La filosofía arrodillada
Pensar que la filosofía es incorruptible es mentirse, aunque nos jactemos de que el quehacer filosófico siempre está en búsqueda de la verdad y la justicia. Tenemos evidencias históricas y actuales que demuestran que los filósofos se han arrodillado ante el poder e ideas que no siempre concordaban con lo que predicaban.
Filósofos se han sometido al poder. Más de uno ha besado el anillo del emperador y se ha dejado seducir por el poder. El mismo Platón soñaba con el “rey filósofo”, que sospechosamente sonaba a una vacante que él mismo podía cubrir.
En el siglo pasado, Heidegger, el poeta del ser, terminó poniéndose el brazalete nazi y hablando de la grandeza del movimiento.
Los filósofos no son tontos, saben que a veces más vale quedar bien con el patrón que acabar en la calle. Contar con la protección del mero mero gana prestigio, pero, ¿a qué costo?
Lo que sucedió con Heidegger fue que se convirtió de crítico de la técnica a animador de mítines políticos. El pensamiento se convirtió en propaganda.
Pensamientos de libertad
Otro caso ocurrió en la Unión Soviética, donde intelectuales que hablaban de libertad se convirtieron en los poetas de Stalin. En China pasó lo mismo cuando los académicos decidieron, durante la Revolución Cultural, citar a Mao.
En América Latina, más de un pensador justificó las dictaduras militares en nombre del orden público. En Estados Unidos, no vimos a John Dewey o a William James luchando contra la segregación.
Cuidar la filosofía es cuidar las oportunidades que se tienen para mejorar. El poeta Aimé Césaire escribió:
“Una civilización que se muestra incapaz de resolver los problemas que suscita es una civilización decadente”.
Si dejamos que la filosofía se incline ante el poder, estamos siendo partícipes de la decadencia de nuestra civilización.
Perspectivas diferentes
Los filósofos de hoy no se arrodillan únicamente ante figuras de poder —hay otros altares más atractivos: el mercado y la industria del espectáculo, por mencionar algunos.
El filósofo esloveno Slavoj Žižek es ahora una estrella pop por combinar humor, Matrix y filosofía. Jordan Peterson nos vende autoayuda disfrazada de filosofía profunda, y Byung-Chul Han se ha convertido en best-seller de buró de recámara.
No quiero decir que estos filósofos no hagan filosofía. Personalmente admiro su trabajo. A lo que quiero llegar es: ¿a qué grado arrodillarse al altar del mercado afecta el quehacer filosófico? Es un regreso a los sofistas atenienses.
El pensamiento, seas o no un filósofo de hueso colorado, es también una mercancía en este mundo moderno.
Actualmente
Hoy elevamos también a revolucionarios tecnológicos al peldaño de gurús. Dejamos que ellos nos enamoren con discursos sobre la ética de la inteligencia artificial, mientras tienen trabajadores explotados en fábricas al otro lado del mundo.
Un caso de pena ajena es cuando los intelectuales se reúnen a firmar manifiestos que abogan por la libertad de expresión —algo aplaudible—, pero callan frente a la censura económica que grandes corporaciones ejercen sobre la competencia menor. Algo incongruente, a mi punto de vista.
Yo ya no quiero ver filósofos que, después de otro 11 de septiembre, avalen la “guerra preventiva” y la tortura Guantánamo Style en nombre de la democracia, o golpes de Estado a la Pinochet que se conviertan en salvaciones necesarias para la patria, a boca y letra de quienes deberían informar al pueblo lo que realmente está ocurriendo.
La filosofía es crítica, no es cómoda para quienes tienen un interés en mantener el status quo. Querer entrar en coherencia filosófica con las ideas de quien esté en el poder es someterse. Lástima que esa sumisión venga plagada de premios, cátedras, contratos editoriales y conferencias alrededor del mundo; mientras que los filósofos que caminan erguidos son marginados o hasta perseguidos.
Conclusión
Filósofos, démonos cuenta de que estamos propensos a sucumbir también a los algoritmos de popularidad. Si nuestra obra alcanza cierta aceptación, nos sentamos con una posadera en la silla de filósofo y otra en la de influencer.
Corremos el riesgo de ya no preguntarnos por la dicha de sumergirnos en el ejercicio filosófico, sino en vender respuestas rápidas. La verdad no debería basarse en likes.
La filosofía se seguirá arrodillando, pero es nuestro deber, compañeros, asumir el riesgo y la soledad antes que traicionar nuestra vocación. Pensemos de pie, caminemos erguidos.
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