La Filosofía Como Respuesta by Martin Alonso Aceves Custodio

¿Puede la Inteligencia Artificial filosofar mejor que nosotros?

Encadenar premisas y conclusiones es solo una parte de filosofar. Filosofar es vivir y, desde la vida, cuestionarse. Nuestra vida diaria implica aplicar teorías, pero también sentir. Son las emociones —de las cuales la IA carece— las que moldean nuestras preguntas más profundas.  

Sin embargo, cuando trasladamos esta idea al terreno de la IA, el panorama cambia.  

 La IA puede calcular pros y contras en segundos, pero no puede asumir consecuencias en carne propia. Los modelos actuales que sintetizan textos y detectan contradicciones pueden dar la apariencia de comprender, cuando en realidad solo realizan procesamiento formal.

 A partir de esto surge una pregunta inevitable: si la IA filosofía, ¿sería la antítesis del pensamiento socrático “solo sé que no sé nada”? La IA siempre acierta en lógica. ¿Será que, al no poder equivocarse, carezca de la humildad necesaria para filosofar?

Pero la discusión no termina en lo abstracto; también tiene un lado práctico.  

Si la IA tuviera que calcular riesgos en inversiones u otros tipos de análisis avanzados, su capacidad de hacer filosofía aplicada sería superior al cálculo humano, pues el humano tomaría en cuenta factores como su sensación de seguridad, la reputación de la firma, el apetito al riesgo y demás contextos morales. No sería capaz de separar números y datos fríos de emociones y creencias. Viéndolo así, ¿estamos cometiendo un error al no delegar nuestras decisiones prácticas a la IA?

Esta tensión no es nueva en la historia del pensamiento.  

Nietzsche decía que los grandes pensadores son síntomas de épocas. Eso dejaría a la filosofía como un espejo cultural.

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Ironía y actualidad

Hoy es común ver algoritmos que detectan desinformación, y es aún más común ver esos mismos algoritmos generando noticias falsas más convincentes. Pareciera que debemos decidir entre coronar a la IA como protectora de la verdad o emitir una alerta general por el uso que le damos para fabricar realidades.

Esta paradoja tecnológica refleja un dilema similar en la filosofía misma.  

La filosofía está en un borde similar al de la IA: por un lado, es costumbre filosofar sobre lo que se conoce y se pretende entender; por el otro, también es tentador y gratificante hablar de ideas que no existen más que en la imaginación, sobre realidades alternas. La IA es, entonces, una gran contadora de cuentos fantásticos a partir de algoritmos que computan como hechos.

Conclusión

Con todo lo anterior en mente, la pregunta adquiere un matiz distinto.  

Aunque el humano tiende a filosofar desde el punto emocional más auténtico, la IA es capaz de mejorar la consistencia de las ideas y filosofar a un ritmo veloz. Las experiencias que como humanos vivimos solían ser lo que nos diferenciaba de las máquinas. 

 

Hoy, con una IA capaz de interpretar esas vivencias en argumentos y sabiduría, nuestra mejor opción es aliarnos con ella y permitir que nuestras ideas se combinen con ese mar de algoritmos que, de alguna forma, representan reflexiones humanas perennes.

 

Si Sócrates estuviera aquí, nos recordaría que debemos reconocer nuestra propia ignorancia; en este caso, nuestra palpable ignorancia frente a una superbase de datos.

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