Hay una foto que no me puedo quitar de la cabeza. Es del 8 de diciembre de 2024. Un muchacho sirio, con chamarra deportiva, sentado con las piernas cruzadas en el sillón del despacho presidencial de Damasco. Se está tomando una selfie. Detrás de él, en la pared, todavía cuelga el retrato de Bashar al-Assad.
Esa mañana Assad ya iba en un avión a Moscú. Cincuenta y cuatro años de dinastía familiar, trece de guerra civil, armas químicas contra su propia gente, medio millón de muertos. Y al final, un chavo con celular sentado en su silla.
Los rebeldes salieron de Idlib el 27 de noviembre. Once días después estaban en el palacio. Nadie lo vio venir. Ni la CIA, ni el Mossad, ni Putin, ni los sirios que llevaban dos generaciones aprendiendo el nombre de esa familia en la escuela.
Lo que se pudre por dentro
Yo creo que la lección no está en cómo cayó, sino en cuánto tiempo llevaba caído sin que nadie lo notara.
Los soldados de Assad no pelearon. Eso es lo que explica los once días. Un ejército que cobra sueldos de hambre, que ve a los generales enriquecerse con el contrabando de captagon, que lleva años sin creer en nada, no defiende un palacio. Se quita el uniforme y se va a su casa. Y eso fue lo que hicieron, ciudad por ciudad, sin disparar.
Ibn Jaldún escribió sobre esto en el siglo XIV, y lo escribió mejor que cualquier analista de hoy. Los regímenes, decía, se sostienen por una fuerza que él llamó asabiyya: la cohesión de un grupo alrededor de algo que le importa.
Cuando un régimen pierde esa cohesión, puede seguir de pie muchos años por pura inercia. Pero está hueco. Y lo hueco se cae al primer empujón.
Assad estaba hueco desde 2015, cuando Rusia tuvo que rescatarlo. Lo que pasó en 2024 fue que Rusia estaba ocupada en Ucrania, Irán acababa de perder a Hezbollah, y nadie tuvo tiempo de sostener la cáscara.
Los amigos que no llegaron
Eso me lleva al otro punto. Assad tenía aliados. Los tenía de sobra. Y ninguno mandó un solo avión.
Los aliados de un régimen no son amigos. Son socios. Y los socios se quedan mientras el negocio deja ganancia. En cuanto Assad dejó de servir para algo, Moscú le dio asilo y Teherán le dio el pésame. Punto.
¡Ojo con esto! porque no es un asunto sirio. Cuba depende de Venezuela, Venezuela dependía de Rusia y de China, Nicaragua depende de que nadie la mire. Hay medio continente sostenido por muletas ajenas. Y las muletas, cuando el dueño las necesita para otra cosa, se van.
El día después
No voy a vender la caída de Assad como final feliz. Quien tomó Damasco viene de Al Qaeda, aunque ahora use traje y dé entrevistas en inglés. Israel aprovechó para meterse más al Golán. Turquía aprovechó para golpear a los kurdos. Siria sigue siendo un tablero donde juegan otros.
Pero durante cincuenta y cuatro años Siria no tuvo futuro. Tenía un presente que se repetía. Ahora tiene un futuro que puede salir mal. Y prefiero mil veces un futuro que puede salir mal a un presente que ya salió mal y no se puede cambiar.
Lo que Occidente no quiere aprender
Hay una tentación en Europa y en Washington de leer la caída de Assad como una victoria propia. No lo fue. Occidente no hizo nada.
Las sanciones llevaban una década sin tumbarlo. Lo tumbaron sirios, con apoyo turco, aprovechando que sus padrinos estaban distraídos. Y eso debería bajarle los humos a cualquiera que crea que los regímenes caen por presión externa. Caen desde adentro o no caen.
Cuba lleva sesenta años de embargo y ahí sigue. Irán lleva cuarenta y cinco de sanciones y ahí sigue. Lo que acaba con un régimen no es que lo asfixien de afuera, es que se le vaya la gente que lo sostiene por dentro: los soldados, los burócratas, los que firman. Cuando esos dejan de creer, no hay sanción que haga falta ni aliado que alcance.
Y hay otra cosa que me quedó rondando. En las fotos de esos días no hay estatuas cayendo con grúas, como en Bagdad en 2003. Hay gente entrando a las prisiones a buscar a sus familiares. Sednaya, la cárcel donde desaparecieron decenas de miles, con madres caminando por los pasillos gritando nombres.
Lo anterior es lo que sostenía a Assad: no la ideología, el miedo a ese pasillo. Y en cuanto el pasillo se abrió, ya no había régimen que defender.
Conclusión
Vuelvo a la foto del muchacho en el sillón. Lo que me impresiona no es la victoria. Es la naturalidad. Se sentó ahí como si siempre hubiera sido posible. Y siempre lo fue. Solo que nadie se había atrevido a empujar.
Lo que parece eterno, casi nunca lo es. Solo está esperando.