Cada vez que un alto funcionario occidental dice que su país “sigue siendo indispensable”, la frase suena más a ruego que a diagnóstico.
La indispensabilidad de Occidente —ese conjunto de instituciones que va desde la OTAN hasta el FMI pasando por la OMS— se sostuvo durante setenta años en una mezcla de poder militar, supremacía económica y consenso ideológico.
Hoy ninguna de las tres patas del banco está firme. Y sin embargo, casi todo el discurso oficial se sigue dando como si lo estuvieran.
¿Qué queda, entonces, en pie del proyecto que llamamos Occidente? La pregunta no es retórica. De ella dependen tratados, alianzas, financiamientos y, sobre todo, la convivencia interna de las democracias que aún se sostienen.
Las tres patas del banco
Empecemos por los hechos. Tres datos contundentes que valdría enmarcar en cualquier oficina ministerial:
La participación de Estados Unidos y la Unión Europea en el PIB global pasó del 70% en 1960 al 41% en 2024.
China supera a Estados Unidos y a la Unión Europea juntos en producción industrial; los BRICS, que en 2008 eran un acrónimo cómodo para Goldman Sachs, hoy negocian comercio en monedas que no son el dólar.
La OTAN sigue existiendo, sí, pero su financiamiento depende cada vez más de las elecciones norteamericanas y de los presupuestos de defensa de un par de capitales europeas.
La guerra en Ucrania —cualquiera que sea su desenlace— acabó con la idea de que la disuasión occidental basta para evitar conflictos en el corazón de Europa. Y eso no es opinión: es geografía con sangre.
El wilsonianismo civilizacional
Andrew Gawthorpe, en International Affairs (enero de 2025), llamó “wilsonianismo civilizacional” a la idea —compartida, paradójicamente, por Woodrow Wilson en 1918 y por Donald Trump un siglo después— de que Estados Unidos representa una civilización y no solo un Estado.
La diferencia es que Wilson pensaba que esa civilización debía expandirse mediante instituciones multilaterales; Trump piensa que debe blindarse mediante aranceles.
El proyecto occidental, dice Gawthorpe, ya no se reconoce a sí mismo. Y cuando una civilización deja de reconocerse en el espejo, lo siguiente que hace es romperlo —o, peor, decorarlo.
Las promesas que sostenían el edificio
Quedan, segundo, los principios. Y aquí es donde la filosofía política puede dar más que un análisis de coyuntura. Hannah Arendt escribió en Los orígenes del totalitarismo que “lo que mantiene unido a un pueblo no es la sangre ni el suelo, sino la promesa”.
La promesa occidental fue clara durante mucho tiempo: derechos individuales, mercado relativamente libre, instituciones que responden a la ley y no a la voluntad del soberano.
Esa promesa no es exclusiva de Occidente —la han suscrito Japón, Corea, India en grados distintos— pero Occidente la formuló y la defendió. Lo nuevo es que, dentro mismo de los países occidentales, esa promesa se está erosionando.
La libertad de prensa retrocede año tras año. La independencia judicial enfrenta presiones que hace una década parecían imposibles. El multilateralismo es ridiculizado desde varias capitales que antes lo lideraban.
La frase de Tucídides —“el fuerte hace lo que puede, el débil sufre lo que debe”— vuelve a sonar más a descripción que a advertencia. Y eso, en política internacional, es siempre el primer síntoma de algo grande.
Lo que dicen otras tradiciones
El antiguo filósofo chino Confucio escribió: “cuando se pierde el modo, queda la virtud; cuando se pierde la virtud, queda la benevolencia; cuando se pierde la benevolencia, queda la justicia; cuando se pierde la justicia, quedan los rituales”. Los rituales son lo último que queda antes del vacío.
Las cumbres del G7, las visitas de Estado, los discursos en la ONU: muchos de ellos son ya rituales sin contenido. Eso no es necesariamente negativo —los rituales sostienen mientras se reconstruye— pero es un dato que conviene nombrar sin disfraz.
Hacia una mancomunidad de democracias
¿Qué hacer? Aquí defiendo, una vez más, la idea de una mancomunidad de democracias. No como nostalgia imperial ni como repliegue identitario, sino como pacto entre Estados dispuestos a sostener entre sí lo que ya no pueden imponer al resto.
Una comunidad que comparta una arquitectura jurídica básica —separación de poderes, libertad de prensa, protección de minorías— y que se obligue mutuamente a defenderla, incluso de sus propios líderes. No un bloque militar adicional, sino una comunidad de obligaciones recíprocas.
Si en uno de los países miembros se compromete la independencia judicial, los demás suspenden tratos preferenciales hasta que el daño se repare.
Suena utópico. Pero también lo era, en 1949, la Convención Europea de Derechos Humanos. La diferencia es que aquella convención nació del horror de la guerra; esta tendría que nacer del horror más callado del declive.
El papel del ciudadano que no ocupa cargos
Hay, finalmente, una pregunta que no se hace mucho. ¿Qué le toca a quien no es presidente, ni canciller, ni embajador? Pareciera que nada. La política internacional se discute en salones donde nadie nos invita.
Pero es justo al revés. Las grandes promesas civilizatorias se sostienen abajo, en la suma de prácticas cotidianas: leer prensa profesional, votar informado, respetar las instituciones aunque uno no gobierne, cuidar la conversación pública en redes, defender al otro cuando se le silencia.
Baruch Spinoza escribió que “la paz no es la ausencia de guerra, sino una virtud que nace de la fortaleza del alma”. Aplicado a los Estados, eso significa que el orden internacional no se preserva por inercia. Se construye cada generación, con cierto sudor y bastante humildad.
“Lo que no se defiende se entrega”
Una civilización no se mide solo por sus tratados, sino por lo que es capaz de decirles a sus ciudadanos cuando las cosas se ponen feas. Si lo único que queda por decir es “compre productos nacionales y vote por el más fuerte”, la civilización ya perdió.
Si todavía es capaz de decir “limítese al otro como límite y discuta con él como con un igual”, todavía hay algo que vale la pena defender. La propuesta concreta, entonces, es doble.
Hacia afuera: un pacto formal entre democracias para sostenerse mutuamente, con consecuencias verificables, no con declaraciones.
Hacia adentro: que cada uno —votante, profesor, periodista, empresario— deje de tratar las instituciones como estorbo y empiece a tratarlas como herencia. Como reza el dicho viejo, lo que no se defiende, se entrega.