Inteligencia artificial y soberanía: quién decide cuando deciden los modelos

Inteligencia artificial y soberanía: quién decide cuando deciden los modelos

El modelo de inteligencia artificial que aprueba tu solicitud de crédito, filtra tu currículum antes de que un humano lo lea, califica el ensayo de admisión de tu hijo o decide si pagas más caro un boleto de avión —porque la aerolínea detectó que “es probable que pagues más”— no fue diseñado en tu país.

También debes saber que tampoco fue regulado por tu legislador. Y, sin embargo, opera sobre tu vida con autoridad casi judicial.

Eso, en términos estrictos, es una pérdida de soberanía. No la grandilocuente que se discute en los discursos del 16 de septiembre o del 4 de julio: la pérdida silenciosa que ocurre cuando las decisiones que afectan a un ciudadano se toman fuera del marco institucional al que ese ciudadano puede apelar.

El traslado del poder

Tradicionalmente, las decisiones que afectan la vida de los ciudadanos se tomaban en tres lugares: el mercado, el Estado y la familia. Cada uno con sus reglas. El mercado con las del intercambio voluntario, el Estado con las del derecho, la familia con las del afecto. Con fronteras imperfectas pero reconocibles.

Los modelos de IA introducen una cuarta esfera de decisión que no termina de encajar en ninguna de las tres. Operan dentro del mercado (las empresas los venden), pero ejercen poder cuasi-estatal (deciden acceso a recursos, derechos, oportunidades).

Operan al margen del Estado (no son funcionarios, no responden a procedimientos administrativos), pero deciden sobre ciudadanos. Y operan con opacidad: ni los desarrolladores saben exactamente por qué un modelo decidió lo que decidió, por la naturaleza misma de sus arquitecturas.

Schmitt y la pregunta de la excepción

Carl Schmitt, filósofo del derecho, dejó una frase incómoda que sigue siendo el centro del debate sobre soberanía: “soberano es quien decide sobre la excepción”. No quien gobierna en tiempos normales, sino quien decide cuándo se suspende la regla y se aplica una distinta. En esa decisión, decía, se ve quién manda de verdad.

Aplicado a la IA, la pregunta se vuelve incómoda. Si un modelo de reconocimiento facial decide que tú no debes abordar un vuelo porque tu rostro coincide con un patrón de “persona de interés” —patrón cuyos criterios son opacos incluso para sus operadores—, ¿quién decidió esa excepción?

¿El programador, hace tres años, en Mountain View? ¿La aerolínea que compró el sistema? ¿El gobierno que autorizó su uso? ¿O el modelo mismo, en un sentido casi sin sujeto humano?

La incomodidad es legítima. Por primera vez en la historia política moderna, hay decisiones de poder cuya autoría humana se difumina. Y, sin embargo, sus efectos son perfectamente humanos: pierdes el vuelo, pierdes el empleo, pierdes el crédito.

Soberanía técnica

Hay un concepto que se está abriendo paso en los círculos de política digital: soberanía técnica. No es chovinismo industrial; es algo más sutil. La idea es que un Estado mantiene soberanía cuando puede auditar, regular, modificar o, en el límite, prohibir las tecnologías que operan dentro de su territorio.

Se entiende que la soberanía se pierde cuando esas tecnologías son cajas negras importadas, regulables solo por el país de origen.

Estados Unidos protege su soberanía técnica en chips, semiconductores avanzados y software militar. La Unión Europea lo intenta con la AI Act —aprobada en 2024, vigente desde 2026— que clasifica los sistemas por nivel de riesgo y obliga a auditorías de impacto para los de “alto riesgo”.

China construye toda su infraestructura digital paralela. ¿Y el resto del mundo? El resto del mundo, en su mayoría, importa modelos sin auditarlos, los integra a sistemas administrativos y judiciales.

Luego sucede que se sorprenden cuando esos modelos producen resultados sesgados, opacos o políticamente convenientes para los intereses de sus desarrolladores extranjeros. No es sorpresa razonable: era resultado previsible.

Cui bono

Hagamos otra vez la pregunta clásica. ¿A quién le conviene un mundo donde la IA opera sin marco regulatorio soberano?

A los cinco o seis laboratorios que controlan los modelos fundacionales más potentes —OpenAI, Anthropic, Google, Meta, xAI, DeepSeek—. Sin regulación nacional, pueden venderlos como “neutros” cuando son artefactos profundamente cargados de valores específicos.

