Tres de cada diez hombres menores de treinta años, en países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), reportan no tener ningún amigo cercano al que llamar en una crisis. Tres de diez. No es metáfora ni licencia poética.

Lo anterior es el dato de la última encuesta del Survey Center on American Life, replicado con magnitudes similares en Alemania, Reino Unido, Japón, Australia y, más recientemente, América Latina.

Una generación entera está creciendo sin red afectiva masculina. Sin el amigo de toda la vida con quien tomarse una cerveza sin agenda. Sin el grupo de la preparatoria que se sigue viendo. Sin el confidente. Y el costo, contado en suicidios, en sobredosis accidentales, en aislamiento prolongado, ya es masivo y crece año con año.

El dato

La epidemiología es brutal y bien documentada. Los hombres menores de cuarenta y cinco se suicidan a tasas tres a cuatro veces mayores que las mujeres de su misma edad en casi todos los países OCDE. Mueren más por sobredosis accidentales. Reportan menos visitas al médico hasta que la enfermedad ya es grave.

Tienenmenos redes de apoyo informal. Y, sobre todo, hablan menos de lo que sienten, incluso entre sí.

Vivek Murthy, excirujano general de Estados Unidos, declaró la soledad como “epidemia” en 2023, asignándole efectos sobre la salud equivalentes a fumar quince cigarrillos al día.

La declaración hizo titulares por una semana y luego se desvaneció. Lo cual, paradójicamente, ilustra el problema: la soledad estructural no produce escándalo televisivo. Mata, pero en silencio.

Por qué los hombres

Hay tres causas estructurales que conviene nombrar sin disfraz, porque el discurso “los hombres deben hablar más de sus emociones” es necesario pero insuficiente. El problema es más viejo y más material:

  • El desmantelamiento de los espacios de sociabilidad masculina tradicional. Los clubes deportivos amateurs, las logias, las cuadrillas de trabajo manual, las cantinas de barrio, los gimnasios populares —todos espacios donde los hombres se veían regularmente sin agenda romántica— han ido cerrando o gentrificándose.                                                                                                               
  • En las últimas tres décadas. Los reemplazaron los gimnasios pago-por-uso, donde nadie habla con nadie.                                                                                       
  • La migración del trabajo manual al trabajo aislado frente a pantalla. El obrero, el carpintero, el chofer de camión tenían colegas con los que pasaban horas codo a codo durante años.                                                                 
  • El programador, el contador, el repartidor de Uber Eats no. La fricción social cotidiana —la que produce amistad por sedimentación— se evaporó.                
  • La cultura del éxito individual. El hombre joven contemporáneo recibe un mensaje claro desde la adolescencia: tu valor depende de tu éxito profesional, tu estatus, tu cuerpo, tu pareja.

Pedir ayuda, mostrar fragilidad, depender de otros aparece como derrota. Esa cultura no la inventó el patriarcado; la perfeccionó el capitalismo individualista, que necesita consumidores aislados, no comunidades cohesionadas.

Philia, no networking

Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, distinguía tres tipos de amistad. La amistad por utilidad: te tolero porque me sirves para algo. La amistad por placer: te busco porque me la paso bien contigo. Y la philia, la amistad virtuosa: te quiero por lo que eres, sin agenda, durante años, en las buenas y en las malas.

Lo que llamamos networking en la cultura contemporánea es exactamente la primera forma: amistad por utilidad. LinkedIn, los grupos de WhatsApp de la oficina, las reuniones de exalumnos donde se canjean tarjetas. No es amistad. Es transacción social disfrazada de amistad.

Cuando se sustituye la philia por el networking, lo que se pierde es exactamente lo que sostiene en la crisis: el otro que está ahí sin necesitar nada de uno.
Robert Putnam, en Solo en la bolera, documentó en 2000 cómo el capital social estadounidense se había desplomado durante el siglo XX: menos membresías a clubes, menos asistencia a iglesias, menos voluntariado, menos amigos cercanos reportados. Veinticinco años después, sus predicciones se ven optimistas en retrospectiva.

Cuatro prácticas

La salida individual existe y no es heroica. Es modesta y disciplinada:

  1. Una llamada semanal, no una conversación de WhatsApp, a un amigo viejo. Llamada, voz, treinta minutos. El texto no construye philia; la voz, sí.                    
  2. Una actividad presencial recurrente con otros hombres. Cualquier cosa: equipo de fútbol amateur, club de lectura, coro, taller de carpintería. La regularidad —misma hora, mismo día, mismas personas— es lo que sedimenta vínculo, no la actividad en sí.                                                                        
  3. Un compromiso explícito de pedir ayuda primero. No esperar a que el otro adivine. Decir “estoy mal, necesito que me llames el viernes”. Suena ridículo. Funciona. El obstáculo no es el otro: es el orgullo masculino que confunde fragilidad con derrota.                                                                                                        
  4. Limitar redes sociales pasivas y aumentar comunicación directa. Si solo ves a tus amigos en historias de Instagram, no son amigos: son personajes secundarios de tu feed. El feed no devuelve la llamada.

Lo que la sociedad debe hacer

Pero la responsabilidad no es solo individual. Las políticas públicas pueden corregir mucho de lo estructural. Algunas ciudades europeas —Manchester, Helsinki, Rotterdam— han empezado a financiar “bibliotecas de hombres”, centros comunitarios de bajo costo donde grupos se reúnen semanalmente con un facilitador.

Los resultados, según evaluaciones del NHS británico, son comparables en efectividad a la terapia psicológica formal y diez veces más baratos.

Otros experimentos: cofinanciar clubes deportivos amateurs, ofrecer espacios públicos gratuitos para reuniones recurrentes, subsidiar la enseñanza de oficios manuales (que son intensivos en sociabilidad presencial), incluir en los planes urbanos zonas explícitamente diseñadas para encuentro casual.

Ninguna de esas intervenciones es cara. Lo caro es no hacerlas: la depresión y el suicidio masculino le cuestan a los sistemas de salud público mucho más que los espacios comunitarios que los preveían.

Conclusión

No estoy idealizando ninguna “masculinidad tradicional”. Las cantinas viejas tenían sus violencias propias. Los clubes masculinos clásicos eran a menudo excluyentes y endogámicos. No se trata de volver. Se trata de inventar formas nuevas de sociabilidad masculina que cumplan la función vieja.

Lo elemental es que un hombre necesita amigos hombres, durante toda su vida, para no enloquecer ni de tristeza ni de soberbia.

Como dice un proverbio italiano: el hombre solo, ni en el paraíso. Si el paraíso del consumo individual y la pantalla nos está produciendo una generación de hombres jóvenes solos, es momento de admitir que el paraíso era infierno disfrazado. Y reconstruir, con paciencia, las amistades de siempre. No por nostalgia: por supervivencia.