La Filosofía Como Respuesta by Martin Alonso Aceves Custodio

Hijo, primero son los fracasos, luego los éxitos

El sermón filosófico del abuelo “hijo, primero son los fracasos, luego los éxitos” contiene más sabiduría filosófica que la mayoría de los libros de autoayuda que se venden como pan caliente en las librerías.

Vivimos en una época donde el fracaso se ha convertido en el villano de nuestra historia personal. Lo evitamos, lo negamos, lo maquillamos con eufemismos bobos como “experiencia de aprendizaje” y “oportunidad de crecimiento”; pero no le decimos por su nombre. Lo curioso es que al huir del fracaso, estamos huyendo precisamente de aquello que nos hace más humanos, más sabios y, paradójicamente, más exitosos.

Es perturbadora la forma en que nuestra sociedad ha construido el mito del éxito inmediato. Scrolleamos por Instagram viendo vidas aparentemente perfectas, leemos sobre emprendedores de 25 años que “lo lograron de la noche a la mañana”, y nos bombardean con historias de triunfo que omiten convenientemente los años de fracasos que las precedieron.

Según Buyn-Chul Han hemos creado una cultura donde el fracaso no solo es inaceptable, sino que se percibe como una falla moral personal. Ya no fracasamos en algo; somos fracasados.

Pero aquí está el problema: cuando eliminamos el fracaso de la ecuación, también eliminamos el aprendizaje real. Como dice el proverbio chino que recopila la sabiduría de milenios: “El fracaso es la madre del éxito”. 

La Pedagogía del Fracaso

Fernando Reina, en su “Pedagogía del Fracaso” nos habla del enfoque educativo que enseña a los estudiantes a ver los errores como oportunidades para crecer”. Es decir, que cada vez que fracasas, tu cerebro está haciendo algo extraordinario, está recalibrando, ajustando, aprendiendo. El fracaso es, literalmente, el mecanismo de actualización de software de la experiencia humana.

“No he fracasado. He encontrado 10,000 soluciones que no funcionan” 

  • Thomas Edison
Hijo, primero son los fracasos, luego los éxitos1

Lao Tzu y Epicteto tenían razón

Para Lao Tzu, el concepto mismo de fracaso era una ilusión creada por nuestro apego a resultados específicos. Imagínate un río que encuentra una roca en su camino. ¿Fracasa el río? No. Simplemente encuentra otra ruta. El agua no se lamenta por no poder seguir en línea recta; se adapta, fluye, continúa. 

Pero nosotros, los humanos modernos, somos como ríos que se obsesionan con la roca. Nos quedamos ahí, golpeándonos contra el obstáculo, llamándolo “fracaso”, cuando la sabiduría estaría en reconocer que la roca es parte del paisaje, no una anomalía que arruina nuestros planes.

Epicteto, quien pasó de ser esclavo a ser uno de los filósofos más influyentes de la historia, sabía algo sobre transformar la adversidad en sabiduría. Su mensaje era claro: no puedes controlar lo que te sucede, pero puedes controlar cómo respondes a lo que te sucede. El fracaso no es lo que te pasa; es lo que haces con lo que te pasa.

Generaciones de sabiduría popular se encuentran destiladas en refranes simples, pero acertados.

“Más vale fracasar en el intento que no intentar algo por temor al fracaso”

“No hay camino sin tropiezo” 

“Quien fracasa con frecuencia, va ganando en experiencia” 

La ciencia moderna nos confirma que el fracaso es neurológicamente necesario para el aprendizaje. Cuando fracasamos, nuestro cerebro libera neurotransmisores que fortalecen las conexiones sinápticas relacionadas con la memoria y el aprendizaje.

Uno de los mitos más destructivos de nuestra cultura es la idea del “talento natural”. Vemos a alguien excelente en algo y asumimos que “nació así”. Pero la investigación sobre expertise nos cuenta una historia diferente. Mozart, el supuesto niño prodigio, había estado componiendo durante más de diez años antes de crear su primera obra maestra. Michael Jordan fue cortado del equipo de básquetbol de su escuela secundaria. Stephen King recibió 30 rechazos antes de publicar su primera novela.

Lo que llamamos “talento” es, en realidad, la capacidad de fracasar productivamente durante largos períodos de tiempo. Es la habilidad de convertir cada error en información, cada caída en impulso para el siguiente salto.

Conclusión

Los padres que resuelven todos los problemas de sus hijos están criando adultos que no saben resolver problemas. Las escuelas que eliminan la posibilidad de fracaso están graduando estudiantes que se desmoronan ante el primer obstáculo real. Las empresas que no toleran errores están creando culturas de mediocridad donde nadie se atreve a innovar.

Tal vez es hora de redefinir qué significa “éxito”. En lugar de verlo como la ausencia de fracaso, podríamos verlo como la presencia de aprendizaje continuo. En lugar de medirlo por logros externos, podríamos medirlo por crecimiento interno.

No se trata de celebrar el fracaso por el fracaso mismo. Se trata de reconocer que el fracaso es el precio de entrada a cualquier cosa que valga la pena. 

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