A los gobiernos donde esos laboratorios están establecidos, que ganan poder geopolítico extraterritorial sin negociar tratados.

A las grandes empresas multinacionales que sustituyen procesos humanos costosos (revisión de créditos, contratación, atención al cliente) por modelos baratos, externalizando el costo social del despido masivo.

Los perdedores son los ciudadanos sin recurso —sin saber cómo apelar una decisión algorítmica que no entienden—, los profesionistas desplazados sin programa público de reconversión, y los Estados que renuncian a la última prerrogativa del soberano: decidir qué tecnología opera sobre sus ciudadanos.

Cuatro principios para regular la tecnología y la Inteligencia Artificial

Cuatro principios mínimos

No estoy proponiendo prohibir la IA. Sería tan absurdo como prohibir la imprenta en el siglo XV. Estoy proponiendo cuatro principios mínimos que cualquier país democrático debería incorporar a su legislación antes de fin de la década:

Auditoría obligatoria de modelos de alto riesgo. Si un modelo toma decisiones que afectan derechos —crédito, empleo, libertad, salud, educación— el Estado debe poder auditarlo, exigiendo acceso al código, los datos de entrenamiento y las métricas de sesgo.

Derecho a explicación. Cualquier ciudadano cuya solicitud sea negada por un sistema automatizado debe recibir, en lenguaje humano comprensible, la razón concreta de la decisión, no “el algoritmo lo decidió”.

Responsabilidad humana asignada. Toda decisión algorítmica debe tener un responsable humano nombrado —empresa, funcionario, técnico— al que se le pueda imputar legalmente el resultado. La opacidad no exime de responsabilidad.

Reserva soberana sobre infraestructura crítica. Los sistemas que operan en salud pública, justicia, seguridad e identidad ciudadana no deben depender exclusivamente de modelos privados extranjeros sin alternativa nacional o regional.

Hobbes en clave digital

Thomas Hobbes, en el Leviatán, argumentó que los ciudadanos ceden al soberano una parte de su libertad a cambio de protección. Ese contrato funciona mientras el soberano es identificable, responde a procedimientos, puede ser cambiado por los ciudadanos.

Si parte del poder soberano contemporáneo lo ejerce, de hecho, un modelo de IA inauditable, el contrato hobbesiano se rompe en silencio. Los ciudadanos siguen entregando obediencia, pero ya no a un Leviatán visible: a uno disperso, técnico, extranjero y opaco.

Lo anterior, en lenguaje contemporáneo, se llama precarización política. Y se está produciendo a velocidad mayor que cualquier discusión legislativa pueda alcanzar.

Conclusión

La inteligencia artificial no es ni buena ni mala. Es una herramienta de extensión cognitiva del poder, y como tal, hereda la dirección moral de quien la ejerce. La pregunta no es si la usaremos: ya la estamos usando.

La pregunta es bajo qué marco democrático la usaremos, con qué auditoría, con qué responsabilidad asignable, y con cuánta soberanía conservada por las instituciones que los ciudadanos sí votamos.

Como dice un viejo dicho: el martillo es del que lo agarra. Los modelos de IA están siendo agarrados por unas pocas empresas en pocos países.

Si los demás Estados no negocian, no regulan, no auditan, en una década serán pueblos gobernados parcialmente por un soberano que ningún ciudadano eligió. Y para entonces, recuperar la soberanía costará mucho más que tomar las decisiones ahora.

Soledad estructural: por qué los hombres jóvenes están en crisis

Soledad estructural: por qué los hombres jóvenes están en crisis

Tres de cada diez hombres menores de treinta años, en países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), reportan no tener ningún amigo cercano al que llamar en una crisis. Tres de diez. No es metáfora ni licencia poética.

Lo anterior es el dato de la última encuesta del Survey Center on American Life, replicado con magnitudes similares en Alemania, Reino Unido, Japón, Australia y, más recientemente, América Latina.

Una generación entera está creciendo sin red afectiva masculina. Sin el amigo de toda la vida con quien tomarse una cerveza sin agenda. Sin el grupo de la preparatoria que se sigue viendo. Sin el confidente. Y el costo, contado en suicidios, en sobredosis accidentales, en aislamiento prolongado, ya es masivo y crece año con año.

