El reflejo cuantitativo en la boleta escolar
Si en diciembre cualquier padre de familia mexicano abre la boleta de su hijo, encuentra una columna de números entre 5.0 y 10.0. La columna no le dice si su hijo es curioso, si se atreve a preguntar, si sabe colaborar, si lee con paciencia, si distingue una opinión de un argumento.
La columna le dice una cosa: si superó el umbral mínimo del programa oficial. Para un sistema educativo que en el discurso habla de “competencias para el siglo XXI”, la métrica es notablemente del siglo XX —y arrastra inercias del XIX—.
La educación bancaria y la métrica permanente
Paulo Freire escribió en Pedagogía del oprimido: “la educación es un acto de amor, por tanto, un acto de coraje”. Lo decía contra la educación bancaria —el modelo donde el maestro deposita información en la cabeza del alumno y luego la verifica con un examen—.
Sesenta años después, la educación bancaria sigue dominando, no porque nadie lea a Freire, sino porque la calificación numérica es el residuo material que la sostiene. Mientras se mida con un número, se enseñará para producir ese número.
Los datos sobre el tiempo de evaluación
Hay datos. La OCDE, en su informe Education at a Glance 2024, estima que un estudiante de secundaria en países miembros pasa, en promedio, el 18% de su tiempo escolar en actividades de evaluación: pruebas, exámenes, simulaciones, ensayos, exposiciones calificadas.
En México la cifra es aún mayor: 23%. Casi una cuarta parte del año escolar se gasta verificando lo aprendido en lugar de aprender.
La falacia histórica del examen final
El problema no es nuevo. William James, padre de la psicología moderna, ya advertía en 1899: “no hay nada más absurdo que la creencia de que un examen final mide la educación de un alumno”.
El examen mide, en el mejor de los casos, qué se memorizó la víspera. La educación —entendida como transformación de la persona— es invisible para esa lente.
Modelos cualitativos y evaluación auténtica
Hay alternativas. Llevan medio siglo probándose en distintas latitudes y en distintas culturas, con resultados consistentemente mejores.
La evaluación auténtica, formulada por Grant Wiggins, propone medir aprendizajes en tareas reales: que el estudiante diseñe un experimento, escriba un artículo de opinión, resuelva un caso jurídico, construya un objeto. La evaluación por portafolio acumula muestras del trabajo del estudiante a lo largo del año. La evaluación entre pares, donde los compañeros se retroalimentan con criterios claros, entrena el pensamiento crítico mejor que cualquier examen.
Decisión política sobre el uso de recursos
Ninguna de esas alternativas requiere tecnología cara.
Requieren tiempo de planeación docente y, sobre todo, una decisión política: dejar de comparar escuelas y estudiantes mediante números agregados y empezar a evaluar por evidencias cualitativas.
Frecuencia y diseño de las pruebas
Hay un dicho campesino que ilumina: “no por mucho regar la planta crece más rápido”.
Aplicado a la educación: no por más exámenes el alumno aprende más. Aprende mejor, frecuentemente, con menos exámenes y mejor diseñados.
Formación para la responsabilidad vs. obediencia
Hannah Arendt escribió en Entre el pasado y el futuro que “la educación es el punto en el que decidimos si amamos al mundo lo bastante como para asumir la responsabilidad por él”. El problema con la calificación numérica es que no transmite esa responsabilidad. Transmite obediencia.
Aprender a producir el siete u ocho que el maestro espera. Y el alumno, al pasar al siguiente nivel, lleva consigo esa habilidad básica de la vida adulta corporativa: producir métricas que le agraden al evaluador, sin necesariamente entender lo que las métricas representan.
La inclusión de campos cualitativos en la boleta
¿Qué se propone? No sustituir la calificación de la noche a la mañana. La inercia institucional lo impide y, además, los padres y los procesos de admisión universitarios siguen pidiendo números. Pero sí complementar.
Cada boleta debería incluir, al lado del número, tres campos cualitativos obligatorios: una descripción de los avances específicos del estudiante en el periodo, una descripción de las dificultades observadas, y una recomendación concreta para el periodo siguiente.
El rol del docente en la gestión cualitativa
Esos tres campos son trabajo extra para el docente, sin duda. Pero ese trabajo extra es exactamente la educación que decimos querer.
Si el maestro no tiene tiempo de escribirlos, no es porque sobre el trabajo: es porque el sistema sigue priorizando la administración del número sobre la conversación con el alumno.
El impacto del rediseño en la dinámica familiar
Hay un proverbio chino, atribuido a Lao Tzu: “el viaje de mil leguas comienza con un paso”. El paso siguiente, en educación mexicana, no es una reforma curricular más. Es algo más modesto y más profundo: rediseñar la boleta.
Cambiar el documento que el padre lee en diciembre. Si el documento contiene tres campos cualitativos, la conversación familiar cambia. Si la conversación familiar cambia, cambia la presión que el padre pone sobre el maestro. Si esa presión cambia, cambia la enseñanza.
La distancia entre el currículo y el aula
Como dice el dicho: “del plato a la boca se cae la sopa”. Entre el currículo aspiracional y el aula real hay una distancia enorme, y la salva, o no la salva, el documento que mide.
La calificación numérica es la cuchara temblona que estamos usando. Vale la pena cambiarla.
