El día de la liberación que no liberó a nadie

El día de la liberación que no liberó a nadie

Donald Trump se paró en el jardín de la Casa Blanca con una tabla gigante y anunció aranceles para casi todos los países del planeta el 2 de abril de 2025. Le llamó el Día de la Liberación.

Una semana después, los mercados habían perdido más de seis billones de dólares, el bono del Tesoro se tambaleaba y el propio Trump anunciaba una pausa de 90 días. La liberación duró siete días.

No quiero burlarme. Quiero entender. Porque detrás del espectáculo hay una idea que merece tomarse en serio, aunque su ejecución haya sido un desastre.

El diagnóstico real del «China Shock»: desindustrialización y sus costos sociales

La idea es que el libre comercio, tal como se practicó desde los años noventa, destruyó la industria de Estados Unidos y empobreció a su clase trabajadora. Que las fábricas se fueron a China y a México. Que los pueblos del Medio Oeste se llenaron de fentanilo y desempleo. Que Wall Street ganó y Ohio perdió.

Eso no es mentira. Es una parte de la verdad. Los datos sobre el llamado China shock son sólidos: entre 1999 y 2011, la competencia china eliminó cerca de dos millones de empleos manufactureros en Estados Unidos. Los economistas que lo documentaron no son populistas. Son académicos del MIT.

El problema no es el diagnóstico. Es la receta.

Mercantilismo con tabla de Excel

Lo que Trump propuso fue mercantilismo. La doctrina económica del siglo XVII que decía que un país se enriquece exportando más de lo que importa, acumulando oro y cerrando fronteras al comercio ajeno. Adam Smith la desmontó en 1776. Todos los economistas desde entonces han estado de acuerdo en que estaba equivocada.

Pero el mercantilismo tiene una ventaja sobre la economía moderna: es intuitivo. Suena a sentido común. Si compramos más de lo que vendemos, estamos perdiendo. Si otros países nos venden barato, nos están robando. Un arancel es un muro y los muros protegen.

La tabla del Día de la Liberación tenía aranceles calculados con una fórmula que dividía el déficit comercial entre las importaciones. Nada que ver con los aranceles que esos países realmente cobraban. Le pusieron aranceles a islas habitadas solo por pingüinos. Y el mundo, por unos días, no supo si reír o vender.

Lo que pasó después

Los mercados hicieron lo que hacen: castigaron la incertidumbre. Pero lo más interesante no fue la caída de las acciones. Fue la subida de las tasas de los bonos del Tesoro. Eso significa que los inversionistas empezaron a dudar de la deuda de Estados Unidos. Y cuando el mundo duda de la deuda de Estados Unidos, el sistema financiero global tiembla.

Trump pausó. No por convicción. Por los bonos.

Meses después, los aranceles se reorganizaron en acuerdos bilaterales, con tasas menores, con excepciones. China terminó en 47 por ciento después de negociación. México y Canadá con exenciones bajo el tratado. El mundo se acomodó. Como siempre.

La pregunta de fondo

Lo que el Día de la Liberación dejó al descubierto es más profundo que un error de cálculo. Es la pregunta de si el comercio global es justo. Y la respuesta honesta es que no lo es. Nunca lo fue.

El comercio libre beneficia a quien tiene más capital, más tecnología y más capacidad de adaptación. Los países pobres exportan materias primas y compran productos terminados.

Los trabajadores de los países ricos compiten con salarios que no pueden igualar. Las empresas multinacionales arbitran entre jurisdicciones para pagar menos impuestos. Nadie diseñó ese sistema para ser justo. Se diseñó para ser eficiente.

Trump vio eso y propuso tirarlo. La alternativa que propuso fue peor. Pero el hecho de que millones de personas lo hayan votado por eso debería hacernos pensar a los demás.

Conclusión

El Día de la Liberación no liberó a nadie. Pero sí reveló algo: que el consenso del libre comercio se rompió, y que nadie tiene todavía una propuesta seria para reemplazarlo. Ni los que quieren volver a 1995, ni los que quieren volver a 1795.

Entre esos dos extremos hay espacio para pensar. Comercio con reglas laborales. Comercio con reglas ambientales. Comercio donde los beneficios no vayan solo a los accionistas. Eso no cabe en una tabla gigante en el jardín de la Casa Blanca. Pero es lo único que valdría la pena discutir.

