La crisis de uso en las grandes plataformas

2025 fue, en términos digitales, el año del divorcio. El divorcio de los usuarios con las plataformas que durante quince años habían sido nuestro espacio público sustitutivo. Twitter —ahora X— perdió el 35% de sus usuarios activos respecto a 2022. Instagram vio caer el tiempo de uso en 22% entre adolescentes según un estudio de Common Sense Media. TikTok enfrenta restricciones legales en una docena de países. Y las alternativas —Mastodon, Bluesky, Threads, sociedades cerradas como Discord— se llevaron a millones de migrantes digitales que aún no encuentran nuevo hogar estable.

Usuarios Tik Tok

La transformación del ágora digital

Hay quienes celebran esto como la muerte del ágora digital. Es prematuro. Lo que está muriendo es una versión específica de ágora —una plaza con muchísima gente gritando al mismo tiempo, con un dueño que vendía boletos a anunciantes—. Lo que viene a reemplazarla aún no se ha estabilizado, y por eso conviene pensar la transición.

El impacto de las tecnologías en los medios

Marshall McLuhan, en Understanding Media (1964), escribió que cada medio nuevo no reemplaza al anterior: lo modifica y lo absorbe. La imprenta no acabó con la oralidad; la transformó. La televisión no acabó con la radio; la especializó. Las redes sociales no acabaron con los periódicos; los obligaron a competir por atención. Y ahora algo nuevo está obligando a las redes sociales a redefinirse, sin que sepamos aún qué es.

Salud mental y la desconexión masiva

Los datos son claros. Según el Reuters Institute Digital News Report 2025, el 39% de los adultos jóvenes (18-29) de países occidentales reporta haber abandonado al menos una red social mayor durante el último año por razones explícitas de salud mental. La cifra era del 12% en 2020. Cinco veces más en cinco años. La paradoja: nunca habíamos estado tan conectados; nunca habíamos querido tan claramente desconectarnos.

La comunicación estratégica y la polarización

El filósofo y sociólogo alemán Habermas, en su teoría de la acción comunicativa, distinguió entre comunicación estratégica —la que busca obtener un efecto en el otro— y comunicación orientada al entendimiento —la que busca llegar a un acuerdo razonado—. Las redes sociales actuales premian la primera y castigan la segunda. El tuit que indigna se viraliza; el matiz, el “depende”, el “no estoy seguro”, se ahogan. Habermas predijo que una sociedad cuya esfera pública estuviera dominada por la comunicación estratégica perdería capacidad de deliberación. 2025 nos da la prueba empírica. Las democracias del mundo están polarizadas no porque sus ciudadanos discrepen más, sino porque su esfera pública premia la discrepancia caricaturizada y castiga el acuerdo paciente.

La falta de cuidado en el discurso digital

Hay un dicho mexicano que viene al caso: “el que mucho habla, mucho yerra”. Y otro, más popular: “para hablar y comer pescado, hay que tener mucho cuidado”. Las redes sociales nos invitaron a hablar todo el tiempo, sobre todo, sin la mesura del cuidado. El resultado fue cuantitativamente impresionante y cualitativamente decepcionante.

Los tres caminos del futuro digital

¿Qué viene? Hay tres direcciones posibles, no excluyentes.

El modelo de las redes federadas

La primera: redes federadas. Mastodon y Bluesky funcionan sobre protocolos abiertos —ActivityPub y AT Protocol respectivamente— que permiten a cualquiera correr su propio servidor y conectarse con los demás. Es una arquitectura más cercana al correo electrónico que a Twitter: nadie es dueño del sistema completo. La adopción es lenta, pero el modelo es robusto. Yochai Benkler, en La riqueza de las redes (2006), ya lo había anticipado: cuando la infraestructura de comunicación se federa, el poder de las plataformas centralizadas se erosiona.

La privacidad de las comunidades cerradas

La segunda: comunidades cerradas. Discord, WhatsApp, Telegram, grupos privados de Substack o de Patreon. Aquí no hay aspiración de plaza pública: hay sala. Diez, cien, mil personas que se conocen y discuten entre sí. La ventaja: la conversación recupera el contexto. La desventaja: se pierde el encuentro con el desconocido, que es lo que hace ágora a un ágora.

La necesidad de regulación estatal

La tercera, la más interesante a mediano plazo: regulación. La Unión Europea, con su Digital Services Act, ya obliga a las plataformas grandes a abrir sus algoritmos a auditoría académica. Brasil discute leyes similares. México sigue sin marco regulatorio digital de fondo. Sin regulación, lo que predomina es la lógica del anunciante; con regulación, al menos hay otra voz en la mesa.

Las plataformas como infraestructura pública

Aquí entra una propuesta filosófica más vieja, atribuida a los pensadores comunitaristas como Charles Taylor y Michael Sandel: las plataformas digitales no son solo empresas privadas que ofrecen un servicio; son infraestructuras de la vida pública. Tratarlas como simples negocios es como haber tratado a las antiguas compañías de telégrafos o de ferrocarril como negocios cualquiera —y la historia muestra que en cuanto fueron tratadas como infraestructura pública, mejoraron—.

Acciones individuales para la transición

¿Qué hacer en lo individual mientras las plataformas se reordenan? Un consejo modesto: probar tres cosas durante el primer trimestre de 2026.

Purga de cuentas

Primera: una purga de cuentas. Reducir a un tercio el número de cuentas que se siguen. La calidad del feed mejora más de lo esperado.

Migración a redes abiertas

Segunda: una migración parcial. Abrir cuenta en una red federada (Mastodon o Bluesky) y usarla durante un mes en lugar de la red mainstream. Comparar. Decidir.

Desconexión semanal

Tercera: un día sin redes a la semana. No para purificarse, sino para reconfirmar que el mundo sigue ocurriendo aunque uno no lo postee.

El futuro de la conversación humana

Como sentencia el dicho: “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo aguante”. El régimen actual de las redes sociales no va a durar mucho más. Lo que venga depende, en parte, de qué exijan los usuarios y de qué regule el Estado. Mientras tanto, conviene cultivar otras formas de conversación. Las conversaciones, finalmente, son la materia más antigua que tenemos. Y las hemos descuidado, con éxito impresionante, durante casi dos décadas.

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