El dato

La epidemiología es brutal y bien documentada. Los hombres menores de cuarenta y cinco se suicidan a tasas tres a cuatro veces mayores que las mujeres de su misma edad en casi todos los países OCDE. Mueren más por sobredosis accidentales. Reportan menos visitas al médico hasta que la enfermedad ya es grave.

Tienenmenos redes de apoyo informal. Y, sobre todo, hablan menos de lo que sienten, incluso entre sí.

Vivek Murthy, excirujano general de Estados Unidos, declaró la soledad como “epidemia” en 2023, asignándole efectos sobre la salud equivalentes a fumar quince cigarrillos al día.

La declaración hizo titulares por una semana y luego se desvaneció. Lo cual, paradójicamente, ilustra el problema: la soledad estructural no produce escándalo televisivo. Mata, pero en silencio.

Por qué los hombres

Hay tres causas estructurales que conviene nombrar sin disfraz, porque el discurso “los hombres deben hablar más de sus emociones” es necesario pero insuficiente. El problema es más viejo y más material:

  • El desmantelamiento de los espacios de sociabilidad masculina tradicional. Los clubes deportivos amateurs, las logias, las cuadrillas de trabajo manual, las cantinas de barrio, los gimnasios populares —todos espacios donde los hombres se veían regularmente sin agenda romántica— han ido cerrando o gentrificándose.                                                                                                               
  • En las últimas tres décadas. Los reemplazaron los gimnasios pago-por-uso, donde nadie habla con nadie.                                                                                       
  • La migración del trabajo manual al trabajo aislado frente a pantalla. El obrero, el carpintero, el chofer de camión tenían colegas con los que pasaban horas codo a codo durante años.                                                                 
  • El programador, el contador, el repartidor de Uber Eats no. La fricción social cotidiana —la que produce amistad por sedimentación— se evaporó.                
  • La cultura del éxito individual. El hombre joven contemporáneo recibe un mensaje claro desde la adolescencia: tu valor depende de tu éxito profesional, tu estatus, tu cuerpo, tu pareja.

Pedir ayuda, mostrar fragilidad, depender de otros aparece como derrota. Esa cultura no la inventó el patriarcado; la perfeccionó el capitalismo individualista, que necesita consumidores aislados, no comunidades cohesionadas.

Philia, no networking

Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, distinguía tres tipos de amistad. La amistad por utilidad: te tolero porque me sirves para algo. La amistad por placer: te busco porque me la paso bien contigo. Y la philia, la amistad virtuosa: te quiero por lo que eres, sin agenda, durante años, en las buenas y en las malas.

Lo que llamamos networking en la cultura contemporánea es exactamente la primera forma: amistad por utilidad. LinkedIn, los grupos de WhatsApp de la oficina, las reuniones de exalumnos donde se canjean tarjetas. No es amistad. Es transacción social disfrazada de amistad.

Cuando se sustituye la philia por el networking, lo que se pierde es exactamente lo que sostiene en la crisis: el otro que está ahí sin necesitar nada de uno.
Robert Putnam, en Solo en la bolera, documentó en 2000 cómo el capital social estadounidense se había desplomado durante el siglo XX: menos membresías a clubes, menos asistencia a iglesias, menos voluntariado, menos amigos cercanos reportados. Veinticinco años después, sus predicciones se ven optimistas en retrospectiva.

Cuatro prácticas

La salida individual existe y no es heroica. Es modesta y disciplinada:

  1. Una llamada semanal, no una conversación de WhatsApp, a un amigo viejo. Llamada, voz, treinta minutos. El texto no construye philia; la voz, sí.                    
  2. Una actividad presencial recurrente con otros hombres. Cualquier cosa: equipo de fútbol amateur, club de lectura, coro, taller de carpintería. La regularidad —misma hora, mismo día, mismas personas— es lo que sedimenta vínculo, no la actividad en sí.                                                                        
  3. Un compromiso explícito de pedir ayuda primero. No esperar a que el otro adivine. Decir “estoy mal, necesito que me llames el viernes”. Suena ridículo. Funciona. El obstáculo no es el otro: es el orgullo masculino que confunde fragilidad con derrota.                                                                                                        
  4. Limitar redes sociales pasivas y aumentar comunicación directa. Si solo ves a tus amigos en historias de Instagram, no son amigos: son personajes secundarios de tu feed. El feed no devuelve la llamada.

