Cinco potencias
El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se diseñó en 1945 para que cinco potencias —Estados Unidos, la Unión Soviética, China, Reino Unido y Francia— pudieran imponer la paz mundial cuando estuvieran de acuerdo y bloquearla cuando no.
Ochenta y un años después, sigue diseñado igual. Y los datos del último decenio sugieren que ya no funciona ni para una cosa ni para la otra.
Vale la pena nombrarlo sin disfraz: la institución diseñada para evitar otra guerra mundial es hoy una de las instituciones más paralizadas del orden internacional. ¿Por qué? Porque la mesa donde se decide la paz mundial no se parece al mundo cuya paz se decide.
Las cifras de la parálisis
Entre 2015 y 2025, el Consejo recibió 156 propuestas de resolución. De ellas, 33 fueron vetadas: la mayoría por Rusia o Estados Unidos, en bloques temáticos que nadie disimula —Siria, Ucrania, Israel-Palestina—.
Otras 41 nunca se votaron porque la negociación previa anticipaba el veto. Las que se aprobaron, en buena parte, fueron declaraciones genéricas sin fuerza vinculante.
La parálisis no es un accidente coyuntural. Es la consecuencia directa de que la arquitectura institucional siga reflejando el balance de poder de 1945 y no el de 2026. Eso no es opinión: es aritmética con sangre.
Una mesa diseñada para un mundo que ya no existe
Pongamos las cifras en proporción. India tiene una población siete veces mayor que la de Francia y un PIB nominal ya superior; no tiene asiento permanente. Brasil, Sudáfrica, Nigeria, Indonesia, Japón, Alemania —ninguno lo tiene.
El continente africano, con 1,400 millones de habitantes, no tiene un solo miembro permanente. América Latina tampoco. Sí lo tienen, en cambio, dos potencias europeas que en 1945 controlaban imperios coloniales y hoy son economías medianas.
El argumento histórico tenía sentido en su momento. El que ganó la guerra paga la fiesta. El problema es que la fiesta lleva ochenta años y los invitados originales, salvo China, ya no son los principales aportantes.
Estados Unidos sigue siendo la economía más grande, pero su poder relativo ha bajado. Rusia es una potencia nuclear con un PIB más pequeño que el de Italia. Reino Unido y Francia no representan ni el 5% del PIB mundial juntas.
Poder, coacción y legitimidad
¿Por qué importa esto filosóficamente? Porque la legitimidad de las instituciones internacionales no depende solo de su eficacia. Depende también de la percepción de justicia.
Hannah Arendt lo escribió con claridad en La condición humana: “el poder no es propiedad de un individuo: pertenece a un grupo y existe solamente mientras el grupo no se disgrega”.
Cuando un grupo de cinco impone su veto a 188, no ejerce poder en el sentido arendtiano: ejerce simple coacción. La diferencia es enorme.
El poder arendtiano se sostiene en el consentimiento. La coacción se sostiene en la amenaza. Y la amenaza se erosiona con el tiempo: los BRICS, el bloque africano, las cumbres alternas son síntomas de esa erosión.
Un día, no muy lejos, alguien decidirá que la coacción no vale la pena pagarla.
Tres modelos sobre la mesa
Las propuestas de reforma llevan, oficialmente, treinta años en discusión. Hay tres modelos sobre los que se debate. Cada uno con virtudes y problemas que vale ordenar.
Modelo del G4: agregar miembros permanentes con derecho a veto. India, Brasil, Alemania, Japón, más dos asientos permanentes africanos. Es el modelo que más empuja India y que Estados Unidos a veces apoya. Su problema: amplía el club exclusivo en lugar de transformarlo. Si cinco vetos paralizan, once vetos paralizan más.
Modelo Uniting for Consensus: Italia, México, Pakistán, Argentina, entre otros, defienden no agregar miembros permanentes, sino crear más asientos rotativos no permanentes —elegidos por la Asamblea— con mandatos más largos.
Es el modelo que más respeta la soberanía igual de los Estados, pero el que menos cambia la inercia institucional.
Limitar el veto: Francia y México propusieron en 2015 que ningún miembro permanente pueda usar el veto en casos de atrocidad masiva (genocidio, crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra). La propuesta tiene cien Estados firmantes.
No se ha discutido formalmente porque, naturalmente, requiere el consenso de los mismos cinco a quienes se les pediría renunciar a parte de su privilegio.
Una propuesta intermedia: rotación obligatoria
Vale la pena formular un cuarto camino: rotación obligatoria de la condición permanente. Imaginemos que los cinco permanentes lo siguen siendo, pero que en cada bloque temático —Asia, África, América Latina, Mundo Árabe— se asigna una sexta silla permanente que rota cada cinco años entre las potencias regionales.
India y Pakistán alternarían en Asia; Brasil y México en América Latina; Sudáfrica, Nigeria y Egipto en África; Arabia Saudí, Egipto e Indonesia en la representación de los países árabe-musulmanes.
La condición permanente dejaría de ser propiedad y se volvería responsabilidad. Igual que en una mesa de directorio bien gobernada, donde la presidencia rota.
¿Es ambicioso? Sí. ¿Es factible? También. No requiere expulsar a nadie ni eliminar el veto: solo agregar capacidad regional rotativa.
Lo más difícil no es el diseño; es la voluntad política de los cinco originales de no oponerse al ensanchamiento de la mesa.
Lao Tzu y el pez pequeño
Lao Tzu escribió: “gobernar un gran reino es como cocinar un pez pequeño”. Hay que tocarlo lo menos posible para no romperlo. Pero también hay que aceptar que cuando el platillo se enfrió hace ochenta años, ya no es el mismo pez. La ONU no tiene que demolerse. Tiene que actualizarse al mundo que ya existe.
Hay un dicho popular que aplica con dureza: el que reparte y comparte se queda con la mejor parte. Los cinco permanentes se quedaron, en 1945, con la mejor parte. Pero el dicho tiene una segunda lectura: el que se queda con la mejor parte se queda solo en la mesa.
Lo que está en juego
No reformar el Consejo no es mantener el statu quo. Es acelerar la irrelevancia. La ONU pierde, cada año, capacidad de coordinar la respuesta a crisis internacionales. Lo que no hace ella, lo hacen otros: el G7, el G20, los BRICS, la OTAN, foros ad hoc.
La fragmentación no produce gobernanza global: produce zonas de influencia separadas con poca capacidad de hablarse.
El precio de no reformar se paga en pandemias mal coordinadas, conflictos que escalan sin árbitro, crisis climáticas con respuestas dispersas. Cada uno de esos episodios degrada un poco más la legitimidad institucional. Y la legitimidad institucional, una vez perdida, casi nunca se recupera del todo.
Conclusión
La propuesta concreta, entonces, es que los Estados medios del mundo —no las grandes potencias, que no van a moverse— impulsen formalmente, en la próxima Asamblea General, dos cosas.
Primera, la propuesta franco-mexicana de 2015 sobre suspensión voluntaria del veto en casos de atrocidad masiva. Segunda, una iniciativa de rotación obligatoria de asientos permanentes regionales, con periodos de cinco años.
Lo primero es accionable de inmediato. Lo segundo abre un debate de fondo sin obligar a un cambio de Carta. Como dice el refrán que mejor describe el momento: cuando el río suena, agua lleva.
El río de quejas contra el Consejo lleva ochenta años sonando. Sería ingenuo seguir creyendo que no traerá nunca el agua.