Acabando con las visas epistemológicas
La universidad se presenta como el templo del saber, pero a menudo parece sorda frente a conocimientos que no provienen del latín ni encuentran equivalente técnico en inglés. ¿Qué hacemos con esta institución, con esa musa de toga académica que tanto veneramos, cuando sabemos que se ha quedado estancada en formas heredadas del pasado?
En América Latina, el modelo eurocéntrico ya no alcanza —ni satisface— para explicar o transformar las realidades de sus pueblos. La filosofía, como puente por excelencia, puede abrir el diálogo intercultural dentro de las universidades. Por eso urge reconciliar el saber académico con el saber popular.
La universidad se proclama multicultural, pero en la práctica la integración suele ser apenas un breviario folclórico: se mira al saber popular con simpatía y ternura, pero sin otorgarle un lugar real en el debate.
Es como invitar al saber indígena o a la sabiduría callejera a un baile, pero hacerlos entrar por la puerta trasera, permitirles una breve aparición y luego pedirles que se retiren. No es inclusión genuina, sino un gesto forzado para cumplir con la presión social.
La razón
Kant nos habló del uso público de la razón, una razón que pertenece a todos. El problema surge cuando algunos deciden qué voces pueden ser públicas y cuáles no. Paulo Freire, en su Pedagogía del oprimido, nos recordó que el saber popular no es menos saber, sino conocimiento que brota de otra fuente.
Exigir que el saber indígena o callejero se traduzca a categorías filosóficas occidentales es pedirles una visa para entrar al terreno académico. Pídele a un andino que hable del “buen vivir” y encontrarás reflexiones sobre ética, política, ontología y estética.
Pero si le exiges que lo encuadre en el marco universitario, le estarás pidiendo que se disfrace y deje de ser lo que realmente es.
La filosofía puede recordarnos que el saber no necesita venir acompañado de bibliografía en formato APA. La pregunta no es “¿cómo incluir los saberes populares?”, sino “¿cómo dejar de excluirlos?”. La pista está en ampliar el espectro de lo que consideramos académico.
Conclusión
Sigamos leyendo a los filósofos históricos, a los genios literarios y a los científicos rigurosos, pero no olvidemos la sabiduría del abuelo en sus dichos populares ni la del trovador callejero en su versión sui generis del idioma.
El conocimiento no depende de un título universitario. La visa académica es una exigencia del pasado.
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