Lo que la sociedad debe hacer

Pero la responsabilidad no es solo individual. Las políticas públicas pueden corregir mucho de lo estructural. Algunas ciudades europeas —Manchester, Helsinki, Rotterdam— han empezado a financiar “bibliotecas de hombres”, centros comunitarios de bajo costo donde grupos se reúnen semanalmente con un facilitador.

Los resultados, según evaluaciones del NHS británico, son comparables en efectividad a la terapia psicológica formal y diez veces más baratos.

Otros experimentos: cofinanciar clubes deportivos amateurs, ofrecer espacios públicos gratuitos para reuniones recurrentes, subsidiar la enseñanza de oficios manuales (que son intensivos en sociabilidad presencial), incluir en los planes urbanos zonas explícitamente diseñadas para encuentro casual.

Ninguna de esas intervenciones es cara. Lo caro es no hacerlas: la depresión y el suicidio masculino le cuestan a los sistemas de salud público mucho más que los espacios comunitarios que los preveían.

Conclusión

No estoy idealizando ninguna “masculinidad tradicional”. Las cantinas viejas tenían sus violencias propias. Los clubes masculinos clásicos eran a menudo excluyentes y endogámicos. No se trata de volver. Se trata de inventar formas nuevas de sociabilidad masculina que cumplan la función vieja.

Lo elemental es que un hombre necesita amigos hombres, durante toda su vida, para no enloquecer ni de tristeza ni de soberbia.

Como dice un proverbio italiano: el hombre solo, ni en el paraíso. Si el paraíso del consumo individual y la pantalla nos está produciendo una generación de hombres jóvenes solos, es momento de admitir que el paraíso era infierno disfrazado. Y reconstruir, con paciencia, las amistades de siempre. No por nostalgia: por supervivencia.

Una moneda de reserva sin imperio: del dólar al cesto

Una moneda de reserva sin imperio: del dólar al cesto

El 87% de las transacciones internacionales se hacen en una moneda que pertenece a un solo país. Ese país tiene el 4% de la población mundial, el 25% del PIB global y, sin embargo, controla la moneda con la que el otro 96% de la humanidad cobra exportaciones, paga importaciones, refinancia deuda y guarda reservas.

La asimetría es tan grande que ya casi no se nombra, como esos defectos arquitectónicos a los que nos acostumbramos por convivencia diaria.

Se llama dólar. Y su hegemonía monetaria, hija del orden de Bretton Woods de 1944 y de las decisiones unilaterales de Richard Nixon en 1971, está más cerca de su fin que de su consolidación. La pregunta no es si se reformará el sistema monetario internacional: es cuándo y a costa de quién.

La cifra

Los datos del BIS y del FMI dibujan el paisaje. El dólar concentra el 58% de las reservas mundiales de bancos centrales, el 87% del intercambio en mercados FX, el 50% del comercio internacional facturado y el 70% de la deuda emergente denominada en moneda extranjera.

Esa concentración significa una cosa simple: cuando Estados Unidos sube tasas o impone sanciones, el mundo entero recibe el impacto, sin haber sido consultado.

Los casos recientes son ilustrativos. Las sanciones sobre Rusia tras 2022 demostraron que el dólar puede ser usado como arma geopolítica: el bloqueo de reservas rusas en bancos occidentales fue, juridicamente una expropiación; en la práctica, una advertencia para cualquier país que dependa del dólar y discrepe con la política de EU.

Después de 2022, China, Arabia Saudí, Brasil, la India y un puñado de economías intermedias empezaron a explorar alternativas. No por ideología: por prudencia.

El privilegio exorbitante

El término no es mío. Es de Valéry Giscard d’Estaing, entonces ministro de finanzas francés en 1965, refiriéndose a la posición del dólar. Privilegio exorbitante quería decir: Estados Unidos es el único país que puede pagar sus importaciones imprimiendo su propia moneda.

El único que financia su déficit comercial con deuda denominada en lo que él mismo produce; el único cuyas tasas de interés mueven los flujos globales sin que ningún banco central extranjero pueda contrarrestarlas.

Sesenta años después, ese privilegio sigue intacto en lo sustantivo. Lo que cambió es la disposición de los demás Estados a seguir aceptándolo. Y eso, en geopolítica, es lo que marca el inicio del fin de cualquier hegemonía.

Keynes y el bancor

John Maynard Keynes, en Bretton Woods en 1944, propuso una solución radical y la perdió por la fuerza diplomática de EU. Su propuesta era el bancor: una moneda supranacional emitida por una Cámara de Compensación Internacional, respaldada por un cesto de bienes y divisas, no por la divisa de ningún país en particular.

