La Filosofía Como Respuesta by Martin Alonso Aceves Custodio
Por qué seguimos calificando a los estudiantes con números

Por qué seguimos calificando a los estudiantes con números

El reflejo cuantitativo en la boleta escolar

Si en diciembre cualquier padre de familia mexicano abre la boleta de su hijo, encuentra una columna de números entre 5.0 y 10.0. La columna no le dice si su hijo es curioso, si se atreve a preguntar, si sabe colaborar, si lee con paciencia, si distingue una opinión de un argumento.

La columna le dice una cosa: si superó el umbral mínimo del programa oficial. Para un sistema educativo que en el discurso habla de “competencias para el siglo XXI”, la métrica es notablemente del siglo XX —y arrastra inercias del XIX—.

La educación bancaria y la métrica permanente

Paulo Freire escribió en Pedagogía del oprimido: “la educación es un acto de amor, por tanto, un acto de coraje”. Lo decía contra la educación bancaria —el modelo donde el maestro deposita información en la cabeza del alumno y luego la verifica con un examen—.

Sesenta años después, la educación bancaria sigue dominando, no porque nadie lea a Freire, sino porque la calificación numérica es el residuo material que la sostiene. Mientras se mida con un número, se enseñará para producir ese número.

Los datos sobre el tiempo de evaluación

Hay datos. La OCDE, en su informe Education at a Glance 2024, estima que un estudiante de secundaria en países miembros pasa, en promedio, el 18% de su tiempo escolar en actividades de evaluación: pruebas, exámenes, simulaciones, ensayos, exposiciones calificadas.

En México la cifra es aún mayor: 23%. Casi una cuarta parte del año escolar se gasta verificando lo aprendido en lugar de aprender.

Angustia por evaluación

La falacia histórica del examen final

El problema no es nuevo. William James, padre de la psicología moderna, ya advertía en 1899: “no hay nada más absurdo que la creencia de que un examen final mide la educación de un alumno”.

El examen mide, en el mejor de los casos, qué se memorizó la víspera. La educación —entendida como transformación de la persona— es invisible para esa lente.

Modelos cualitativos y evaluación auténtica

Hay alternativas. Llevan medio siglo probándose en distintas latitudes y en distintas culturas, con resultados consistentemente mejores.

La evaluación auténtica, formulada por Grant Wiggins, propone medir aprendizajes en tareas reales: que el estudiante diseñe un experimento, escriba un artículo de opinión, resuelva un caso jurídico, construya un objeto. La evaluación por portafolio acumula muestras del trabajo del estudiante a lo largo del año. La evaluación entre pares, donde los compañeros se retroalimentan con criterios claros, entrena el pensamiento crítico mejor que cualquier examen.

Decisión política sobre el uso de recursos

Ninguna de esas alternativas requiere tecnología cara.

Requieren tiempo de planeación docente y, sobre todo, una decisión política: dejar de comparar escuelas y estudiantes mediante números agregados y empezar a evaluar por evidencias cualitativas.

Frecuencia y diseño de las pruebas

Hay un dicho campesino que ilumina: “no por mucho regar la planta crece más rápido”.

Aplicado a la educación: no por más exámenes el alumno aprende más. Aprende mejor, frecuentemente, con menos exámenes y mejor diseñados.

Formación para la responsabilidad vs. obediencia

Hannah Arendt escribió en Entre el pasado y el futuro que “la educación es el punto en el que decidimos si amamos al mundo lo bastante como para asumir la responsabilidad por él”. El problema con la calificación numérica es que no transmite esa responsabilidad. Transmite obediencia.

Aprender a producir el siete u ocho que el maestro espera. Y el alumno, al pasar al siguiente nivel, lleva consigo esa habilidad básica de la vida adulta corporativa: producir métricas que le agraden al evaluador, sin necesariamente entender lo que las métricas representan.

La inclusión de campos cualitativos en la boleta

¿Qué se propone? No sustituir la calificación de la noche a la mañana. La inercia institucional lo impide y, además, los padres y los procesos de admisión universitarios siguen pidiendo números. Pero sí complementar.

