Este es el artículo número doscientos de este blog, y quise dedicarlo a un malentendido. Hace años, en un aeropuerto de Estados Unidos, vi cómo un guardia le pidió a un señor con turbante y barba que se hiciera a un lado para una revisión extra.

Nadie más de la fila. El señor no discutió. Se veía que ya le había pasado. Y yo, que en ese entonces no sabía nada, pensé lo mismo que seguramente pensó el guardia: musulmán.

No lo era. Era sij. Y esa confusión, que parece inocente, le ha costado la vida a gente. Cuatro días después del 11 de septiembre de 2001, un hombre llamado Balbir Singh Sodhi fue asesinado en Arizona por alguien que quería vengarse de los árabes. Sodhi no era árabe ni musulmán. Era un sij que atendía una gasolinera.

Así que vamos a poner las cosas en su lugar.

De dónde vienen

El sijismo nació en el Punjab, en el norte de la India, a finales del siglo XV. Su fundador, Gurú Nanak, creció en una región donde hindúes y musulmanes vivían mezclados y peleados. A los treinta años tuvo una experiencia mística, desapareció tres días y volvió diciendo una frase que resume todo lo que vino después: no hay hindú, no hay musulmán.

No quería decir que no existieran. Quería decir que ante Dios esas etiquetas no valían nada. Un solo Dios, sin forma, sin casta, sin sacerdotes que cobren por acercarte a él. Le siguieron nueve gurús más a lo largo de doscientos años. El décimo, Gobind Singh, decidió que después de él no habría más gurús humanos: el libro sagrado, el Gurú Granth Sahib, sería el maestro. Hasta hoy.

Las cinco cosas que cargan

Un sij bautizado lleva encima cinco cosas, todas empiezan con k en punjabi. El pelo sin cortar, que es lo que va debajo del turbante. Un peine de madera. Un brazalete de acero. Un calzón corto de algodón. Y una daga pequeña.

Cada una tiene su explicación, pero la idea de fondo es una: que se note. Que cualquiera, en cualquier lugar, pueda ver de lejos que ahí va un sij y saber qué esperar de él.

Eso me parece una decisión filosófica enorme. La mayoría de las religiones modernas se volvieron invisibles para sobrevivir. El sij hizo lo contrario. Se puso el turbante precisamente en la época en que ponérselo te podía costar la cabeza, y no se lo ha quitado en trescientos años.

La cocina abierta

Lo que más me gusta del sijismo no es la teología. Es el comedor. Cada templo sij, cada gurdwara, tiene una cocina que se llama langar donde se sirve comida gratis a quien llegue. Hindú, musulmán, cristiano, ateo, rico, pobre, todos sentados en el piso en fila, comiendo lo mismo.

El Templo Dorado de Amritsar sirve alrededor de cien mil comidas al día. Gratis. Todos los días del año. Lo cocinan voluntarios.

Pensemos en eso un segundo. En un país donde durante siglos la casta decidía con quién podías comer, alguien inventó un lugar donde todos comen juntos en el piso. No es caridad. Es un argumento. Es decir con arroz y lentejas lo que Nanak dijo con palabras: aquí no hay etiquetas.

Cuántos son y dónde

Unos veinticinco o treinta millones en el mundo. La mayoría en el Punjab indio. Muchos en Canadá, donde son casi el dos por ciento de la población y han llegado a ministros. Muchos en el Reino Unido, en Estados Unidos, en Australia. Y cada vez más en México, aunque no lo parezca.

Tienen su historia negra también. En 1984 el ejército indio entró al Templo Dorado y murieron miles. Después mataron a Indira Gandhi, y después hubo pogromos contra sijs en Delhi. Hay un movimiento separatista que Canadá e India se pelean hasta hoy. No son santos. Son un pueblo, con su parte buena y su parte de sangre, como todos.

Por si sirve, algunas cosas prácticas. El turbante no se quita en público, ni para revisiones, ni para fotos, ni por cortesía. No es sombrero. Los sijs no fuman ni cortan el pelo. Muchos son vegetarianos, muchos no.

En la gurdwara uno entra descalzo y con la cabeza cubierta, cualquier pañuelo sirve, y sale con el estómago lleno. Nadie te va a preguntar en qué crees. Eso, en un mundo que pregunta primero de qué lado estás, ya es una filosofía.

Conclusión

Vuelvo al señor del aeropuerto. Lo que el guardia vio fue una amenaza. Lo que había enfrente era un hombre de una tradición que hace quinientos años decidió que todos los seres humanos son iguales, que lo puso en práctica dándole de comer a cualquiera, y que carga su identidad a la vista precisamente para no esconderse de nadie.

Doscientos artículos en este blog, y creo que casi todos son variaciones de la misma idea: que el otro casi nunca es lo que creemos, y que vale la pena averiguar. Un sij no es un musulmán con turbante. Es otra cosa. Y esa otra cosa, si uno se toma la molestia de preguntar, resulta ser bastante parecida a lo mejor de nosotros.