“Para criar a un niño hace falta una aldea.”

—Proverbio africano

Convivencia natural

Hay un experimento involuntario que estamos corriendo desde hace una década en casi todas las ciudades del mundo. Reemplazamos las cafeterías de barrio por cadenas; las plazas con bancas por explanadas con video-paneles; las tabernas y bares con grupos de WhatsApp.

La soledad se volvió un asunto de salud pública. La Organización Mundial de la Salud la declaró “amenaza global” en 2023 y le calcula efectos comparables a fumar quince cigarros diarios.

El tercer lugar de Oldenburg

Hay una palabra para lo que perdimos. La acuñó el sociólogo Ray Oldenburg en The Great Good Place (1989): “tercer lugar”. El primer lugar es la casa. El segundo, el trabajo.

El tercer lugar es todo lo demás: el café donde llegas sin avisar, el parque donde te sientas porque sí, la taberna donde conoces al cantinero por el nombre, la biblioteca pública, la barbería, la papelería de la esquina.

No son lugares íntimos ni productivos. Son lugares de convivencia gratuita, donde uno no es ni padre ni empleado ni cliente premium. Donde uno simplemente está.

Oldenburg los llamaba great good places porque cumplían tres funciones que ninguna otra institución cubre: socializaban a los recién llegados, hacían posible la vida cívica y ofrecían una segunda oportunidad de pertenencia a quien no la encontraba en su familia o trabajo.

Lo que las apps no pueden dar

Hoy, en cambio, las plataformas digitales prometen reemplazar la función. Los grupos de Facebook, los servidores de Discord, los foros de Reddit. Y en parte lo logran: hay comunidad real entre personas que nunca se han visto. Pero hay tres cosas que las plataformas no pueden dar.

La mirada del otro. Emmanuel Levinas escribió que el rostro es el lugar donde se constituye la responsabilidad ética. No el avatar, no el nombre de usuario: el rostro. Cuando uno entra a una cafetería y el cantinero lo ve, ocurre algo que no ocurre en una llamada de Zoom: uno es testigo de su propia presencia.

El silencio compartido. En un café se puede leer mientras la otra persona lee. En una plaza se puede sentar a no hacer nada al lado de un desconocido. En internet, no: internet impone interacción. Compartir silencio es un lujo presencial.

El azar. En un grupo de WhatsApp uno conversa con la gente que escogió. En un café, en cambio, uno se encuentra con quien le tocó. Y esa contingencia es la materia prima de la amistad: las grandes relaciones casi siempre empiezan así, no porque uno las haya buscado.

Cifras de despoblamiento y reemplazo de empresas locales por foraneas

Cifras del despoblamiento

Las cifras son tristes en casi todas las grandes capitales. Estudios urbanos recientes muestran que entre 2010 y 2024 cerraron, en promedio, alrededor del 35% al 40% de las cafeterías independientes y de las tiendas de barrio en grandes ciudades. En su lugar abrieron cadenas.

El centro de la vida colectiva se trasladó al centro comercial, que es —pero esto Oldenburg lo aclaraba ya en 1989— exactamente lo opuesto a un tercer lugar: ahí uno entra como cliente y debe consumir para tener derecho a quedarse.

Aristóteles y la philia

Aristóteles tenía un nombre para la amistad como base política: philia. La distinguía de la utilidad y del placer. La philia es la amistad que se busca por sí misma, no porque sirva. Es lo que sostenía la polis.

 Aristóteles decía algo que hoy suena radical: “ninguna ciudad puede existir sin amistad”. No tratado, no comercio, no constitución: amistad. Porque solo entre amigos se confía lo suficiente para discrepar sin destruirse.

El proverbio del epígrafe va en la misma dirección. La aldea no es solo familia: es vecinos, panaderos, maestros, viejos sentados en la banqueta. Es tercer lugar. Cuando una sociedad pierde su tercer lugar, cría a sus niños sola en un departamento, y el costo —en ansiedad, en sobreprotección parental, ya se está pagando.

Una propuesta urbana, una práctica personal

¿Qué queda en pie? No es nostalgia. No se trata de subsidiar cafés. Se trata de exigir que cada nueva colonia, cada nuevo desarrollo, cada nuevo plan de zonificación incluya un mínimo de metros cuadrados de tercer lugar caminable. Banca pública. Sombra. Acceso libre. Sin obligación de consumo.

La regla holandesa es buena: ningún ciudadano debe vivir a más de trescientos metros de un espacio público de convivencia.

Y a nivel personal, una reflexión más modesta. Volver al café del barrio aunque no haga falta. Saludar al de la papelería. Sentarse en la banca de la plaza con un libro. Estar disponible para el azar de un encuentro.

La filosofía, decía Pierre Hadot, no se hace solo en las aulas: se hace, sobre todo, en las conversaciones casuales que uno deja que ocurran.

Poder sentarse gratis

Hay un dicho que cierra: “el roce hace el cariño”. El roce, no el chat. El estar al lado del otro durante el tiempo suficiente como para irse acostumbrando a su voz. Eso lo dan los terceros lugares y nada más.

La medida final del éxito de una ciudad no es su PIB per cápita ni su número de turistas. Es esta pregunta de cuatro palabras: ¿hay dónde sentarse gratis? Si la respuesta es no, no es ciudad. Es zona industrial con habitantes.

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