Cada boleta debería incluir, al lado del número, tres campos cualitativos obligatorios: una descripción de los avances específicos del estudiante en el periodo, una descripción de las dificultades observadas, y una recomendación concreta para el periodo siguiente.

El rol del docente en la gestión cualitativa

Esos tres campos son trabajo extra para el docente, sin duda. Pero ese trabajo extra es exactamente la educación que decimos querer.

Si el maestro no tiene tiempo de escribirlos, no es porque sobre el trabajo: es porque el sistema sigue priorizando la administración del número sobre la conversación con el alumno.

El impacto del rediseño en la dinámica familiar

Hay un proverbio chino, atribuido a Lao Tzu: “el viaje de mil leguas comienza con un paso”. El paso siguiente, en educación mexicana, no es una reforma curricular más. Es algo más modesto y más profundo: rediseñar la boleta.

Cambiar el documento que el padre lee en diciembre. Si el documento contiene tres campos cualitativos, la conversación familiar cambia. Si la conversación familiar cambia, cambia la presión que el padre pone sobre el maestro. Si esa presión cambia, cambia la enseñanza.

La distancia entre el currículo y el aula

Como dice el dicho: “del plato a la boca se cae la sopa”. Entre el currículo aspiracional y el aula real hay una distancia enorme, y la salva, o no la salva, el documento que mide.

La calificación numérica es la cuchara temblona que estamos usando. Vale la pena cambiarla.

¿Es necesaria la prueba para tener fe? El misterio de por qué no hay ateos en apuros

¿Es necesaria la prueba para tener fe? El misterio de por qué no hay ateos en apuros

¿Es necesaria la prueba para tener fe? El misterio de por qué no hay ateos en apuros

Cuando el avión comienza a tambalearse violentamente en plena turbulencia, incluso el más convencido de los ateos susurra algo parecido a una oración. De igual forma, en el momento más desesperante de una enfermedad terminal, quienes han pasado décadas negando cualquier forma de divinidad de repente encuentran consuelo en la posibilidad de “algo más allá”. ¿A qué se debe?

Existe un dicho militar que ha trascendido las trincheras para convertirse en sabiduría popular: “No hay ateos en las trincheras”, este aforismo sugiere que en momentos de extremo peligro, incluso los no creyentes recurren a alguna forma de fe.

El Fideísmo

Comencemos por el extremo más radical del espectro. Los fideístas sostienen que la fe es completamente independiente de la razón, e incluso superior a ella para acceder a ciertas verdades.  El teólogo francés Louis Bautain argumentaba en el siglo XIX que la razón humana es fundamentalmente insuficiente para captar las doctrinas cristianas. Desde esta perspectiva, la pregunta “¿es necesaria la prueba para tener fe?” es absurda: es como preguntar si necesitas un mapa para sentir hambre.

Pero aquí está el problema, si la fe es completamente independiente de la razón, ¿cómo distinguimos entre fe genuina y autoengaño?  Bertrand Russell decía, “Si puedes creer en algo sin evidencia, puedes creer en cualquier cosa sin evidencia”.

La apuesta de Pascal

Blaise Pascal, ese genio matemático del siglo XVII, propuso una solución elegantemente pragmática a este dilema. Su famosa “apuesta” no intenta probar la existencia de Dios, sino demostrar que es racionalmente ventajoso creer en Él. La lógica es simple: si Dios existe y crees, ganas la salvación eterna. Si Dios existe y no crees, pierdes todo. Si Dios no existe, las consecuencias de creer o no creer son relativamente menores. Por tanto, apostar por la existencia de Dios es la estrategia más inteligente..

Kierkegaard y su salto de fe

Søren Kierkegaard llevó esta idea aún más lejos con su concepto del “salto de fe”. Para el filósofo danés, la fe auténtica requiere precisamente la ausencia de pruebas racionales. Si pudiéramos demostrar la existencia de Dios matemáticamente, la fe se volvería redundante.

