Un conocido mío bajó veintidós kilos en ocho meses. No cambió de trabajo, no empezó a correr, no dejó el pan. Se pone una inyección cada semana. Me lo contó con una mezcla de orgullo y vergüenza que me pareció lo más interesante de la conversación.
El medicamento se llama semaglutida, o tirzepatida, o cualquiera de los primos que han salido después. Ozempic, Wegovy, Mounjaro.
Empezaron como tratamientos para diabetes y terminaron siendo el negocio farmacéutico más grande de la década.
Novo Nordisk, la empresa danesa que fabrica Ozempic, llegó a valer más que toda la economía de Dinamarca.Decenas de millones de personas en el mundo se los inyectan hoy. Y el precio en México, sin seguro, anda por los cinco mil pesos al mes.
Lo que hacen es sencillo de explicar: imitan una hormona que le avisa al cerebro que ya comió. El hambre baja. El ruido de la comida en la cabeza, eso que los que lo padecen llaman food noise, se apaga. Uno simplemente deja de pensar en comer.
Lo que se celebra
Y hay mucho que celebrar. La obesidad mata. La diabetes mata. Durante décadas le dijimos a la gente que era cuestión de voluntad, y la gente se sentía culpable mientras los alimentos ultraprocesados se diseñaban en laboratorios para que nadie pudiera parar de comerlos. Que exista algo que iguale la cancha no me parece trampa. Me parece justicia química.
Lo que nadie pregunta
Pero hay una pregunta que me da vueltas y que no he visto en ningún lado. Si una inyección puede apagar el deseo de comer, ¿qué otros deseos se pueden apagar? Ya hay estudios de que la misma molécula reduce las ganas de beber alcohol, de fumar, de apostar. Algunos pacientes reportan que también les baja el deseo de comprar, de ver series, de todo.
Eso suena maravilloso hasta que uno lo piensa dos minutos. El deseo es lo que nos mueve. El deseo de comer, de beber, de comprar, sí, pero también el de abrazar, de hacer, de ir a ver el mar. La pregunta no es si podemos apagarlo. Es si sabemos cuál apagar y cuál no, y si la molécula sabe distinguir.
Epicuro, que tiene fama injusta de glotón, decía que la clave no era eliminar los deseos sino ordenarlos: los naturales y necesarios primero, los naturales e innecesarios después, los vanos nunca. Era un trabajo de toda la vida, hecho con la cabeza. Hoy lo hace una pluma inyectora en una semana, sin preguntar en qué categoría va cada cosa.
El cuerpo como suscripción
Hay otra cosa. Cuando uno deja la inyección, el hambre vuelve. Y el peso vuelve, en la mayoría de los casos. Eso significa que no es una cura. Es una suscripción. Cinco mil pesos al mes, de por vida, para no tener hambre.
Yo no juzgo a mi conocido. Si tuviera su problema, probablemente haría lo mismo. Pero sí pienso en lo que significa que el control del propio cuerpo se vuelva un servicio mensual que una empresa en Dinamarca puede subir de precio cuando quiera. Primero fue la música, luego las películas, luego el software. Ahora el apetito.
La voluntad, esa palabra incómoda
Hay algo que me da vueltas desde que mi conocido me contó. Durante toda la historia humana, controlar el apetito fue un ejercicio moral. Los monjes ayunaban. Los estoicos comían poco a propósito. Las abuelas decían que el que no sabe decir que no a un pan no sabe decir que no a nada.
No era solo dieta: era carácter. Vencer el hambre era una pequeña victoria diaria sobre uno mismo, y de esas victorias chicas se hacían las grandes.
La inyección se salta esa escuela. Y no digo que esté mal, porque la escuela era injusta: no todos tenían el mismo hambre ni el mismo cuerpo. Pero me pregunto qué pasa con una generación que nunca tuvo que decirle que no a nada porque la molécula lo dijo por ella.
Dónde va a entrenar el músculo de la renuncia, que sirve para mucho más que para la comida.
Me contaron de una señora de setenta años que se la pone para bajar los últimos cinco kilos antes de una boda. Y de un muchacho de veinticinco que la usa porque vio que un actor la usa. Ya no es medicina. Es moda. Y las modas, cuando son de aguja, no se quitan tan fácil como un pantalón.
Conclusión
La inyección funciona. Eso ya nadie lo discute. Lo que me gustaría que discutiéramos es qué más estamos dispuestos a entregarle a una molécula, y si cuando ya no tengamos hambre de nada vamos a saber qué hacer con la tarde.
Mi conocido se ve mejor. También me dijo, al final, que ya no disfruta comer. No sé si eso es ganar.


