En enero de 2025, los incendios de Palisades y Eaton destruyeron más de 16 mil estructuras en Los Ángeles. Murieron 30 personas. Barrios enteros de Malibú, Pacific Palisades y Altadena quedaron reducidos a chimeneas de pie sobre ceniza.

Las aseguradoras calcularon pérdidas de entre 250 y 275 mil millones de dólares. El desastre más caro de la historia de California, sin embargo, lo primero que se preguntó mucha gente no fue cómo prevenir el próximo. Fue cuándo podrían reconstruir.

Lo que ya se sabía

Los Ángeles no se quemó por sorpresa. Se quemó por diseño. La región tiene un clima mediterráneo con vientos de Santa Ana que soplan cada otoño e invierno a más de 100 kilómetros por hora.

La vegetación nativa, el chaparral, está hecha para arder. Ha ardido durante miles de años. Los pueblos originarios de la zona hacían quemas controladas precisamente para evitar los grandes incendios.

Todo eso está documentado. Está en los mapas de riesgo del estado. Está en los reportes de los bomberos. Y a pesar de eso, durante cien años, Los Ángeles siguió construyendo casas de madera en cañones que se incendian.

No es ignorancia. Es algo más viejo y más humano: la convicción de que a nosotros no nos va a pasar.

Hybris

Los griegos tenían una palabra para esto. Hybris. La arrogancia de creer que uno está por encima de las leyes que rigen a los demás. En las tragedias griegas, la hybris siempre precede a la caída. El héroe cree que puede desafiar a los dioses, y los dioses le recuerdan que no.

Construir mansiones de diez millones de dólares en cañones de chaparral es hybris. No la de una persona, sino la de una cultura. La cultura que cree que el dinero, la tecnología y la voluntad pueden comprar excepción a la naturaleza.

Y durante un rato lo logran. Los sistemas de riego funcionan. Los bomberos llegan. Las aseguradoras pagan. Hasta que un día los vientos soplan más fuerte, la sequía dura más, los hidrantes se quedan sin presión, y el cañón hace lo que siempre hizo.

Las aseguradoras ya lo sabían

Hay un detalle que dice más que cualquier discurso ambientalista. Meses antes de los incendios, State Farm, la aseguradora más grande de California, canceló pólizas en Pacific Palisades. Otras compañías dejaron de vender seguros nuevos en zonas de alto riesgo. No porque fueran ecologistas. Porque hicieron cuentas.

Cuando el capitalismo se retira de un lugar, es porque ya calculó que el lugar no es viable. Y las aseguradoras calcularon, con datos, lo que los políticos no quisieron decir en voz alta: que hay zonas donde no se debería vivir. O al menos, no como se vive ahora.

Ese es un mensaje incómodo. Nadie quiere escuchar que su casa está en el lugar equivocado. Pero los incendios no negocian.

¿Qué sigue?

Ya empezó la reconstrucción. Con las mismas reglas, en los mismos lugares, con los mismos materiales. Los permisos se aceleraron. Las regulaciones ambientales se suspendieron para facilitar. Y dentro de diez o veinte años, cuando los vientos vuelvan a soplar, el ciclo se repetirá. Tapar el sol con el dedo, pero con presupuesto.

Este autor no cree que la solución sea prohibir vivir en Los Ángeles. Es una ciudad de diez millones de personas. Pero sí cree que hay que dejar de fingir. Dejar de construir casas de madera en zonas de fuego. Dejar de subsidiar seguros que el mercado ya rechazó. Dejar de tratar cada incendio como una sorpresa cuando es una cita anual.

La sustentabilidad no es un tema de árboles. Es un tema de honestidad. Vivir de acuerdo con el lugar en el que vives, no contra él.

Conclusión

Los incendios de Los Ángeles destruyeron mucho más que casas. Destruyeron, por unas semanas, la ilusión de que el dinero puede comprar excepción a la geografía. Después la ilusión se reconstruyó, como las casas, sobre la misma ceniza.

El que con fuego juega, se quema. Los Ángeles lleva cien años jugando. Y todavía cree que la próxima vez será distinto.