Cuando el paraíso se quema: Los Ángeles y la arrogancia de construir donde arde

Cuando el paraíso se quema: Los Ángeles y la arrogancia de construir donde arde

En enero de 2025, los incendios de Palisades y Eaton destruyeron más de 16 mil estructuras en Los Ángeles. Murieron 30 personas. Barrios enteros de Malibú, Pacific Palisades y Altadena quedaron reducidos a chimeneas de pie sobre ceniza.

Las aseguradoras calcularon pérdidas de entre 250 y 275 mil millones de dólares. El desastre más caro de la historia de California, sin embargo, lo primero que se preguntó mucha gente no fue cómo prevenir el próximo. Fue cuándo podrían reconstruir.

Lo que ya se sabía

Los Ángeles no se quemó por sorpresa. Se quemó por diseño. La región tiene un clima mediterráneo con vientos de Santa Ana que soplan cada otoño e invierno a más de 100 kilómetros por hora.

La vegetación nativa, el chaparral, está hecha para arder. Ha ardido durante miles de años. Los pueblos originarios de la zona hacían quemas controladas precisamente para evitar los grandes incendios.

Todo eso está documentado. Está en los mapas de riesgo del estado. Está en los reportes de los bomberos. Y a pesar de eso, durante cien años, Los Ángeles siguió construyendo casas de madera en cañones que se incendian.

No es ignorancia. Es algo más viejo y más humano: la convicción de que a nosotros no nos va a pasar.

Hybris

Los griegos tenían una palabra para esto. Hybris. La arrogancia de creer que uno está por encima de las leyes que rigen a los demás. En las tragedias griegas, la hybris siempre precede a la caída. El héroe cree que puede desafiar a los dioses, y los dioses le recuerdan que no.

Construir mansiones de diez millones de dólares en cañones de chaparral es hybris. No la de una persona, sino la de una cultura. La cultura que cree que el dinero, la tecnología y la voluntad pueden comprar excepción a la naturaleza.

Y durante un rato lo logran. Los sistemas de riego funcionan. Los bomberos llegan. Las aseguradoras pagan. Hasta que un día los vientos soplan más fuerte, la sequía dura más, los hidrantes se quedan sin presión, y el cañón hace lo que siempre hizo.

Las aseguradoras ya lo sabían

Hay un detalle que dice más que cualquier discurso ambientalista. Meses antes de los incendios, State Farm, la aseguradora más grande de California, canceló pólizas en Pacific Palisades. Otras compañías dejaron de vender seguros nuevos en zonas de alto riesgo. No porque fueran ecologistas. Porque hicieron cuentas.

Cuando el capitalismo se retira de un lugar, es porque ya calculó que el lugar no es viable. Y las aseguradoras calcularon, con datos, lo que los políticos no quisieron decir en voz alta: que hay zonas donde no se debería vivir. O al menos, no como se vive ahora.

Ese es un mensaje incómodo. Nadie quiere escuchar que su casa está en el lugar equivocado. Pero los incendios no negocian.

¿Qué sigue?

Ya empezó la reconstrucción. Con las mismas reglas, en los mismos lugares, con los mismos materiales. Los permisos se aceleraron. Las regulaciones ambientales se suspendieron para facilitar. Y dentro de diez o veinte años, cuando los vientos vuelvan a soplar, el ciclo se repetirá. Tapar el sol con el dedo, pero con presupuesto.

Este autor no cree que la solución sea prohibir vivir en Los Ángeles. Es una ciudad de diez millones de personas. Pero sí cree que hay que dejar de fingir. Dejar de construir casas de madera en zonas de fuego. Dejar de subsidiar seguros que el mercado ya rechazó. Dejar de tratar cada incendio como una sorpresa cuando es una cita anual.

La sustentabilidad no es un tema de árboles. Es un tema de honestidad. Vivir de acuerdo con el lugar en el que vives, no contra él.

Conclusión

Los incendios de Los Ángeles destruyeron mucho más que casas. Destruyeron, por unas semanas, la ilusión de que el dinero puede comprar excepción a la geografía. Después la ilusión se reconstruyó, como las casas, sobre la misma ceniza.

El que con fuego juega, se quema. Los Ángeles lleva cien años jugando. Y todavía cree que la próxima vez será distinto.

