Boom de IA vuelve indispensable filosofar en secundaria
Pensamiento crítico
En 2017, Francia eliminó por error —y por presupuesto— una hora semanal de filosofía en bachillerato. Cuatro años después, en plena ola de ChatGPT, tuvo que reincorporarla con urgencia y discutir si extenderla a secundaria.
La razón fue inesperada: los empleadores empezaron a pedir lo que durante décadas habían menospreciado. Pensamiento crítico. Argumentación. Capacidad de hacer una pregunta antes de aceptar una respuesta.
Hay una ironía en eso. Durante medio siglo, los gobiernos del mundo recortaron filosofía y aumentaron horas de tecnología. Ahora resulta que la tecnología hace todo lo que se le pide, y el problema ya no es saber programarla, sino saber pedirle bien las cosas.
La filosofía vuelve a aparecer, modesta y necesaria, como la única asignatura que enseña a hacer preguntas.
Filosofar no es memorizar filósofos
Aquí conviene aclarar un equívoco que ha hundido a más de una clase. Enseñar filosofía no es enseñar la lista de filósofos. Eso, francamente, aburre a casi todos. Filosofar, decía Karl Jaspers, es estar en camino.
Sus preguntas son más importantes que sus respuestas; ninguna respuesta filosófica es definitiva; todas dejan otras preguntas abiertas; y aprenderlas es aprender el oficio de no conformarse con la primera respuesta.
Eso es, precisamente, lo que la inteligencia artificial no puede hacer todavía y lo que el mercado laboral —paradójicamente— va a necesitar más. El World Economic Forum, en su Future of Jobs Report 2025, lista las diez competencias más demandadas para 2030.
En orden: pensamiento analítico, resiliencia, liderazgo, pensamiento creativo, motivación, curiosidad, alfabetización tecnológica, fiabilidad, empatía, gestión del talento. Ninguna de las primeras ocho se enseña en una clase de programación. Todas tienen un componente filosófico —explícito o no—.
Tres razones específicas para enseñarla
¿Por qué es la filosofía la asignatura indicada? Por tres razones que conviene ordenar.
Enseña a distinguir entre opinión y argumento. Sócrates, en los diálogos platónicos, no resuelve casi nada. Su mérito es desmontar respuestas convencionales mostrando que no se sostienen. Para una generación que crece bajo cascada de afirmaciones, esa habilidad no es un lujo: es una vacuna.
Una clase de filosofía dura media hora hablando de un solo concepto: justicia, libertad, identidad. Esa duración, hoy, es contracultural. Maryanne Wolf, neurocientífica de la lectura, ha mostrado que el cerebro adolescente promedio ya no resiste textos de más de seiscientas palabras sin fragmentación de la atención.
Trabaja con dilemas, no con problemas. Un problema tiene solución; un dilema solo tiene decisiones. La vida adulta, casi sin excepción, es una sucesión de dilemas: a quién cuidar primero, qué empleo aceptar, cómo distribuir lo poco que hay, cuándo callarse.
Aristóteles llamó a la sabiduría práctica para esto phrónesis: el arte de discernir lo que conviene hacer aquí y ahora, sin manual.
Filosofía para Niños
¿Cómo se enseña filosofía en secundaria sin volverla soporífera? Hay modelos probados. La Filosofía para Niños (P4C), creada por Matthew Lipman, lleva cincuenta años funcionando en escuelas de cuarenta países.
La metodología es simple: un texto provocador, una pregunta abierta, una conversación moderada por el maestro donde no hay respuestas correctas, sino argumentos mejor o peor sostenidos. Funciona desde los seis años.
Funciona en escuela pública. Funciona, sobre todo, en estudiantes que la escuela tradicional ya había marginado por “callados”. Las evaluaciones independientes muestran efectos positivos sostenidos en comprensión lectora, lenguaje oral y autoestima académica.
La propuesta es pragmática. Reincorporar la filosofía como asignatura obligatoria en secundaria, una hora semanal, con metodología P4C en los primeros años y filosofía sistemática en los últimos.
No agregar materia: redistribuir las horas existentes. Capacitar a los maestros existentes en metodología socrática, no en historia de la filosofía.
Lo que no se ve en la boleta
Hay una objeción común: ¿cómo se evalúa eso? Las escuelas adoran lo medible y la filosofía no produce calificaciones claras. Es verdad. Pero esa misma objeción se aplica al pensamiento crítico que las empresas declaran necesitar. Si no se mide, no se enseña; si no se enseña, lo seguimos buscando.
La solución existe y se llama evaluación auténtica: portafolios de argumentos escritos, diálogos socráticos grabados, ensayos cortos sobre dilemas reales.
Lleva más tiempo que un examen de opción múltiple, sí, pero refleja lo que efectivamente se aprendió. Y, casualmente, es exactamente el tipo de evaluación que los empleadores hacen en una entrevista bien diseñada.
Sapare aude
El presupuesto es modesto. La diferencia, dentro de diez años, será notable. La OCDE lleva años diciéndolo: los países que mantienen filosofía en secundaria producen ciudadanos más críticos y trabajadores más adaptables.
Lo decimos en latín cuando queremos sonar serios: sapere aude, atrévete a saber. Lo decimos en muchas lenguas de a diario: el que pregunta no se equivoca.
Y, francamente, una sociedad que delegó a las pantallas la función de decirle qué pensar necesita devolverse, con cierta humildad, esa función a sí misma. La filosofía no es un adorno educativo. Es la asignatura que enseña a no obedecer sin pensar. Y de eso, hoy, hace falta mucho.



