En noviembre de 2018, un científico chino llamado He Jiankui anunció que había modificado genéticamente a dos gemelas humanas para hacerlas resistentes al VIH. El escándalo fue planetario. El gobierno chino lo condenó a tres años de prisión por práctica médica ilegal.

La comunidad científica internacional lo expulsó. Y la conversación pública, después de seis meses de pánico, se durmió. Las gemelas, hoy adolescentes, siguen vivas con un genoma que nadie autorizó del todo.

Siete años después de aquel anuncio, la pregunta sigue abierta: si la línea germinal humana ya se cruzó, ¿en qué quedamos? ¿Esperamos que vuelva a cruzarse, esta vez con menos escándalo, o construimos antes el marco normativo que evite la próxima improvisación?

El umbral

La técnica CRISPR-Cas9, desarrollada por Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier en 2012, hizo barato y accesible lo que hace una década parecía ciencia ficción: cortar y pegar segmentos del ADN con precisión. Inicialmente se usó en bacterias, luego en plantas y animales no humanos.

La aplicación terapéutica en humanos —tratar células somáticas para curar anemia falciforme, distrofia muscular, ciertas leucemias— es una bendición indiscutible.

Pero la edición germinal —la que modifica óvulos, espermatozoides o embriones en una etapa muy temprana, de modo que los cambios se transmiten a las siguientes generaciones— es otra cosa.

Es una intervención que ya no afecta solo a la persona tratada: afecta a sus descendientes, sin que ellos hayan sido consultados.

Lo nuevo no es lo técnico

Aquí entra una distinción filosófica que Michael Sandel formuló en Contra la perfección. No es que la ingeniería genética sea peligrosa por sus efectos imprevistos —que también lo es— sino que es problemática por lo que dice sobre nuestra relación con lo dado.

La tradición ética occidental, desde Aristóteles hasta Kant, ha sostenido que hay aspectos de la vida que se reciben, no se eligen. La altura. El temperamento. Las predisposiciones. La edición germinal disuelve esa distinción.

Jürgen Habermas lo planteó en El futuro de la naturaleza humana: una persona genéticamente diseñada por sus padres ya no se relaciona con ellos como hijo de quienes la acogen, sino como producto de quienes la programaron.

La autonomía moral, en el sentido kantiano, supone que uno se reconoce como autor —parcial— de su propia historia. Si la primera página de esa historia la escribió alguien más, con criterios que uno no eligió, la autoría se erosiona en su raíz.

El consentimiento imposible

Hay un problema filosófico que rara vez sale en la conversación pública: la edición germinal no puede tener consentimiento informado. La persona afectada —el bebé futuro, la línea de descendientes— no existe todavía.

Quien autoriza es un padre, una madre, un médico, un comité de bioética. Pero el sujeto del cambio no tiene voz.

Es exactamente la situación que Hans Jonas anticipó en El principio de responsabilidad : la ética tradicional fue diseñada para acciones cuyas consecuencias caían sobre los presentes.

La tecnología moderna —nuclear, climática, genética— produce acciones cuyas consecuencias caen sobre quienes no han nacido. Necesitamos una ética nueva, decía, capaz de incorporar al ausente como sujeto de derechos.

Tres riesgos éticos

El debate sobre CRISPR germinal suele reducirse a la pregunta técnica (¿es seguro?), cuando los riesgos éticos son al menos tres:

Eugenesia liberal de mercado. Si la edición germinal se vuelve legal y privada, las familias con dinero podrán comprar mejoras (altura, color de ojos, predisposiciones cognitivas) que las familias sin dinero no podrán. La desigualdad pasa a inscribirse en el genoma, no solo en el patrimonio.

Reducción de la diversidad humana. Si todos los padres eligen las mismas mejoras —porque la moda lo dicta o porque las clínicas las venden como paquetes— la variabilidad biológica de la especie se estrecha. Esa diversidad es lo que nos hace resilientes a pandemias y a cambios ambientales.

Cosificación de la descendencia. El hijo deja de ser una promesa abierta y se vuelve un proyecto. La crianza, ya tensa por la cultura del logro, se vuelve auditoría: si invertí en optimizarte, espero el rendimiento esperado.

Una moratoria deliberativa

La propuesta filosóficamente razonable hoy no es prohibir CRISPR en humanos —sería negar tratamientos genuinos a enfermos reales—. Es separar con claridad la edición somática (la que cura a un paciente y muere con él) de la edición germinal (la que se hereda).

La primera, regulada con los estándares de cualquier terapia genética. La segunda, suspendida hasta que exista un marco internacional vinculante.

Vinculante quiere decir que un científico que la practique sin autorización supranacional —como hizo He Jiankui— enfrente sanciones internacionales, no solo nacionales.

El precedente existe: el Protocolo de Cartagena sobre Bioseguridad lleva veinticinco años regulando organismos genéticamente modificados de uso agrícola. Algo equivalente, pero con dientes, para la línea germinal humana, no es utópico. Es urgente.

Conclusión

La diferencia entre curar y diseñar no es de grado: es de naturaleza. Curar repara un genoma dañado para devolverlo a un funcionamiento típico. Diseñar produce un genoma nuevo según las preferencias de quienes lo encargan.

La primera operación tiene siglos de tradición ética detrás. La segunda apenas estamos aprendiendo a nombrarla.

La elección no es entre progreso y oscurantismo. Es entre dos formas distintas de relación con la herencia humana. Como dice un proverbio chino: el que tiene tijeras debe usar primero la cabeza.

Antes de seguir cortando ADN germinal, decidamos colectivamente qué queremos cortar, en nombre de quién, y a cargo de quién quedan las consecuencias. Lo demás es improvisación con consecuencias genéticas.