DeepSeek: cuando la escasez le ganó al dinero

DeepSeek: cuando la escasez le ganó al dinero

En enero de 2025, una empresa china que casi nadie conocía publicó un modelo de inteligencia artificial que igualaba a los mejores de OpenAI y Google. Lo hizo, según sus propios reportes, con una fracción del presupuesto: unos seis millones de dólares de entrenamiento contra los cientos de millones que se gastan en Silicon Valley. 

Un lunes, Nvidia perdió casi 600 mil millones de dólares de valor en bolsa. La mayor caída de una empresa en un solo día en la historia.

Le llamaron el momento Sputnik de la inteligencia artificial. Pero yo creo que la comparación se queda corta. El Sputnik fue una sorpresa tecnológica. DeepSeek fue una sorpresa filosófica. Un verdadero caso para la araña.

El mito del dinero

Durante tres años, la narrativa dominante en la industria fue que la inteligencia artificial de frontera era cuestión de escala. Más chips, más datos, más dinero. Quien tuviera más, ganaría. Las valuaciones de las empresas se construyeron sobre esa idea.

Los gobiernos organizaron su política industrial alrededor de ella. Estados Unidos restringió la venta de chips avanzados a China precisamente porque asumió que sin ellos China no podría competir – como si eso los hubiera detenido antes.

DeepSeek demostró lo contrario. Con chips de segunda categoría, un equipo relativamente pequeño encontró formas más eficientes de entrenar modelos. Las restricciones no lo detuvieron. Lo obligaron a inventar.

Hay una idea vieja que aquí aplica: la necesidad es la madre de la invención. Suena a refrán de abuela, pero tiene respaldo. La historia de la tecnología está llena de casos donde la carencia produjo más que la abundancia. 

Japón después de la Segunda Guerra Mundial. Israel en sus primeras décadas. Cuba con sus autos de los años cincuenta funcionando setenta años después. Cuando no puedes comprar la solución, tienes que pensarla.

Lo que Silicon Valley no quiso ver

Silicon Valley se convenció de que el dinero era un sustituto de la inteligencia. Que si gastabas suficiente, la innovación llegaba sola. Y durante un rato funcionó, porque nadie más tenía el dinero.

Pero la abundancia produce pereza. Cuando puedes comprar diez mil chips, no necesitas optimizar el código. Cuando tienes presupuesto ilimitado, no necesitas preguntarte si hay otra forma. 

DeepSeek no fue más inteligente porque sus ingenieros fueran superiores. Fue más inteligente porque no tenía otra opción.

Esto tiene un nombre en la filosofía antigua. Los estoicos hablaban de los obstáculos como oportunidades disfrazadas. Marco Aurelio escribió que el impedimento a la acción avanza la acción; lo que se interpone en el camino se vuelve el camino. Dos mil años después, un laboratorio en Hangzhou le dio la razón.

Recursos contra innovación: la lección histórica del avance tecnológico 

No quiero pintar a DeepSeek como héroe. Es una empresa china que opera bajo un gobierno que censura su propio modelo. Si le preguntas qué pasó en Tiananmen en 1989, te cambia de tema. Su eficiencia técnica no borra su sumisión política.  

Además, no está claro que los seis millones de dólares sean toda la historia. Hay quien dice que DeepSeek se apoyó en modelos anteriores, en investigación previa, en hardware que no reportó. Es posible. Las empresas chinas no son más transparentes que las estadounidenses.

Pero incluso con esas dudas, el mensaje se mantiene. Un actor con menos recursos alcanzó a los que tenían más. Y eso no debería sorprender a nadie que haya leído un poco de historia.

Lo que significa para el resto

Para los países que no son ni China ni Estados Unidos, que somos casi todos, DeepSeek trae una lección incómoda y una esperanzadora.

La incómoda: la brecha tecnológica no se cierra comprando. Se cierra pensando. Y pensar requiere educación, instituciones, tiempo. Todo lo que los gobiernos de nuestra región llevan décadas recortando.

La esperanzadora: no hace falta tener lo que tiene Silicon Valley para competir. Hace falta tener lo que tuvo DeepSeek: un problema real, un equipo comprometido y la disciplina de no rendirse ante la falta de recursos.

México, Brasil, Argentina, Colombia, tienen ingenieros de primer nivel. Lo que no tienen es la convicción de que pueden hacer algo grande sin permiso de nadie. Esa convicción, más que los chips, es lo que DeepSeek demostró que se puede tener.

