobiernos que prometieron y no cumplieron, que robaron y no pagaron, que trataron a la gente como tonta. Cuando eso pasa suficiente tiempo, la gente vota por el que trae la motosierra, aunque sepa que le va a tocar a ella también. No por tonta. Por harta.
Lo que Milei sí entendió
Y hay algo que sus críticos no quieren reconocer. Milei dijo desde el principio que iba a doler. No prometió que no doliera. Eso, en un continente donde todos los políticos prometen el paraíso sin costo, fue novedad. La gente le creyó no porque le gustara el dolor, sino porque por primera vez alguien les hablaba como adultos.
Hay una vieja idea en filosofía política, de Maquiavelo, que dice que el príncipe debe hacer todo el daño de golpe y los beneficios de a poco. Milei la aplicó al pie de la letra. Dolió todo en el primer año. Si los beneficios llegan de a poco los años siguientes, va a durar. Si no llegan, la motosierra se la van a cobrar a él.
Un detalle que me quedó: en las entrevistas de salida de octubre, muchos votantes de Milei dijeron que no estaban de acuerdo con él. Lo votaron igual. Eso, más que cualquier cifra, explica el momento. No es amor. Es la decisión de no volver a lo de antes a ningún precio.
Conclusión
Milei ganó. Puede que gane otra vez. Puede que se estrelle. No lo sé y desconfío de quien diga que sí lo sabe.
Lo que sé es que cada vez que un político promete y no cumple, está comprando un boleto para que aparezca el próximo Milei. Y eso aplica en Buenos Aires, en la Ciudad de México y en cualquier capital donde la gente ya se cansó de que le mientan con buenos modales.


