En marzo de 2025, el editor de The Atlantic, Jeffrey Goldberg, recibió una solicitud de contacto en Signal de alguien que se identificaba como Mike Waltz, el asesor de seguridad nacional de Estados Unidos. 

La aceptó. Dos días después estaba dentro de un grupo llamado “Houthi PC small group” junto con el vicepresidente, el secretario de Defensa, el secretario de Estado y la directora de inteligencia nacional. 

¡Nada fuera de lo ordinario! Pensarás. Ahí, en un chat como el que usamos para organizar la posada de la oficina, se discutieron los horarios, los objetivos y las armas de un bombardeo en Yemen.

Nadie lo notó hasta que las bombas ya habían caído

Un periodista lo trajo a la luz. Lo que siguió fue lo de siempre: negaciones, minimizaciones, ataques al periodista. La Casa Blanca dijo que no había información clasificada. Los expertos en seguridad dijeron que sí. Y el público, después de dos semanas de escándalo, pasó a otra cosa.

Pero este autor cree que Signal Gate merece más que dos semanas. Porque no fue un accidente tecnológico. Fue una radiografía de cómo se ejerce el poder hoy.

La banalidad del chat

Hannah Arendt acuñó una frase que aquí aplica con precisión: la banalidad del mal. Lo que ella observó en el juicio de Eichmann, en Nuremberg, fue que las decisiones más atroces no las tomaban monstruos, sino burócratas que hacían su trabajo sin pensar demasiado en las consecuencias.

Signal Gate es la banalidad del poder. Hombres con la capacidad de decidir sobre la vida de miles de personas conversando con emojis. El secretario de Defensa mandó un puño cerrado y una bandera de EU cuando confirmó que los ataques habían sido exitosos. Como si fuera tu tío celebrando un gol cualquier domingo por la tarde.

No estoy diciendo que sean malas personas. Estoy diciendo algo peor: que son personas normales, con hábitos normales, tomando decisiones que no son normales. Y que la herramienta de chat les permitió sentir que todo era casual.

De Nixon a WhatsApp: cómo la tecnología revivió la opacidad del poder 

Hay un detalle que se perdió entre el ruido. Los mensajes estaban configurados para desaparecer. Eso significa que las decisiones de guerra de la potencia más grande del mundo se estaban tomando en un canal diseñado para no dejar registro. Los protocolos de archivo, que existen por ley, se los pasaron por el arco del triunfo.

En cualquier democracia, la documentación no es burocracia. Es la condición mínima para que alguien pueda rendir cuentas después. Sin archivo no hay historia. Sin historia no hay responsabilidad. Y sin responsabilidad, el poder se ejerce como se ejercía antes de que existieran los parlamentos: por la voluntad de quien lo tiene.

Recordemos que la Ley de Registros Presidenciales existe en Estados Unidos precisamente porque Nixon quiso destruir sus cintas. Cincuenta años después, la generación que creció con WhatsApp gobierna con la misma lógica, pero con mejor tecnología.

El periodista como intruso

Lo más revelador de todo el episodio fue la reacción. No hubo vergüenza por haber planeado un bombardeo en un chat. Hubo enojo porque un periodista lo vio.

Eso dice todo. El problema, para ellos, no fue la falta de rigor. Fue la falta de secrecía. Si Goldberg no hubiera estado ahí, el chat habría seguido igual, con los mismos emojis y la misma ligereza, y nadie lo habría sabido nunca.

El periodismo, cuando funciona, hace exactamente eso: aparece donde no lo invitaron. Y quienes ejercen el poder lo perciben como una violación. Pero la democracia se sostiene en esa violación. Sin intrusos, solo queda la versión oficial.

El dilema del Signal Gate: ¿gobiernos transparentes o conversaciones invisibles? 

Es fácil ver Signalgate como un asunto de Washington. No lo es. La lógica del chat ya se extendió a todos los gobiernos del mundo. En América Latina se han filtrado conversaciones de ministros, gobernadores y presidentes discutiendo contratos, nombramientos y campañas por Telegram y WhatsApp.

En Europa, la Comisión Europea fue investigada por los mensajes que su presidenta intercambió con el director de Pfizer durante la pandemia y que nadie pudo recuperar.

La pregunta que Signal Gate deja abierta no es si los funcionarios de Trump fueron descuidados. Es si estamos dispuestos a que las decisiones que definen nuestra vida colectiva se tomen en herramientas diseñadas para no dejar huella.

Conclusión

Signal Gate va a quedar en los libros como una anécdota de torpeza. Es un error de lectura. Lo que mostró no fue torpeza, sino costumbre. La costumbre de un poder que ya no siente la necesidad de documentarse ni de explicarse.

Y cuando el poder deja de explicarse, no es porque tenga menos que decir. Es porque cree que ya no le hace falta. Como estamos viviendo ahora mismo.