Inteligencia Artificial
La Inteligencia Artificial (IA) nos rodea. Si tienes un dispositivo digital conectado a internet, es seguro que varias de tus decisiones son tomadas —quizás sin que lo sepas— por algoritmos avanzados.
El sector salud es uno de los espacios donde la IA promete aportar más. Cada vez es más común escuchar de hospitales o doctores que la utilizan para detectar enfermedades antes de que aparezcan y para tomar decisiones más rápidas.
Siguiendo el viejo lema de salud que dice: “la prevención es la mejor medicina”, el futuro en el que los análisis de sangre serán procesados por algoritmos y nos advertirán sobre brotes de cáncer en etapas tempranas está cada vez más cerca.
En la actualidad
Por siglos, la prevención ha sido un ideal, pero ahora puede ser una realidad al alcance de todos gracias a la IA. Viéndolo desde un punto de vista utilitario, la IA nos permite maximizar bienestar y reducir sufrimiento.
Al vivir en una época de información y procesamiento de datos, la salud del individuo se puede cuantificar, permitiéndonos interpretar con mayor certeza situaciones que antes eran evaluadas solo de manera cualitativa.
La IA no presenta dilemas éticos como otros procedimientos vanguardistas. Su uso debe ser visto como una responsabilidad colectiva. Si tenemos la tecnología y el alcance para hacer lo correcto —como opinaría Kant— y llevarlo a las masas, ¿por qué no hacerlo?
La IA más allá del lujo
El contraste duro entre hospitales de lujo que ya utilizan la IA para interpretar radiografías y resultados de MRI, y los hospitales rurales que a veces no tienen ni el personal completo para atender a los pacientes, nos podría llevar a pensar que estamos a décadas de distancia de incluir estos avances tecnológicos en las comunidades más marginadas. Pero no tiene por qué ser así.
Desde el lente del marxismo, la tecnología reproduce las desigualdades del sistema. Si solo el dueño del capital es capaz de pagar por el producto, entonces la IA no llega a todos los que la necesitan. La solución: que los Estados inviertan en su desarrollo y aplicación como parte de su compromiso con la sociedad.
Los doctores y demás participantes del sector salud no deberían ver con sospecha la introducción progresiva de la IA en la industria. Al final de cuentas, la IA puede interpretar con mayor certeza un infarto, pero no puede sustituir la empatía y la calidez humana que la medicina requiere.
Apostar por la IA con conciencia
Con estas cuestiones en mente, debemos apostar como sociedad por el desarrollo de la IA aplicada al sector salud, sin esperar que sustituya a los especialistas, sino más bien como una herramienta que les permita mejorar su trabajo.
Asimismo, debemos cuidar que esta herramienta no se convierta en un privilegio de pocos y que no caigamos en la trampa de evolucionar al ritmo de la tecnología, sino de evolucionar la tecnología a nuestro ritmo.
Como Martin Heidegger advirtió en 1954
“Lo verdaderamente inquietante no es que el mundo se convierta en un completo dispositivo técnico. Más inquietante aún es que el hombre no esté preparado para esta transformación del mundo, que el hombre no esté aún lo bastante fuerte para enfrentarse, de manera adecuada, a lo que en ella se anuncia.”
La filosofía nos recuerda que toda técnica o tecnología es igualmente probable de convertirse en una herramienta de liberación o de dominación. Por eso, en el caso de la IA enfocada a prevenir enfermedades, debemos cuidar también que no se convierta en una fuente de injusticias.
Conclusión
La inteligencia artificial no solo transforma diagnósticos, transforma destinos. Al anticipar enfermedades y cerrar brechas, se convierte en una herramienta de equidad, cuidado y futuro compartido.
Pero su verdadero poder está en cómo la usamos: con ética, empatía y visión. Si la IA se convierte en aliada de la salud pública, no solo previene, también humaniza. Y eso, en un mundo desigual, es revolucionario.
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