En su análisis de Abraham y el sacrificio de Isaac, Kierkegaard argumenta que la fe verdadera implica abrazar lo paradójico y lo absurdo, es decir, lo que va contra toda lógica humana. Abraham creía simultáneamente que debía sacrificar a Isaac y que Isaac le sería devuelto. Esta contradicción lógica es, para Kierkegaard, la esencia misma de la fe.

Es necesaria la prueba para tener fe1

¿Por qué el cerebro busca a Dios?

Los estudios empíricos sobre combatientes revelan datos fascinantes: la exposición a combates intensos correlaciona con aumentos dramáticos en el reporte de oraciones 

¿Qué está pasando neurológicamente? Cuando enfrentamos amenazas existenciales extremas, nuestro cerebro activa sistemas de supervivencia primitivos que trascienden el pensamiento racional. En otras palabras, el cerebro humano parece estar “cableado” para buscar algo más grande que él mismo cuando se enfrenta a su propia mortalidad. ¿Es esto evidencia de que Dios existe, o simplemente un mecanismo evolutivo de supervivencia?

William James 

El psicólogo y filósofo William James fiel al pragmatismo, sugirió que en lugar de preguntar si las experiencias religiosas son verdaderas en sentido objetivo, deberíamos preguntar si son útiles para quienes las experimentan.

James documentó cientos de casos de conversiones religiosas, experiencias místicas y transformaciones espirituales. Su conclusión: independientemente de su veracidad metafísica, estas experiencias tienen efectos reales y medibles en la vida de las personas. Reducen la ansiedad, proporcionan sentido, fomentan la resiliencia.

Desde esta perspectiva, la fe en las trincheras no necesita justificación racional. Se justifica por sus frutos: proporciona consuelo, esperanza, y quizás lo más importante, la sensación de que no estamos completamente solos en un universo indiferente.

La Sabiduría de la Incertidumbre

El agnosticismo, término acuñado por el biólogo Thomas Huxley, sostiene que la existencia o inexistencia de Dios es fundamentalmente incognoscible.

Los agnósticos no dicen “Dios no existe” (ateísmo) ni “Dios existe” (teísmo). Dicen “no podemos saber si Dios existe, y está bien no saberlo”. Es una posición epistemológicamente humilde que reconoce los límites del conocimiento humano.

¿Y qué pasa con los agnósticos en las trincheras? Probablemente hacen lo mismo que todos los demás: buscan desesperadamente cualquier fuente de consuelo y esperanza disponible. La diferencia es que después, cuando pasa el peligro, no necesariamente interpretan esa búsqueda como evidencia de la existencia de Dios.

El ateo que ora

Aquí llegamos al corazón del asunto. Cuando un ateo reza en momentos de crisis, ¿está siendo inconsistente con sus creencias, o está revelando algo más profundo sobre la naturaleza humana?

Quizás es solo un vestigio evolutivo. Evolucionamos con la creencia en agentes sobrenaturales que proporcionaban ventajas de supervivencia. Tendría sentido que en momentos de estrés extremo, estos programas antiguos se activan automáticamente.

Pero el místico sufí Rumi diría algo completamente diferente: “Eres tú quien busca a Dios, pero es Dios quien te está buscando a ti”. 

La tradición Zen 

“El Buda que buscas es el Buda que rechazas”.

  • Huang Po

 Aplicado a nuestro dilema, quizás la fe que buscamos es precisamente la fe que nuestra mente racional rechaza. 

En las trincheras, el soldado ateo no está resolviendo una contradicción filosófica. Está viviendo la paradoja fundamental de la existencia humana: somos seres racionales que anhelan lo irracional.

Conclusión

Quizás hemos estado haciendo la pregunta equivocada todo este tiempo. En lugar de preguntar “¿es necesaria la prueba para tener fe?”, tal vez deberíamos preguntar: “¿qué nos dice sobre la condición humana el hecho de que busquemos fe incluso cuando no tenemos pruebas?”