El bancor habría tenido tres virtudes que el dólar no tiene. No estaría sujeto al ciclo político o económico de ningún Estado individual. Penalizaría tanto los superávits crónicos como los déficits crónicos, obligando a corregir desequilibrios estructurales.

Sobre todo, retiraría del país emisor el privilegio de financiar sus déficits con deuda externa en su propia moneda.

Estados Unidos, en 1944, prefirió el sistema dólar-oro porque le convenía. Sesenta años después, sigue conviniéndole. Pero la conveniencia de uno no es la justicia de todos. Y la arquitectura institucional internacional, eventualmente, se reajusta a la distribución real del poder.

El bancor de Keynes podría volver, en una versión actualizada. Y vale la pena pensar cómo.

Tres caminos posibles

El debate técnico ofrece, hoy, tres alternativas serias. Cada una con virtudes y problemas:

  1. Cesto multilateral basado en los DEG. Los Derechos Especiales de Giro del FMI ya existen como activo de reserva sintético. Son un cesto del dólar, euro, libra esterlina, yen y yuan. Ampliarlos como instrumento de comercio internacional y de reservas requeriría reformar el FMI —cuotas, gobernanza, papel del oro.                                                                                                                        
  2. Sistemas regionales de pagos. China impulsó CIPS como alternativa a SWIFT. Los BRICS exploran BRICS Pay. India promueve UPI internacional. Cada bloque construye su infraestructura paralela. No reemplazan al dólar; lo erosionan por los flancos. Es la opción que ya está en marcha sin que ningún tratado formal la respalde.                                                                                                              
  3. Monedas digitales de banco central interoperables. El BIS ha estado promoviendo arquitecturas técnicas para que las CBDC de distintos países se intercambien directamente entre bancos centrales, sin necesidad de pasar por el sistema dólar-correspondencia bancaria. 

Soberanía monetaria como sustantivo

Aquí entra una distinción filosófica que rara vez se nombra en la conversación financiera. La soberanía estatal moderna se construyó sobre tres pilares: el monopolio de la fuerza, el monopolio de la ley y el monopolio de la moneda. Carl Schmitt llamó al tercero “soberanía monetaria” y lo consideró parte indisoluble del primero.

Cuando un país no controla su propia moneda —porque su economía está dolarizada de facto, porque su deuda externa está denominada en una divisa extranjera, porque sus exportaciones se facturan en algo que no produce— renuncia a una parte sustantiva de su soberanía.

La política monetaria se le hace desde afuera. La política fiscal queda condicionada por la balanza de pagos en moneda ajena. Y, en momentos de crisis, depende de las decisiones de la Reserva Federal estadounidense, que no fue elegida por sus ciudadanos.

Eso, antes de cualquier discusión técnica, es un problema democrático. Los pueblos eligen presidentes y parlamentos; no eligen a quien les fija la tasa de interés. La asimetría del sistema dólar convierte a la mayor parte de la humanidad en gobernada monetariamente por una institución extranjera.

Sin embargo, la mayor parte de la humanidad lo acepta como dato natural del orden internacional, como si las nubes vinieran ya pintadas.

Cui bono

Hagamos la pregunta romana una vez más: ¿quién gana con el statu quo monetario?

  • El Tesoro estadounidense, que coloca deuda a tasas menores que cualquier otro emisor soberano porque el mundo está obligado a comprarla como reserva.                                                                                                                              
  • Los bancos correspondientes globales, que cobran comisiones por todas las transacciones internacionales en dólares (cifras en miles de millones de dólares anuales).                                                                                                               
  • Las empresas transnacionales que reportan en dólares, evitando la complejidad contable de monedas múltiples.                                                              
  • Las élites financieras de países emergentes, que mantienen su patrimonio en dólares para protegerse de las devaluaciones que ellas mismas, frecuentemente, contribuyen a provocar.                                                                  
  • Los perdedores son los exportadores en moneda local que cobran en una divisa que no controlan, los trabajadores cuyos salarios se compran y venden contra el dólar sin que ellos voten ese precio                                             
  • Los países endeudados en dólares que pagan tasas que se decidieron en Washington, y los bancos centrales emergentes obligados a mantener reservas en dólares aunque preferirían diversificar.

