En casi cualquier pueblo de Michoacán, de Zacatecas, de Oaxaca, hay una casa como esta: la planta baja impecable, con rejas nuevas y pintura fresca, y el segundo piso a medio hacer, con las varillas oxidadas apuntando al cielo. La casa la está construyendo alguien que vive en Chicago o en Houston, con remesas, de a poquito, para cuando vuelva.

Muchos no vuelven. Y la casa se queda así, a medias, como un monumento a algo que iba a pasar.

Se escribe mucho sobre los que se van. Sobre el desierto, sobre la migra, sobre las redadas de 2025 que llenaron las noticias con gente arrastrada de sus trabajos y niños esperando en la puerta de la escuela a un padre que no volvió. Todo eso es real y es grave. Pero yo quiero escribir hoy sobre los otros. Los que se quedaron.

La madre

Conozco a una señora en un pueblo de Guanajuato que tiene tres hijos en Estados Unidos. Le mandan dinero cada mes. Tiene tele de pantalla plana, refrigerador nuevo, una camioneta que no sabe manejar. Y come sola. Lleva once años comiendo sola. Habla con ellos por video los domingos y después apaga el teléfono y se queda viendo la pared.

Las remesas a México superaron los sesenta mil millones de dólares el año pasado. Es más de lo que entra por petróleo. Los economistas lo celebran. Nadie mide el costo de las mesas con un solo plato.

El pueblo

Hay pueblos en la sierra donde ya no hay hombres entre los veinte y los cincuenta años. Las fiestas patronales las organizan los que viven en Los Ángeles, que mandan dinero y llegan tres días. La escuela cierra porque no hay niños. La iglesia tiene misa cada quince días. Y las casas a medias se multiplican, cada una con sus varillas, cada una esperando.

Eso no es desarrollo. Es un pueblo que se vació por dentro y se pintó por fuera.

Lo que dijo Simone Weil

Simone Weil escribió que echar raíces es quizá la necesidad más importante y menos reconocida del alma humana. Lo escribió en 1943, exiliada, viendo cómo la guerra arrancaba a millones de su tierra.

Decía que el desarraigo es la enfermedad más peligrosa de las sociedades modernas, porque el que no tiene raíz no puede dar nada, y el que se queda sin la gente que se fue tampoco.

La migración desarraiga dos veces. Al que se va, que vive en un lugar que no es suyo. Y al que se queda, que vive en un lugar que ya no está completo.

Lo que no se dice

Digo algo incómodo. Llevamos décadas tratando la migración como un problema de Estados Unidos: que si el muro, que si las deportaciones, que si los derechos. Y sí, todo eso. Pero la migración es primero un problema nuestro.

Es la confesión de que no supimos darle a nuestra gente razones para quedarse. Cada casa a medias es una acusación contra los gobiernos que prefirieron las remesas a los empleos.

Un país que exporta a sus hijos y vive de lo que mandan de vuelta no es un país con diáspora. Es un país con una herida que le da dinero.

Los que vuelven deportados

Y ahora hay un tercer grupo que no existía tanto: los que vuelven a la fuerza. Las redadas de 2025 regresaron a México a decenas de miles de personas que llevaban veinte, treinta años allá.

Gente que ya no tiene casa aquí, que habla español con acento, cuyos hijos nacieron allá y se quedaron. Llegan a un pueblo que es suyo en el papel y extraño en todo lo demás.

La señora de Guanajuato me contó de un vecino que volvió así. Tiene cincuenta y ocho años, fue albañil en Phoenix tres décadas, y ahora se sienta en la plaza todo el día porque no conoce a nadie. Su casa sí está terminada. Es de las pocas con segundo piso completo. Y es el hombre más solo del pueblo.

Hay un dato más que no quiero dejar fuera. Los pueblos con más migración son también los que tienen más casas vacías y más tierras sin sembrar. El dinero llega, pero no llega quien lo trabaje. Y una tierra sin manos, por mucho dinero que reciba, se va secando igual.

Conclusión

No tengo solución. Tengo una imagen: la señora de Guanajuato, el domingo en la noche, apagando el teléfono. Y las varillas del segundo piso, oxidándose, esperando a alguien que ya hizo su vida en otro lado.

Cuando hablemos de migración, hablemos también de eso. De las mesas con un plato. De los pueblos pintados y vacíos. De lo que cuesta, en soledad, cada dólar que llega. Porque si solo contamos lo que entra, nunca vamos a entender lo que se fue.