La intuición de que la existencia tiene significado, de que no estamos completamente solos, de que hay algo más grande que nuestro miedo inmediato, es, reconfortante.

Tal vez la fe auténtica no es la ausencia de duda, sino la presencia de esperanza a pesar de la duda. 

¿Qué acciones tomarás? Comparte tu opinión con el autor Acerca del Autor: Martín Alonso Aceves Custodio y toda nuestra comunidad de https://filosofiarespuesta.com/

También te puede interesar:

Descubre el verdadero significado del Yoga – La Filosofía Como Respuesta

 

La cena de Navidad como espacio público: lo que se juega en una mesa familiar

La cena de Navidad como espacio público: lo que se juega en una mesa familiar

Asamblea política miniatura

Una cena familiar de Navidad es una asamblea política en miniatura. No queremos pensarla así porque suena solemne, pero ahí está. Tres generaciones que casi no se ven el resto del año comparten una mesa estrecha durante tres horas. Cada quien trae su versión del país, de la familia, de sí mismo, de los ausentes. Hay alianzas, vetos, silencios estratégicos, brindis con doble fondo. La cena navideña es, en pequeño, lo que Hannah Arendt llamaba “espacio de aparición”: el lugar donde uno se vuelve quien es ante los demás.

La polarización política en los hogares mexicanos

En 2025, es que ese espacio está cada vez más averiado. Las encuestas de Mitofsky y de El Financiero coinciden en que la polarización política mexicana llega ya, casi sin filtro, a la mesa familiar. Un 41% de mexicanos reportó, en 2024, haber tenido una discusión seria con un familiar por temas políticos. Un 14% dice haber dejado de hablarse con alguien cercano por la misma razón. Antes era el fútbol, las parejas y la herencia. Ahora también, y quizá sobre todo, es la política.

La costumbre del silencio y la mentira amable

Octavio Paz, en El laberinto de la soledad, sostuvo que el mexicano teme menos a la verdad que a la indiscreción: prefiere la mentira amable al desacuerdo abierto. Las cenas familiares mexicanas se han sostenido históricamente sobre esa convención. Se evita el tema, se cambia de conversación, se brinda. Y funciona —hasta que deja de funcionar—.

Las causas del desencuentro: algoritmos y distancia

¿Por qué deja de funcionar? Por dos razones que vale la pena nombrar. Primera: el algoritmo de redes sociales nos entrena, todo el año, en discusiones de alta intensidad y bajo costo. Cuando llegamos a la cena del 24, traemos puesta la indignación con la que hablamos en línea. Segunda: la familia extendida ya no se ve cada domingo, como en los años setenta. Se ve dos o tres veces al año, y cada encuentro carga el peso de todos los desencuentros acumulados.

Choque generacional de habitus

Aquí entra una distinción de Pierre Bourdieu que ayuda. Bourdieu hablaba de “habitus”: el conjunto de disposiciones aprendidas que cada uno trae sin pensarlas. La generación que creció con televisión y misa de gallo tiene un habitus distinto del de quien creció con TikTok y meditación. No es que uno sea mejor: son lenguajes diferentes. Y cuando esos habitus se sientan a la misma mesa, la conversación necesita traductores.

El dilema entre el silencio y la autenticidad

Hay un dicho mexicano que aplica con cariño: “en boca cerrada no entran moscas”. Pero también su contrario: “el que calla otorga”. La cena familiar navega entre esos dos refranes. Callar para no romper la velada; hablar para no traicionarse a uno mismo. La pregunta filosófica es cuándo cada cosa.

Phrónesis: la prudencia práctica en la mesa

Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, llamaba a esa habilidad phrónesis —prudencia práctica—. No era para él una virtud menor. Era la virtud que permitía aplicar las virtudes restantes en el momento adecuado. La phrónesis navideña dice: con el abuelo de 80 años, no discutir reformas migratorias; con el hermano de 25, no minimizar lo que le importa; con el primo recién separado, no preguntar por la ex.

