La Filosofía Como Respuesta by Martin Alonso Aceves Custodio

¿Está la ciencia explicando cómo funciona Dios?

La rivalidad entre ciencia e iglesia ha perdurado durante los últimos cientos de años, pero parece que mientras más avanzamos tecnológicamente y en conocimiento científico, menos marcada se vuelve esta brecha entre los creyentes en un Ser todopoderoso y quienes confían en una aleatoriedad cósmica.  

¿Será que la ciencia, con sus fórmulas cada vez más complejas y sus telescopios más potentes, apenas está aprendiendo a deletrear el nombre de Dios?  

La historia va más o menos así: un día no había nada y, de repente, ocurrió un estallido inmenso que dio inicio a la fiesta cósmica. Lo llamamos cariñosamente Big Bang. En un rincón del universo infinito surgió un planeta propicio para la vida. 

Entre otras maravillas, unos monos con preocupaciones existenciales aprendieron a domesticar su entorno y comenzaron una tradición que hoy llamamos ciencia, con la intención de entender qué rayos pasó, por qué existimos y cómo funciona todo lo demás.  

Una explicación práctica

Una explicación más sencilla a la que estos primates cognitivamente desarrollados llegaron fue: hay algo o alguien que quiso que todo existiera. Entre sus muchos nombres, formas, explicaciones y poderes, eligieron llamarle Dios.  

Un ateo de primer nivel, Richard Dawkins, expresó con desdén lo que muchos seguidores de la ciencia piensan de los creyentes: “si no entiendes cómo funciona algo, no te preocupes, simplemente ríndete y di que Dios lo hizo”. Por eso, durante miles de años, Dios ha sido el comodín al que se recurre cuando algo necesita explicación: desde un eclipse hasta un corazón roto.  

El universo, en ocasiones, ha sido comparado con un reloj de alta precisión que funciona perfectamente. La ciencia, en manos de los curiosos, ha encontrado en su exploración leyes y constantes que muestran que el engranaje del cosmos es, en efecto, perfecto.  

El problema

El problema con la ciencia es que, hasta el día de hoy, puede explicarnos el cómo de las cosas, pero no el por qué de su existencia ni su origen primordial. Es relativamente sencillo medir la masa de un electrón (con el equipo adecuado), pero lo imposible es responder con certeza por qué existe algo en lugar de nada.  

Y no se trata de hacer una división cartesiana entre el reino de la ciencia y el de la religión, pues esas separaciones rara vez ayudan a acercarnos a la verdad. De hecho, la división entre ciencia e iglesia es algo superfluo y relativamente reciente. 

Basta recordar que Georges Lemaître, el físico que propuso la teoría del Big Bang, era también sacerdote. Es decir, un creyente en el Creador fue quien enunció el origen del universo según la ciencia.  

Está la ciencia explicando cómo funicona Dios

La realidad de Dios

Hay que aceptar que buscar a Dios como quien busca resolver una ecuación matemática compleja es buscar en el lugar equivocado. La ciencia nos ayuda a medir, probar y predecir… pero hasta ahí. Si Dios no es un fenómeno natural, o sea, ni una partícula, ni una fuerza, ni una constante, ¿qué es? O tal vez sea todo lo anterior al mismo tiempo. No hay forma de saberlo; solo podemos “apostar” por que existe, como diría Blaise Pascal.  

Y recuerda, amigo: si piensas que los científicos —los verdaderamente dedicados a la ciencia— están en contra de creer en Dios, piénsalo otra vez. Para Max Planck, padre de la teoría cuántica, la ciencia no elimina a Dios, sino que lo hace más evidente. Isaac Newton, el revolucionario de la física, dedicaba también tiempo a sus estudios teológicos. Y Johannes Kepler afirmó: “La ciencia es un intento de leer los pensamientos de Dios”.  

Así, podemos establecer que, ya sea intencionalmente o por accidente, los científicos han ido confirmando de una u otra forma la presencia de algo superior. No podemos probar ni refutar las nociones actuales sobre ese ser, pero podemos compararlo con la parábola que contaba el Buda acerca de los ciegos que tocaban un elefante tratando de adivinar qué era. Cada uno lo percibía según la parte que había tocado. 

Quizás lo mismo ocurre con la ciencia: intentamos explicar algo que nunca hemos visto en su totalidad.  

Conclusión

Muchos de los grandes descubrimientos nacieron de mentes que no veían contradicción entre ciencia y trascendencia. Para ellos, investigar la naturaleza era otra forma de acercarse al misterio.  

La próxima vez que mires a través de un microscopio la genialidad de una célula, o a través de un telescopio la inmensidad de una galaxia, recuerda que estás contemplando al mismo tiempo el mecanismo y el milagro.  

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