El 12 de febrero de 1974, la KGB tocó a la puerta de Aleksandr Solzhenitsyn en Moscú. Lo arrestaron, le quitaron la ciudadanía y al día siguiente lo subieron a un avión a Alemania Occidental. Ese mismo 12 de febrero, unas horas antes de que llegaran por él, terminó de escribir un ensayo corto. Le puso de título Vivir sin mentira.
No es su libro más famoso. El famoso es Archipiélago Gulag, que acababa de publicarse en París y que fue lo que provocó la expulsión. Pero Vivir sin mentira es el que yo releo. Porque no habla de los campos. Habla de nosotros.
Lo que pedía
Solzhenitsyn no pedía a los rusos que se rebelaran. Sabía que era imposible. No pedía protestas, ni huelgas, ni armas. Pedía una sola cosa, mucho más pequeña y mucho más difícil: que dejaran de participar en la mentira.
No firmar lo que no crees. No aplaudir lo que no apruebas. No repetir la consigna. No ir a la reunión donde se va a decir algo falso. No levantar la mano. Eso era todo. Y su argumento era que el régimen no se sostenía por la fuerza. Se sostenía porque millones de personas, cada día, decían que sí a cosas que sabían que eran mentira.
La violencia, escribió, no puede vivir sola. Necesita la mentira como aliada. Y la mentira necesita cómplices. Quítale los cómplices, y la violencia se queda desnuda.
La línea que cruza el corazón
Hay otra frase suya que se cita mucho y que vale la pena poner completa. Está en Archipiélago Gulag:
“Si tan solo hubiera gente malvada por ahí cometiendo malas acciones, bastaría con separarla del resto y destruirla. Pero la línea que divide el bien del mal cruza el corazón de cada ser humano. Y quién está dispuesto a destruir un pedazo de su propio corazón”.
Eso lo escribió un hombre que pasó ocho años en los campos y que había visto de cerca a los guardias. Pudo haber escrito que eran monstruos. Escribió que eran gente. Que la diferencia entre el preso y el guardia era, muchas veces, una firma, una circunstancia, una tarde de miedo.
Yo creo que esa es la idea más adulta que se puede tener sobre la política. Mientras creamos que el mal está en los otros, en el partido de enfrente, en el país vecino, seguiremos sin verlo en nuestra propia mano cuando firma.
Harvard, 1978
Cuatro años después de la expulsión lo invitaron a dar el discurso de graduación en Harvard. Todos esperaban que agradeciera a Occidente por rescatarlo. En lugar de eso, lo regañó.
Les dijo que Occidente había perdido el coraje. Que confundía libertad con comodidad. Que sus medios repetían las mismas ideas con la misma prisa que la prensa soviética, solo que sin censor. Que una sociedad que solo busca bienestar material termina vacía, y el vacío también es una forma de prisión.
No le aplaudieron mucho ese día. Y casi cincuenta años después, viendo cómo nos tragamos lo que nos ponen enfrente, cómo cambiamos de opinión según el feed, cómo nadie quiere incomodarse, me parece que el ruso tenía razón en más de lo que nos gustaría.
Lo que me llevo
Solzhenitsyn no era un santo. Era nacionalista, religioso a su manera, a veces insoportable. Al final de su vida dijo cosas sobre Rusia que no comparto. Pero su idea central sigue en pie, y es de las pocas que se pueden practicar hoy mismo sin pedir permiso a nadie.
No participar en la mentira. La chica, la de todos los días. La de la reunión de trabajo donde todos saben que el proyecto va mal y nadie lo dice. La del grupo de WhatsApp donde circula algo falso y uno lo deja pasar. La del voto por costumbre. La del aplauso por no quedar mal.
La mentira chica
Voy a bajarlo a la vida diaria porque si no se queda en cita bonita. La mentira que Solzhenitsyn pedía no repetir no era solo la de los ministerios. Era la de la fila del pan, la del vecino que denuncia al vecino, la del que aplaude en la asamblea porque todos aplauden. Mentiras chicas que, sumadas, sostenían un imperio.
Hoy tenemos las nuestras. El que comparte una noticia sin leerla. El que dice que le encantó el proyecto del jefe. El que aplaude al político que desprecia porque su cuñado trabaja ahí. Ninguna es un crimen. Todas son ladrillos.
Solzhenitsyn decía que la única forma de que el muro no crezca es que cada quien deje de poner su ladrillo, sin esperar a que el de al lado deje de poner el suyo.
Conclusión
El día que lo expulsaron, Solzhenitsyn no escribió un manifiesto. Escribió una instrucción de una sola línea: que la mentira no pase por mí.
No pide heroísmo. Pide que cada quien se haga cargo de su pedazo. Y si eso suena poco, piensa cuántas mentiras se sostienen hoy porque nadie, en su lugar, dijo que no.