La familia como laboratorio democrático

Hay un autor más contemporáneo, Charles Taylor, que aporta una lectura útil. En La ética de la autenticidad, Taylor escribe que las democracias liberales requieren ciudadanos capaces de sostener “horizontes de significado compartido” más allá de sus desacuerdos. La familia es el primer laboratorio de esa habilidad. Si en la mesa de Navidad no podemos discrepar sin destruirnos, difícilmente podremos hacerlo en el Congreso.

Tres reglas para sobrevivir a la sobremesa

¿Cuáles son las reglas de una sobremesa que no termina mal? Aquí, una propuesta sencilla en tres puntos.

1. La regla del cuarto de hora

 Antes de entrar al tema espinoso, dejar pasar quince minutos de conversación neutra (la comida, el clima, la salud, los niños). No es trivial: ese tiempo activa la zona cerebral del reconocimiento mutuo. Discutir sin haber reconocido al otro como familia primero es discutir contra un avatar.

2. La regla del nombre propio

La regla del nombre propio. Hablar de personas concretas, no de categorías. No “los morenistas” ni “los conservadores”: la prima Lucía, el tío Pepe. La generalización abstracta es la materia prima del odio; el nombre propio lo desactiva.

3. La regla del cierre

Acordar de antemano —con un guiño, con una palabra clave familiar— que cuando alguien la diga, todos cambiamos de tema. Es la versión moderna del “ya, ya, salud” que decían las abuelas. No es censura: es cuidado.

Aceptar la permanencia del desacuerdo

Hay, finalmente, una verdad incómoda. Los desacuerdos de fondo entre familiares rara vez se resuelven en una cena. A veces no se resuelven nunca. Y eso está bien. La cena no es para convertir a nadie. Es para recordar, con relativa elegancia, que pertenecemos al mismo cuerpo aunque pensemos distinto.

Convivencia democrática desde el hogar

Como sentencia el dicho viejo: “no por ser pariente se está obligado a estar de acuerdo, pero sí a sentarse a la misma mesa”. Eso es, en su versión más doméstica, la promesa de la convivencia democrática. Si la salvamos en diciembre, en la sala de la abuela, hay esperanza para los Congresos. Si la perdemos ahí, no hay protocolo institucional que la rescate.

Tristán de Acuña – Cuando 242 Personas Demuestran que Otra Sociedad es Posible

Tristán de Acuña – Cuando 242 Personas Demuestran que Otra Sociedad es Posible

Tristán de Acuña – Cuando 242 Personas Demuestran que Otra Sociedad es Posible

¿Qué pasaría si pudiéramos empezar de nuevo? Si pudiéramos construir una sociedad desde cero, sin las capas de desigualdad, competencia feroz e individualismo que parecen definir nuestro mundo moderno.

Tristán de Acuña, y sus 242 habitantes han estado demostrando durante más de 200 años que otra forma de vivir no solo es posible, sino que funciona.

Ubicada en el Atlántico Sur, a 1,800 millas de Ciudad del Cabo, esta isla volcánica es oficialmente el asentamiento habitado más remoto del mundo. Pero su verdadero aislamiento no es geográfico: es conceptual. Porque en Tristán de Acuña han logrado algo que los filósofos llevan siglos debatiendo y que nosotros, en nuestras ciudades hiperconectadas, hemos olvidado por completo.

El experimento social que nadie planeó

La historia de Tristán de Acuña comenzó en 1817 cuando William Glass, un cabo escocés de la Artillería Real decidió quedarse en la isla con dos compañeros después de que la guarnición británica fuera retirada. Pero aquí viene lo fascinante: desde el primer día, estos hombres establecieron un “pacto de sociedad” que declaraba que “todas las existencias y provisiones de cualquier descripción” serían consideradas como “pertenecientes por igual a cada uno”, y que “ninguno asumiría superioridad alguna, sino que serían considerados como iguales en todos los aspectos”.

Si este no es el inicio de una utopía, entonces no sé qué es.

Lo que emergió en Tristán fue una sociedad igualitaria cooperativa donde los valores fundamentales de igualdad, integridad individual y reciprocidad selectiva se convirtieron en la base de toda interacción social.