Conclusión

La caída de Nvidia aquel lunes de enero no fue un accidente del mercado. Fue el mercado dándose cuenta de que había apostado a la idea equivocada. Que el dinero compra chips, pero no compra ingenio, y que, a veces, la escasez es la mejor inversión.

La humillación como política exterior

La humillación como política exterior

El 28 de febrero de 2025, el presidente de Ucrania entró a la Oficina Oval para firmar un acuerdo sobre minerales. Salió sin firmar, sin comer y sin la ayuda militar que había ido a buscar. En medio, frente a las cámaras del mundo, el presidente y el vicepresidente de Estados Unidos lo regañaron como a un empleado que no agradece lo suficiente.

“No tienes las cartas”, le dijo Trump. “¿Has dicho gracias una sola vez?”, le preguntó Vance.

Yo vi el video tres veces. La primera con incredulidad. La segunda con vergüenza ajena. La tercera con la sospecha de que estaba viendo algo importantísimo más allá de lo diplomático.

El teatro del poder

La diplomacia siempre ha tenido su parte de teatro. Los apretones de manos, las fotos oficiales, las declaraciones conjuntas. Todo eso es coreografía, son charadas. Pero la coreografía existe para proteger algo: la posibilidad de que dos países que no se quieren puedan seguir hablándose.

Lo que pasó en la Oficina Oval fue la destrucción deliberada de esa coreografía. No fue un accidente. Fue un mensaje. Y el mensaje no era para Zelensky. Era para el resto del mundo.

La quiebra de las garantías internacionales: el regreso a la ley del más fuerte 

Recordemos lo que Ucrania estaba pidiendo. No caridad. Estaba pidiendo que Estados Unidos honrara los compromisos que había firmado en 1994, cuando Ucrania entregó su arsenal nuclear a cambio de garantías de seguridad.

Ese memorándum lo firmaron Estados Unidos, Rusia y Reino Unido.Rusia lo violó en 2014 y en 2022. Estados Unidos lo dejó de honrar en febrero de 2025.

Hay quien dice que Zelensky se lo buscó. Que fue al despacho equivocado con el tono equivocado. Puede ser. Pero un presidente en guerra, que ha perdido decenas de miles de ciudadanos, que no ha dormido bien en tres años, que llega a pedir apoyo a quien se lo prometió, no debería tener que cuidar el tono.

La diplomacia existe para que los débiles puedan hablar con los fuertes sin ser aplastados. Cuando el fuerte decide aplastar de todos modos, la diplomacia se acaba. Y lo que queda es el mundo de Tucídides: los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben.

El espejo para nosotros

Este episodio me interesa menos por Ucrania que por lo que nos dice a los demás. Si eso le pasó a un aliado en guerra, con apoyo bipartidista, con el Congreso de su lado, ¿qué le espera a los países que no tienen nada de eso?

México, Colombia, Panamá, ya han sentido el cambio de tono. Aranceles como castigo. Amenazas de intervención como negociación. Deportaciones como presión. La Oficina Oval de febrero no fue un incidente aislado. Fue el estreno de un estilo.

Y aquí vuelvo a una idea que he defendido antes en este blog. Si los países medianos no construimos mecanismos propios de defensa y coordinación, vamos a pasar de ser aliados a ser subordinados. La humillación de Zelensky fue la demostración de que la alianza ya no protege. Solo protege la fuerza propia.

Conclusión

Hay un dicho viejo que dice que se atrapan más moscas con miel que con vinagre. La política exterior estadounidense de 2025 apostó al vinagre. Puede que funcione a corto plazo. Puede que Zelensky haya vuelto a firmar, con la cabeza agachada, semanas después.

Pero el mundo vio. Y el mundo recuerda. Y cuando el poder se ejerce como humillación, lo que se acumula no es respeto. Es cuenta pendiente. Tenemos varias cuentas por cobrarnos.

Seis horas: la noche que los ciudadanos de Corea salvaron su democracia

Seis horas: la noche que los ciudadanos de Corea salvaron su democracia

A las 10:27 de la noche del 3 de diciembre de 2024, el presidente de Corea del Sur apareció en televisión y declaró la ley marcial. Acusó a la oposición de ser agentes de Corea del Norte. Prohibió toda actividad política. Ordenó al ejército tomar el parlamento.

A las 4:30 de la madrugada, ya no había ley marcial. ¿Cómo?

Lo que pasó en esas seis horas es una de las lecciones cívicas más importantes de este siglo. Y casi nadie fuera de Corea le prestó la atención que merece.