Conclusión

El sistema dólar funcionó durante setenta años. No funcionó por bondad: funcionó porque ningún rival podía retarlo y porque la alternativa —el caos monetario de los años treinta— era peor.

Hoy ambas condiciones cambiaron. Hay rivales con peso económico real (China, la UE), hay infraestructura técnica para un sistema multimoneda, y hay disposición política creciente —en el sur global, en Asia, hasta en Europa— para discutir alternativas.

La propuesta concreta no es destronar al dólar de la noche a la mañana: sería irresponsable. Es construir, durante la próxima década, una arquitectura monetaria multipolar donde el dólar siga siendo importante pero deje de ser exclusivo.Un cesto.

Lo deseable es un pluralidad. Una soberanía monetaria recuperable para los países que hoy la han cedido por inercia.

Como cierra el viejo refrán: quien no tiene su propia mesa, come donde le dejen. Y comer donde a uno le dejen es, en términos monetarios, el destino de los países que renuncian a pensar en su moneda.

Agua: el conflicto que ya empezó y nadie quiere nombrar

Agua: el conflicto que ya empezó y nadie quiere nombrar

En abril de 2018, Ciudad del Cabo —la segunda ciudad más grande de Sudáfrica, sede de cinco millones de personas— estuvo a setenta y cuatro días de cerrar el grifo. La gente cargaría su agua diaria en garrafones desde puntos de distribución militarizada.

Lo llamaron el Día Cero. No llegó, por milagro climatológico y por racionamiento extremo. Pero el ensayo general ya se hizo. Y el guion no se cambió: lo que pasó en Ciudad del Cabo va a repetirse —ya se está repitiendo— en Chennai, Ciudad de México, São Paulo, Sídney, Phoenix, Teherán, Bogotá.

Hay una conversación pública que llevamos casi un siglo evitando. No es si habrá conflictos por el agua. Es cuándo, dónde y bajo qué reglas se va a repartir lo que queda. Y, sobre todo, quién va a quedarse con la parte grande.

La cifra

Los datos son sencillos y no admiten discusión técnica. La Organización Mundial de la Salud estima que dos mil millones de personas viven en países con estrés hídrico severo. Cuatro mil millones experimentan escasez al menos un mes al año.

Para 2030 —dentro de cuatro años— la demanda global de agua dulce excederá la oferta sostenible en un 40%. Cuarenta por ciento.

No es escasez absoluta. El planeta tiene la misma cantidad de agua que hace diez mil años. Lo que cambió es cómo la usamos, dónde se concentra la demanda y qué porcentaje de ese ciclo se contamina antes de poder reutilizarse. El agua ya no falta: el agua se usa mal.

¿Mercancía o derecho?

Aquí la filosofía debe pronunciarse, porque la línea está dibujada hace tiempo y casi nadie la nombra. ¿El agua es mercancía o es derecho? La pregunta no es retórica: tiene consecuencias jurídicas, fiscales y morales muy distintas según se responda.

Si es mercancía, va al mercado, y el mercado la asigna al mejor postor. Si es derecho, va a una arquitectura institucional que la reparte por necesidad, no por capacidad de pago. Las dos opciones son honestas; la mayoría de los gobiernos contemporáneos pretenden hacer ambas a la vez, y el resultado es la peor versión de ambas.

John Locke, en el Segundo tratado sobre el gobierno civil, sostuvo que el agua es uno de los pocos bienes que, por su abundancia natural, debían quedar fuera del régimen de propiedad privada.

Tres siglos después, Vandana Shiva, en Las guerras del agua, llamó a eso mismo desde el otro lado del mundo: el agua, como el aire, no admite propietarios sin que se desfigure el contrato social.

Cuatro frentes

El conflicto del agua no es uno: son cuatro, simultáneos, ya activos en distintas geografías:

Agricultura contra ciudades. La agricultura consume el 70% del agua dulce mundial. Cuando una ciudad se queda sin agua, lo que se discute es si quitársela al campo. Lo discuten Israel y Jordania, California y Arizona, Pakistán y la India.

Cuenca aguas arriba contra aguas abajo. Etiopía construye la Gran Presa del Renacimiento; Egipto reclama que le secan el Nilo. Turquía retiene el agua del Tigris y el Éufrates; Irak e Irán se quedan sin caudal. Cada cuenca compartida es una negociación geopolítica congelada.