La Filosofía Ubuntu

La filosofía africana Ubuntu, se traduce en “soy porque somos”. Esta filosofía sostiene que la humanidad de una persona se realiza a través de las relaciones con otros . En Tristán de Acuña, esto no es teoría: es supervivencia práctica.

Cuando un hombre mata un toro, distribuye más de la mitad de la carne como regalos a otros miembros de la comunidad. Cuando hay un buen día de pesca, los niños cruzan el pueblo de un extremo al otro llevando platos cubiertos con toallas limpias, repartiendo “un poco de pescado”. No es caridad; es reconocimiento de que el bienestar individual y el comunitario son inseparables.

Tristán de Acuña

La economía de la vida

En Tristán de Acuña, la economía está subordinada a las relaciones sociales, no al revés. Cada familia es económicamente independiente —cada hombre casado tiene su propia casa, sus parcelas de tierra, su ganado— pero la tendencia es convertir casi cualquier trabajo significativo en un asunto cooperativo.

Los botes, por ejemplo, son construidos y poseídos conjuntamente por grupos de seis o siete hombres. No por necesidad económica, sino porque “así es como se hacen las cosas”. Las vacas en los pastos distantes pertenecen a pequeños grupos de propietarios conjuntos. Los huertos de manzanas son compartidos entre dos a cuatro personas.

Como diría el comunitarista Amitai Etzioni, han logrado algo que las sociedades modernas luchan por conseguir: equilibrar los derechos individuales con las responsabilidades comunitarias. Pero ellos no lo llaman “comunitarismo”; lo llaman “vecindad”.

Thomas Hobbes nos convenció de que el estado natural del ser humano es “la guerra de todos contra todos”. Tristán de Acuña sugiere que Hobbes estaba profundamente equivocado. Aquí, sin policía, sin tribunales, sin burocracia gubernamental significativa, la cooperación emergió naturalmente como la estrategia de supervivencia más efectiva.

Es como si hubieran descubierto intuitivamente lo que el antropólogo Robin Dunbar teorizaría siglos después: que los humanos pueden mantener relaciones sociales estables con aproximadamente 150 personas. Con 242 habitantes, Tristán está justo en ese punto dulce donde todos pueden conocer a todos, pero no tan pequeño como para que las tensiones se vuelvan insoportables.

Liderazgo

Los tristanianos no tienen jefe en la isla. Esto resuena profundamente con el concepto taoísta de wu wei —acción sin fuerza— donde el liderazgo más efectivo es el que fluye naturalmente con las circunstancias en lugar de imponerse sobre ellas.

Los maoríes tienen un dicho: ” ¿Cuál es la cosa más importante del mundo? Es la gente, es la gente, es la gente”. En Tristán de Acuña, esto no es filosofía abstracta; es realidad vivida.

Cuando llegó la “modernización” en forma de una industria pesquera comercial después de la Segunda Guerra Mundial, algo fascinante ocurrió: la comunidad la rechazó, porque intuían que el trabajo asalariado y las relaciones contractuales amenazaban el tejido social que había hecho posible su supervivencia durante más de un siglo.

Eligieron la pobreza material sobre la riqueza social. O mejor dicho, redefinieron qué significa ser rico.

Conclusión

El aislamiento físico de Tristán de Acuña les permite estar más conectados socialmente que la mayoría de nosotros en nuestras ciudades “conectadas”. Mientras nosotros tenemos miles de “amigos” en redes sociales, pero nos sentimos profundamente solos, ellos tienen 241 vecinos reales con quienes comparten una vida genuinamente interdependiente.

Como observaría el filósofo Martin Buber, han logrado crear una sociedad basada en relaciones “Yo-Tú” en lugar de “Yo-Eso”. Cada persona es vista como un sujeto completo, no como un objeto para ser usado o un competidor para ser derrotado.