Lo que hicieron los ciudadanos

Cuando los soldados llegaron a la Asamblea Nacional, ya había gente. Ciudadanos comunes, alertados por las redes sociales, corrieron al edificio para bloquear la entrada. Se pusieron frente a los vehículos militares.

Algunos legisladores saltaron bardas para entrar a votar. Los asistentes parlamentarios usaron extintores contra los soldados que trataban de entrar por las ventanas.

Y a la una de la mañana, con 190 votos a favor y cero en contra, el parlamento anuló la ley marcial. Yoon Suk-yeol tuvo que retirarla. Cuatro meses después, la Corte Constitucional lo destituyó. Hoy enfrenta juicio por insurrección.

Todo eso ocurrió sin un solo disparo. Sin un solo muerto.

Lo que hicieron los ciudadanos

Cuando los soldados llegaron a la Asamblea Nacional, ya había gente. Ciudadanos comunes, alertados por las redes sociales, corrieron al edificio para bloquear la entrada. Se pusieron frente a los vehículos militares.

Algunos legisladores saltaron bardas para entrar a votar. Los asistentes parlamentarios usaron extintores contra los soldados que trataban de entrar por las ventanas.

Y a la una de la mañana, con 190 votos a favor y cero en contra, el parlamento anuló la ley marcial. Yoon Suk-yeol tuvo que retirarla. Cuatro meses después, la Corte Constitucional lo destituyó. Hoy enfrenta juicio por insurrección.

Todo eso ocurrió sin un solo disparo. Sin un solo muerto.

Instituciones o personas

Hay una discusión vieja en filosofía política sobre qué es lo que sostiene una democracia. Unos dicen que son las instituciones: la separación de poderes, los tribunales, la constitución. Otros dicen que son las personas: los ciudadanos dispuestos a defenderlas.

Corea del Sur mostró que la respuesta es las dos cosas, pero en un orden específico. Las instituciones existían. La Asamblea tenía el poder de anular la ley marcial. La Corte tenía el poder de destituir al presidente. Pero nada de eso habría servido si los ciudadanos no hubieran corrido al edificio esa noche.

Montesquieu escribió que el poder detiene al poder. Es cierto. Pero olvidó decir quién le da al poder la fuerza para detener al otro poder. Son los ciudadanos. Sin ellos, las instituciones son papel. 

No lo olvides.

El antídoto surcoreano: cómo el recuerdo de la dictadura moviliza a la ciudadanía 

Pongamos esto al lado de otros casos. En Estados Unidos, en enero de 2021, una turba tomó el Capitolio para impedir la certificación de una elección. Cuatro años después, muchos de los que participaron fueron indultados.

En varios países latinoamericanos, presidentes han disuelto congresos, cerrado tribunales, modificado constituciones a su medida, y la ciudadanía respondió con cansancio.

¿Por qué Corea reaccionó distinto? Yo tengo una hipótesis. Corea del Sur vivió dictaduras militares hasta 1987. Hay millones de coreanos vivos que recuerdan lo que significa la ley marcial de verdad. Y cuando un pueblo recuerda, actúa distinto que cuando un pueblo olvida.

Los países que dan por sentada su democracia son los más vulnerables a perderla. No porque sus instituciones sean débiles, sino porque sus ciudadanos ya no saben qué es lo que están defendiendo.

La memoria como defensa activa: la educación cívica para proteger la democracia 

No estoy proponiendo que salgamos a bloquear tanques. Estoy proponiendo algo más modesto y más difícil: que recordemos.

Que los países latinoamericanos, que también tuvieron dictaduras, no dejen que las nuevas generaciones crezcan sin saber lo que costó salir de ellas. Que las escuelas enseñen no solo las fechas, sino las consecuencias.

Además, que cuando un presidente empiece a hablar de enemigos internos y medidas excepcionales, la memoria colectiva suene la alarma antes de que sea tarde.

Corea del Sur no salvó su democracia con ejército ni con tribunales. La salvó con memoria.

Conclusión

Seis horas. Eso fue todo lo que duró el intento. Seis horas entre la declaración y la anulación. Y en esas seis horas, unos cuantos miles de ciudadanos demostraron que la democracia no es un sistema que se hereda, sino uno que se defiende, cada vez, cuando hace falta.

La pregunta para nosotros no es si nuestras instituciones aguantarían un intento parecido. Es si nosotros aguantaríamos.