La Filosofía Como Respuesta by Martin Alonso Aceves Custodio

¿Por qué creemos que el vecino es el enemigo?: Los Microrrelatos que nos dividen

Todos los días nos levantamos y, sin darnos cuenta, entramos a un teatro. No es el teatro de Calderón de la Barca donde “la vida es sueño”, sino uno mucho más siniestro: el teatro donde pequeñas historias nos convencen de que nuestros semejantes son nuestros enemigos.

“Los millennials son vagos”, “Los boomers no entienden nada”, “Los veganos son extremistas”, “Los carnívoros destruyen el planeta”. Microrrelatos perfectos, empaquetados en 280 caracteres, listos para el consumo masivo. Y nosotros, como buenos espectadores, aplaudimos cada función.

¿No es curioso que en una época donde tenemos acceso a más información que nunca, estemos más divididos que nunca? Como diría Hannah Arendt, cuando la realidad se vuelve demasiado compleja, preferimos las mentiras simples a las verdades complicadas.

El Algoritmo “Divide y vencerás”

Julio César lo sabía hace dos mil años: divide et impera. Pero Julio César necesitaba legiones para dividir. Nosotros solo necesitamos un smartphone y una conexión a internet.

Los algoritmos han perfeccionado lo que los emperadores romanos apenas podían soñar. Cada scroll, cada like, cada comentario airado alimenta una máquina diseñada para mantenernos en burbujas separadas, consumiendo historias que confirman lo que ya creemos y demonizando a quienes piensan diferente.

El filósofo coreano que entiende mejor que nadie nuestra época, Byung-Chul Han,  lo dice sin rodeos: vivimos en una sociedad del cansancio donde estamos tan ocupados peleando entre nosotros que no tenemos energía para cuestionar el sistema que nos mantiene peleando.

Vivimos en una modernidad líquida, donde todo se derrite, incluyendo nuestras identidades. Pero hay algo que no se derrite: nuestra necesidad desesperada de pertenecer a algo, de ser parte de una tribu. Y ahí es donde entran los microrrelatos de conflicto, “¿Te sientes perdido? “,”¿No sabes quién eres? “, “¿Buscas propósito?” …“¡Los de la otra generación son el problema!” “¡Únete a los que odian a los hipsters!”, “¡Odia a los políticos!”

Es brillante, en realidad. Te venden una identidad y un enemigo en el mismo paquete. Dos por uno. Oferta especial.

Los Microrrelatos que nos dividen

La Filosofía del Chivo Expiatorio Digital

René Girard tenía una teoría fascinante sobre el chivo expiatorio: cuando una sociedad entra en crisis, busca a alguien a quien culpar, a quien sacrificar simbólicamente para restaurar el orden. En las sociedades primitivas era literal. En las nuestras, es digital.

Cada semana tenemos un nuevo chivo expiatorio colectivo. A veces son “los antivacunas”, otras “los privilegiados”, otras “los ignorantes”. El mecanismo es siempre el mismo: encontrar un grupo al que podamos señalar y decir “ellos son el problema”.

Y mientras estamos ocupados señalando, ¿quién se beneficia realmente?

La división no es un efecto secundario del sistema. Es el producto principal. Esto es incómodo pero real.

Una sociedad unida es peligrosa para quienes concentran el poder. Una sociedad unida hace preguntas incómodas como “¿por qué trabajamos más horas que nuestros abuelos pero tenemos menos seguridad económica?” o “¿por qué hay recursos para rescatar bancos pero no para educación pública?” El quehacer filosófico es también una actividad colectiva

Una sociedad dividida, en cambio, está demasiado ocupada peleando consigo misma para hacer esas preguntas.

Como decía Antonio Gramsci desde su celda en la cárcel fascista: la hegemonía más efectiva no es la que se impone por la fuerza, sino la que logra que los dominados participen voluntariamente en su propia dominación.

Cuando el enemigo vive en la casa de al lado

Lo más perverso de los microrrelatos de conflicto es que nos hacen pelear con quienes están más cerca de nosotros. Los trabajadores de oficina con los de fábrica, los estudiantes de escuelas privadas con los de gobierno, los habitantes de esta calle con los de la siguiente.

Mientras tanto, quienes realmente toman las decisiones que afectan nuestras vidas están tan lejos de nosotros que ni siquiera aparecen en nuestros microrelatos de odio. Theodor Adorno y Max Horkheimer ya lo habían visto venir en 1944 con su “Dialéctica de la Ilustración”: la industria cultural no solo entretiene, también enseña a las masas a odiar a quien no deben odiar.

Conclusión

¿Y si nuestros “enemigos” no fueran realmente nuestros enemigos? Hacer esa pregunta requiere algo que escasea en nuestra época: la capacidad de pensar en lugar de reaccionar. Prestar atención real a los demás, más allá de los microrelatos que nos cuentan sobre ellos, es un acto revolucionario.

Emmanuel Levinas – filósofo lituano que sobrevivió al Holocausto- tenía una idea radical: la ética comienza cuando vemos el rostro del otro. No la caricatura del otro, no el estereotipo del otro, sino el rostro real, con toda su vulnerabilidad y humanidad.

Los microrrelatos de conflicto hacen exactamente lo contrario: nos impiden ver rostros. Nos muestran máscaras, etiquetas, categorías. Cuando reducimos a una persona a una etiqueta, ya no es una persona. Es un objetivo.

La filosofía nos enseña que la verdad no siempre grita. A veces susurra. Y lo que susurra es esto: somos más parecidos de lo que nos quieren hacer creer. No se trata de eliminar las diferencias o pretender que todos pensamos igual. Se trata de cambiar la narrativa en la que vivimos.

En lugar de microrrelatos que nos separan, ¿qué tal si cultivamos historias que nos conectan?

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