La próxima vez que escuches “así es la naturaleza humana” para justificar la desigualdad o la competencia destructiva, recuerda que en una pequeña isla del Atlántico Sur, 242 personas han estado demostrando durante más de dos siglos que la naturaleza humana es mucho más de lo que nos han hecho creer.

¿Qué nos impide a nosotros tomar la misma decisión?

¿Qué acciones tomarás? Comparte tu opinión con el autor Acerca del Autor: Martín Alonso Aceves Custodio y toda nuestra comunidad de https://filosofiarespuesta.com/

 También te puede interesar:

De Aristóteles a TikTok: el ocio noble y el ocio mercantil

 

La cotidianidad como escuela de pensamiento

La cotidianidad como escuela de pensamiento

La cotidianidad como escuela de pensamiento

La filosofía no vive solo en los libros ni en los salones académicos; se despliega, con la misma intensidad, en las pequeñas decisiones que tomamos cada día. 

El quehacer filosófico existe cuando caminamos por la calle, elegimos qué decir en una conversación o decidimos si responder o callar ante una injusticia: en esos gestos se ensayan teorías sobre el mundo, la ética y el sentido. La cotidianidad, lejos de ser un terreno trivial, es una escuela práctica donde se aprende a pensar.

En la vida diaria ponemos a prueba conceptos que, en abstracto, parecen inofensivos. La idea de libertad, por ejemplo, se vuelve concreta cuando decidimos entre dos trabajos; la noción de justicia se vuelve urgente cuando vemos a alguien ser tratado con desprecio. 

Estas situaciones obligan a traducir principios en acciones. Así, convertimos la filosofía en una disciplina de traducción: transforma ideas en comportamientos y comportamientos en nuevas ideas.

Lo cotidiano

Una característica de lo cotidiano es la poca atención que ponemos a las cosas que hacemos. La sobreabundancia de estímulos nos impide profundizar en reflexiones; sin embargo, no todas las prácticas filosóficas requieren tiempo y silencio. 

Es posible realizar el quehacer filosófico desde el trayecto en transporte público, durante el cafecito o en una charla honesta con una amistad. Lo importante es la calidad, no la duración.

Podemos convertir la cotidianidad en un campo experimental de teorías éticas, por ejemplo: practicar devolver un objeto perdido, ayudar a un extraño en necesidad o mentir para salir de un problema. 

De esta forma podemos darnos cuenta de que la ética no es un conjunto de reglas sino una habilidad que se aprende en la práctica.

 

La cotidianidad como escuela de pensamiento

La autenticidad

Igualmente interesante es el tema de la autenticidad. Vivir en sociedad nos exige adaptarnos: hay que modular impulsos, controlar el lenguaje, negociar expectativas, etc. Y, por otro lado, la sociedad celebra y nos invita a expresar “lo que somos” —a expresarnos auténticamente. 

El quehacer filosófico nos ayuda a encontrar un equilibrio entre estos extremos. Recordemos que la batalla que se libra entre la opresión social y la esencia personal sucede únicamente en el campo de nuestras ideas.

¿Y qué decir de la parte política? Nuestras elecciones privadas afectan a lo colectivo y muchas veces no pensamos en ello. Las pequeñas prácticas, como participar en la junta vecinal, cuidar los espacios públicos y consumir responsablemente, son actos que, sumados a otros, tejen la configuración social.

Reconocer la importancia de nuestros actos en lo cotidiano nos ayuda a transformar el mundo en el que vivimos en el mundo en el que queremos vivir.

Conclusión  

La filosofía de la cotidianidad nos abre los ojos a una simple pero desapercibida verdad: la vida se compone de momentos ordinarios que, acumulados, constituyen la existencia. No subestimemos la riqueza de lo común. La reflexión cotidiana nos hace más responsables de las consecuencias de nuestros actos.

¿Qué acciones tomarás? Comparte tu opinión con el autor Acerca del Autor: Martín Alonso Aceves Custodio y toda nuestra comunidad de https://filosofiarespuesta.com/

También te puede interesar:

Responsabilidad y tecnología: la promesa de los MOF y COF