Capa freática contra superficie. Los acuíferos profundos —agua acumulada durante decenas de miles de años— se están bombeando a tasas que exceden su reposición. Cuando se acaban, no se reponen en escalas humanas. India, Estados Unidos, México, el norte de África están vaciando sus reservas de fondo.

Sector público contra sector privado. Nestlé, Coca-Cola, Pepsi y un puñado de embotelladoras concesionan, en muchos países, manantiales completos a precios irrisorios y los revenden en botella a quince mil veces ese costo. Es legal. También es escandaloso.

El agua como sujeto

Hay un movimiento jurídico interesante creciendo en silencio. Ecuador, en su Constitución de 2008, reconoció derechos a la naturaleza. Nueva Zelanda, en 2017, otorgó personalidad jurídica al río Whanganui, a petición del pueblo maorí. India hizo lo mismo con el Ganges y el Yamuna ese mismo año. Bangladés siguió en 2019.

La idea es contraintuitiva pero potente: si un río puede ser representado legalmente por humanos que actúan en su nombre, su agua deja de ser objeto de saqueo y se vuelve sujeto con voz en los tribunales.

Cuando una empresa contamina ese río, no contamina un recurso: agrede a un sujeto reconocido. La diferencia conceptual es pequeña; la diferencia procesal es enorme.

¿Qué nos toca?

La conversación sobre agua suele resolverse pidiéndole al ciudadano que cierre la llave mientras se lava los dientes. Está bien, no estorba. Pero el ciudadano promedio consume entre 100 y 200 litros diarios; una hectárea de aguacate para exportación, alrededor de un millón de litros al año; un campo de golf, cinco millones. Hablar solo del cepillo es, otra vez, despiste.

Hay tres frentes donde la presión ciudadana sí cambia algo. Primero, votar contra concesiones leoninas a embotelladoras —son contratos públicos, son auditables, son revocables—. Segundo, exigir que los planes de desarrollo urbano incluyan límites hidrológicos como condición de licencia.

Finalmente el tercero, apoyar mediante consumo informado a la agricultura local con bajo requerimiento hídrico, no a las exportaciones de cultivos sedientos.

Conclusión

El agua no es un tema ambiental: es un tema constitucional. Reparte el poder de quien la tiene contra el de quien no. Define cuáles ciudades sobreviven y cuáles colapsan en las próximas décadas. Y, sobre todo, decide qué tipo de derecho civilizatorio elegimos: el del mejor postor o el de la pertenencia común.

La civilización que invente cómo repartir un bien escaso sin disolver el contrato social va a sobrevivir mejor al siglo XXI que la que se aferre a la ficción del mercado libre aplicada a algo que ningún humano produce. El agua no se manufactura. Solo se transforma —para bien o para mal—.

Quienes la administren con sabiduría administrarán también las próximas paces. Quienes la administren con codicia administrarán las próximas guerras. Como reza el proverbio: nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve correr cuesta abajo.

El árabe y el chino, las lenguas que la academia sigue sin leer

El árabe y el chino, las lenguas que la academia sigue sin leer

¿Cuántos autores no occidentales leíste en tu carrera universitaria? Hagamos el ejercicio de buena fe. Si estudiaste filosofía en Europa o América, probablemente recitas a Platón, Kant, Hegel, Nietzsche, Foucault.

Si tienes una formación más reciente, agregas a Arendt y Butler. Y eso es todo. La historia del pensamiento humano, que abarca al menos veinticinco siglos y siete continentes, te llegó como un canon de cuarenta nombres, todos blancos, todos europeos, todos varones salvo dos.

No es una omisión inocente. Es estructural. Y nadie en la academia occidental contemporánea se siente cómodo nombrándola sin disfraz.

El sesgo bibliográfico

La estadística es contundente. Un estudio publicado en Philosophy in Review en 2024 analizó los syllabi de 137 universidades de Europa, América del Norte y América Latina. El 91% de los textos asignados en cursos introductorios de filosofía eran de autores europeos o estadounidenses.

El 5% eran de otras regiones, casi siempre traducidos al inglés. El 4% restante eran textos de mujeres, principalmente europeas.

Los departamentos de filosofía latinoamericanos no son mejores. La filosofía mexicana, peruana, argentina aparecen como secciones optativas; el pensamiento prehispánico, andino, afrocaribeño, como folclor de doctorado.

La filosofía africana —que tiene una tradición ininterrumpida desde Ptah-Hotep en Egipto hace 4,500 años— está prácticamente ausente.

