La realidad de los robots sociales en el envejecimiento

En Japón, alrededor de 50 mil robots sociales están actualmente en residencias de adultos mayores. Algunos son humanoides como Pepper; otros tienen forma de foca bebé como PARO; los más recientes son simples asistentes conversacionales sobre pantalla. Su función no es médica: es acompañar. 

Japón es laboratorio porque la población envejecida le obliga a serlo: 30% de sus habitantes superan los 65 años. México, de momento, tiene 12%. Para 2050, según la CONAPO, será del 22%. La pregunta es solo de tiempo: en quince años, mucha de la conversación de nuestros abuelos será con máquinas.

El peligro de la técnica según Heidegger

Heidegger escribió en La pregunta por la técnica que el peligro de la modernidad técnica no es que los aparatos hagan más cosas, sino que nos acostumbremos a delegar en ellos lo que solo nosotros podíamos hacer.”El peligro no es la técnica; el peligro es nuestra relación con ella”.

Aplicada a los robots de cuidado, dice algo concreto: el peligro no es que un robot acompañe al anciano cuando los hijos no pueden. El peligro es que los hijos dejen de poder porque ya hay robot.

El principio de responsabilidad y el cuidado humano

Hans Jonas, en El principio de responsabilidad, fue más directo: “actúa de tal manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica”.

El cuidado humano —la presencia, la conversación lenta, el contacto físico, la mirada— es uno de los rasgos definitorios de la vida humana auténtica. Mantenerlo cuesta tiempo, dinero, sacrificio. Sustituirlo es tentador. Y, técnicamente, ya es factible en muchas dimensiones.

Datos sobre el impacto social y emocional

Hay datos a tomar en serio. Estudios japoneses publicados en la revista Gerontology entre 2022 y 2024 mostraron que los adultos mayores que usaban PARO durante al menos seis meses reportaban menor sensación de soledad y menor depresión. Los efectos eran reales y medibles.

Pero los mismos estudios, en lectura cruzada, mostraban algo más incómodo: en residencias donde se introdujeron robots sociales, las visitas familiares disminuyeron en promedio 18% durante el siguiente año. Lo que el robot supuestamente complementaba, en la práctica, sustituía.

Hay un dicho castellano que aplica: “donde llega un huésped, sale una silla”. El robot llega, y algo sale del lugar que ocupaba antes. No siempre lo notamos.

La necesidad de la interacción social en la vejez

Aristóteles escribió, en su Política, que “el hombre es por naturaleza un animal político —un zoon politikón—” (animal de polis) criatura cuya esencia se realiza en comunidad. En la vejez la pertenencia se vueve más necesaria. Un anciano sin trato humano se marchita biológica y emocionalmente.

La gerontología contemporánea lo confirma con datos: la calidad y la frecuencia de la interacción social son uno de los predictores más fuertes de longevidad y de calidad de vida en la vejez. Más fuertes, en algunos estudios, que el ejercicio físico o la dieta.

¿Complemento o sustituto? La visión de Sherry Turkle

Eso no significa que los robots de cuidado sean inherentemente perjudiciales. Significa que su lugar tiene que pensarse con cuidado.

Aquí, una distinción útil de Sherry Turkle, psicóloga del MIT: los robots de cuidado funcionan como complemento cuando se introducen en redes humanas vivas; funcionan como sustituto en redes humanas debilitadas. El mismo aparato, según el contexto, ayuda o degrada.

Dilemas éticos sobre la calidad del cuidado

Hay una pregunta filosófica que se asoma. ¿Es lo mismo recibir cuidado simulado que recibir cuidado real? Levinas, ya citado, diría que no: el rostro humano genera una responsabilidad ética irreemplazable.

Pero hay una respuesta más matizada de Martha Nussbaum, en Las fronteras de la justicia: lo que importa no es la fuente del cuidado, sino la calidad de la atención que recibe el sujeto cuidado. Una atención robótica respetuosa puede ser preferible a una atención humana negligente. 

¿Qué proponer, en concreto, antes de que el problema nos rebase?

Propuestas para abordar el problema

Primera idea: regulación específica. México carece de marco regulatorio para tecnologías de cuidado de adultos mayores.

Otros países —Japón, Corea, Países Bajos— ya están legislando criterios mínimos: tipos de datos personales que el robot puede o no recopilar, supervisión humana obligatoria, derecho del usuario a retirar el aparato. Sin marco, el mercado se auto-regulará, y  lo hará en función de los intereses del fabricante.

Segunda idea: financiamiento público condicional. Si en algún momento el sistema de salud mexicano introduce robots de cuidado en residencias geriátricas o en hogares vía programas sociales, condicionarlo a que su uso vaya acompañado de un mínimo de horas semanales de contacto humano.

La condición es operativa: si la métrica de visitas familiares baja por debajo de un umbral, el robot se retira.

Tercera idea: educación para la vejez. La conversación con los abuelos no es solo cariño espontáneo. Es un arte que se cultiva.

Programas escolares y universitarios podrían incluir talleres breves de comunicación intergeneracional. Suena trivial; en una sociedad que envejece rápido, deja de serlo.

El valor irremplazable de la presencia humana

Hay un proverbio africano —se atribuye al pueblo asante— que viene a cuento: “cuando muere un anciano, arde una biblioteca”. La frase es bella y precisa.

La memoria viva de un abuelo no se digitaliza en una máquina. Se transmite, si se transmite, en el tiempo que se le dedica. El robot puede acompañar la espera. No puede recibir la herencia.

Como cierra el dicho mexicano: “el cariño no se inventa, se gana”. A los abuelos les ganamos el cariño con tiempo, no con tecnología.

La tecnología puede ayudar a sostener la espera entre visitas; no puede reemplazar las visitas. Esa distinción, simple en apariencia, es la pregunta filosófica que va a definir cómo envejece —y cómo nos envejece— el siglo XXI.

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