¡Qué buen hotel el Okura de Tokio! Dicen que las suites dan a los jardines imperiales. Ahí se hospedó, en julio de 2025, Andrés Manuel López Beltrán, secretario de Organización de Morena e hijo del expresidente que gobernó seis años pidiendo que viviéramos en la justa medianía.

Cuando lo cacharon, dijo que eran vacaciones pagadas con su dinero y que no se iba a prestar al linchamiento.

Y de Amílcar Olán, el amigo tabasqueño de la familia, hay reportajes desde 2023 sobre contratos de materiales para el Tren Maya con presuntos sobreprecios, y fotos suyas que no parecen de alguien que vende piedra. Él niega todo. Puede que tenga razón. No es lo que me interesa hoy.

Lo que me interesa es la burla. Las dos burlas.

La primera burla

La primera es la que ellos nos hacen. Un movimiento que llegó al poder con la austeridad como bandera, que le quitó el seguro médico privado a los burócratas, que vendió el avión presidencial, que convirtió el no tener en virtud pública, produce hijos y amigos que vacacionan en suites de miles de dólares y hacen negocios con el gobierno.

No es novedad. El PRI lo hizo setenta años. El PAN lo hizo doce. Lo que cambia es la escala de la hipocresía, porque nadie había predicado la pobreza con tanta insistencia antes de irse a Tokio.

Eso es una burla en el sentido más viejo de la palabra: se ríen de nosotros. Nos dijeron que la austeridad era para todos y resultó que era para los demás.

La segunda burla

La segunda es la que nosotros les hacemos a ellos. Los memes del Okura. Los montajes de Andy con kimono. Los apodos. Los hilos de Twitter comparando el precio de la suite con el salario mínimo. Esa burla también es política, y tiene historia larga.

Juvenal se burlaba de los senadores romanos hace mil novecientos años. Los bufones medievales eran los únicos que podían decirle al rey que era un imbécil. Bajtín escribió que el carnaval era el único momento en que el pueblo ponía al poder de cabeza sin que le cortaran la cabeza a nadie.

La burla popular es lo que hace la gente cuando ya no le cree al poder pero todavía no puede quitárselo. Es un termómetro. Cuando un gobierno empieza a dar risa, ya perdió algo que no se recupera con comunicados.

Lo que no arregla la risa

Pero seamos honestos. El meme no tumba a nadie. Nos desahoga y al día siguiente seguimos igual. Bergson decía que la risa es un castigo social, una forma de corregir al que se sale de la norma. Funciona con el vecino. Con el hijo del presidente, no. Él sigue en la suite y nosotros seguimos riéndonos en el metro.

Y aquí va lo que de verdad me preocupa. Cuando la burla sustituye a la exigencia, el poder gana. Prefiere mil memes a una auditoría. Prefiere que nos riamos del Okura a que preguntemos por los contratos. La risa sin consecuencia es la válvula que el poder deja abierta a propósito.

Entonces qué

No dejar de reírnos. La risa es sana y es nuestra. Pero acompañarla de algo. Que cada meme venga con una pregunta seria: quién autorizó el contrato, cuánto se pagó, dónde está la declaración patrimonial. Que la burla sea la puerta, no la sala.

Y algo más incómodo: dejar de esperar que este movimiento, o el que venga, sea distinto por decreto. Ningún partido es austero por naturaleza. Son austeros cuando los vigilan y opulentos cuando los aplauden. La diferencia la ponemos nosotros, no ellos.

Lo que dice de nosotros

Y termino con algo que no le va a gustar a nadie. Nos reímos de Andy en Tokio y de Amílcar con su piedra, pero cuántos de los que se ríen harían distinto en su lugar.

La austeridad de los otros siempre es fácil de exigir. La propia, cuando llega el dinero, se vuelve negociable. Yo lo he visto en gente que criticaba a los ricos hasta que dejó de ser pobre.

No lo digo para exculpar a nadie. Lo digo porque la hipocresía no es un defecto de partido. Es un defecto de especie. Y el único antídoto que conozco es la vigilancia externa, permanente, sin importar quién gobierne. La virtud por convicción se acaba en el primer hotel de lujo. La virtud por vigilancia, no.

Conclusión

Hay dos burlas cruzándose en México. La de arriba, que nos vende austeridad y vacaciona en Tokio. La de abajo, que responde con memes porque no le queda otra.

La primera es vieja como el poder. La segunda es vieja como el pueblo. Lo que sería nuevo es que la segunda dejara de ser solo risa. Ahí sí les quitaría el sueño.