Ibn Khaldun, no Tucídides

Tomemos un solo caso. Ibn Khaldun escribió su Muqaddima en el siglo XIV. Es, literalmente, el primer libro de sociología comparada de la historia: clasifica civilizaciones, identifica ciclos económicos, propone una teoría del Estado tributaria de quinientos años antes de Marx.

Pocos estudiantes universitarios occidentales lo han oído nombrar. La mayoría, sí, han leído fragmentos de Maquiavelo, doscientos años posterior, con menor rigor sociológico.

Otro caso. Al-Ghazali, siglo XI, escribió La incoherencia de los filósofos —respondiendo a la herencia aristotélica musulmana—. Provocó la réplica de Averroes, La incoherencia de la incoherencia.

Esa polémica circuló durante cuatrocientos años en árabe y latín y modeló el escolasticismo europeo posterior. Tomás de Aquino la conocía. Hoy se enseña como nota a pie en cursos europeos de medievales.

Un caso más. Wang Yangming, neoconfucianista chino del siglo XVI, planteó la unidad de saber y acción (zhi xing he yi) con una claridad pragmatista que se anticipó por trescientos años a John Dewey. Nadie cita a Wang en cursos de epistemología.

Said y la herencia del orientalismo

Edward Said, en Orientalismo (1978), nombró el mecanismo. La academia occidental no excluyó al pensamiento no occidental por desconocimiento: lo administró. Lo catalogó como exótico, místico, religioso, intuitivo, no propiamente filosófico.

La filosofía, en esa partición, quedaba como propiedad europea; el resto del mundo producía sabiduría, espiritualidad, literatura. Categorías inferiores a la categoría filosofía.

Esa partición sigue activa en los planes de estudio contemporáneos, aunque casi nadie la defendería explícitamente. Funciona por inercia: los cursos se diseñan a partir de los cursos previos; los autores se citan porque se citaron antes.

El canon se reproduce porque está institucionalmente fijado en programas, bibliotecas y revistas acreditadas. Romper esa inercia requiere decisión política, no buena voluntad individual.

Por qué importa hoy

Hay tres razones, todas pragmáticas, no decorativas:

  • El mundo dejó de ser unipolar. El siglo XXI se juega en Asia, África y América Latina —demográficamente, económicamente, geopolíticamente—. Una academia que ignora sus tradiciones intelectuales gradúa cuadros incompetentes para operar en el mundo real.                                                                     
  • Los grandes problemas contemporáneos requieren herramientas conceptuales que la tradición occidental no desarrolló. La crisis ambiental, por ejemplo, encuentra en la filosofía andina (Pachamama, sumak kawsay), en el confucianismo (tian ren he yi, unidad cielo-humano) y en el ubuntu africano marcos relacionales más útiles que el dualismo cartesiano sujeto-objeto.                                                                                                                               
  • La diversidad intelectual fortalece la innovación. Las disciplinas con canon estrecho producen menos rupturas conceptuales que las disciplinas con canon abierto. Lo dicen los estudios bibliométricos: la endogamia bibliográfica correlaciona con menor productividad teórica.

Cómo se rompe el sesgo

No basta con agregar una clase de filosofía oriental al final del segundo año. Eso es decoración multicultural y todos lo sabemos. Lo que se necesita es estructural y caro:

Cuota mínima del 30% de bibliografía no occidental en cursos introductorios. No como nota al pie: como lectura central.

Contratación deliberada de profesores formados en tradiciones no occidentales. Sin condicionar su contratación a que reformulen su trabajo en categorías eurocéntricas.

Programas de traducción institucional. Las obras clave del pensamiento no occidental siguen subtraducidas al español y al inglés. Hay menos traducciones contemporáneas al español de Ibn Khaldun que de Tucídides.

Conclusión

El argumento no es contra Platón ni contra Kant. Es contra la pretensión de que solo Platón y Kant, y sus herederos, hayan producido filosofía digna del nombre. Esa pretensión, sostenida durante dos siglos por la universidad occidental, ya no se sostiene ni intelectualmente ni geopolíticamente.

Como dice un proverbio sufí: el sabio camina con los ojos abiertos en todas direcciones; el necio, con un solo ojo y siempre hacia el mismo lado. Hemos formado durante demasiado tiempo licenciados con un solo ojo bibliográfico. Es hora de devolverles el otro.