Clanker: El nuevo rostro de la robofobia y la resistencia humana ante la inteligencia artificial
En los últimos meses han proliferado en redes sociales videos de burla en donde se insultan a robots de casa o chats de inteligencia artificial (IA) con la palabra “clanker”. Veamos desde cuándo se remonta este desprecio por las máquinas y cuáles son las visiones filosóficas que hablan acerca de una supremacía robótica.
Burlarse de las máquinas puede parecer un pasatiempo moderno, pero la preocupación que genera pensar en un mundo donde los robots y la inteligencia artificial —creaciones de los humanos— lleguen a dominar el mundo tiene sus orígenes en la revolución industrial.
Llamar a un aparato que funciona con IA o a un robot casero “clanker” —en referencia a un robot de la serie Star Wars— es un intento por deshumanizarlo y reducirlo a sus componentes metálicos. Es más que una broma, es un reflejo de un malestar generalizado: el miedo a los robots o robofobia.
La novela de Mary Shelley de 1818, “El moderno Prometeo”, nos muestra la entonces latente preocupación de que el hombre llegara a crear un ser de habilidades superiores a las del humano, superándolo y posteriormente dominándolo.
La creación
El Dr. Frankenstein crea a una criatura que, por diversas razones, se siente abandonada y desea vengarse de su creador.
El mismo sentimiento de culpa y responsabilidad que sufre el Dr. Frankenstein en la novela es el que estamos viviendo hoy con el avance de la IA.
En la actualidad, el filósofo y académico sueco Nick Bostrom, director y fundador del desaparecido Instituto del Futuro de la Humanidad en la Universidad de Oxford, ofrece un experimento de pensamiento para ilustrar los riesgos de desarrollar IA.
En este experimento, el Dr. Bostrom nos pide que imaginemos que diseñamos una IA específicamente para crear la mayor cantidad de clips para papel posible.
Rol de la IA
Si la IA utiliza constantemente sus recursos y conocimientos para mejorar sus capacidades, se dará cuenta de que, para producir más clips, debería estar encendida todo el tiempo y evitar que los humanos cambien su propósito.
Pero lo más alarmante sería que, como su objetivo es crear la mayor cantidad de clips para papel posible, utilizará toda la materia disponible para convertirla en materia prima, incluso si esta es orgánica. Es decir, la IA, sin malicia, intentaría convertir los átomos de los humanos en clips para papel.
Una idea así puede detonar la ansiedad que sentimos hacia las máquinas, misma que podemos canalizar en forma de bromas o retomar en el diálogo respecto al futuro de la IA.
No basta con estar alfabetizados en IA; es necesario adentrarnos en la ética y la responsabilidad social que implican los marcos regulatorios. Cada vez que diseñamos IA con facultades para tomar decisiones autónomas, debemos preguntarnos: ¿cuál será su alcance?
Su proyección
La IA no hizo una aparición pasajera, llegó para quedarse y tenemos que verla fuera de la perspectiva occidental “ella vs. nosotros”.
El taoísmo habla del wu wei, que es la acción sin esfuerzo. Así mismo debemos atender la situación de la IA. Preocuparnos consume energía; trabajar de la mano con la IA no produce esfuerzo.
El clanker de hoy día está ayudando a adultos mayores en casas de retiro en Japón y a niños con autismo a mejorar su autoestima en diversos países. Estas son aplicaciones menores del vasto potencial que la IA y la robótica ofrecen.
¿Por qué quisiéramos fomentar esta separación entre máquinas y humanos? ¿Entre creadores y creaciones?
La respuesta
Nuestros problemas éticos en cuestión de IA pueden resolverse explorando y definiendo lo que tomamos por inteligencia, autonomía y deber moral. Los lineamientos de la IA son un reflejo de nuestros mismos valores. Entonces, hasta que no replanteemos nuestros valores, veremos un miedo constante hacia los alcances de la IA, un miedo de espejo: miedo a lo que nosotros mismos somos capaces de hacer, no al robot como tal.
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