Bretton Woods, 80 años de prestar dinero de la misma forma

Bretton Woods, 80 años de prestar dinero de la misma forma

El origen y los supuestos de las instituciones financieras globales

En julio de 1944, en un hotel de New Hampshire, en la región de Nueva Inglaterra, en el noreste de Estados Unidos,  730 delegados de 44 países diseñaron las dos instituciones que iban a gobernar la economía mundial durante el siguiente medio siglo: el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Bretton Woods funcionó. Estabilizó tipos de cambio, financió la reconstrucción europea, prestó a naciones recién independizadas. Lo hizo bajo supuestos muy específicos: dólar respaldado en oro, hegemonía industrial estadounidense, industrialización como sinónimo de desarrollo, países pobres como aprendices de los países ricos. En 2026, ninguno de esos supuestos sigue en pie. Y, sin embargo, la arquitectura institucional sigue funcionando como si lo estuvieran.

Cifras y concentración geográfica del crédito internacional

Los datos importan. El FMI tiene actualmente créditos vivos por más de 230 mil millones de dólares con una concentración geográfica notable: Argentina, Egipto, Pakistán, Ucrania, Sri Lanka. Sus condicionalidades, aunque reformuladas tras las críticas a los programas de ajuste estructural de los noventa, siguen pidiendo recortes de gasto público y apertura comercial.

El Banco Mundial mantiene un portafolio de proyectos de desarrollo cercano a los 110 mil millones, con énfasis creciente en clima, pero con una gobernanza donde Estados Unidos sigue teniendo poder de veto efectivo en las decisiones más sensibles.

Crisis de legitimidad y el surgimiento de alternativas políticas

El problema no es de eficacia operativa. Las dos instituciones tienen cuadros técnicos sobresalientes y procesos relativamente bien aceitados. El problema es de legitimidad.

Karl Polanyi, en La gran transformación, advirtió que toda institución económica debe sostenerse sobre un consenso social subyacente. Si ese consenso se erosiona, la institución sigue funcionando un tiempo por inercia, pero pierde capacidad de coordinar la acción colectiva. Los BRICS, el New Development Bank, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB) y, más recientemente, los acuerdos bilaterales China-África no son alternativas técnicas a Bretton Woods. Son alternativas políticas. Y crecen.

Malestar de la globalización

La crítica de Joseph Stiglitz al Consenso de Washington

Joseph Stiglitz, execonomista jefe del Banco Mundial y crítico desde adentro, escribió en El malestar de la globalización: “el FMI ha cometido errores en todas las áreas en las que ha intervenido —desarrollo, gestión de crisis, transición de comunismo a capitalismo—”.

Su tesis no era que las instituciones fueran malintencionadas. Era que aplicaban un modelo —el llamado consenso de Washington— que reflejaba los intereses y las creencias de las economías avanzadas, sin verificar empíricamente si ese modelo funcionaba en otros contextos. La crítica sigue vigente.

El desacoplamiento entre las reglas del pasado y la realidad de 2026

Hay un proverbio chino que aplica: “no se puede meter un pie nuevo en un zapato viejo”. Bretton Woods fue el zapato hecho a la medida del mundo de 1944.

El pie de 2026 es distinto: economías emergentes con capital propio, crisis climática como tema principal, desigualdad creciente dentro de países y no solo entre ellos, monedas digitales que escapan a la soberanía estatal, deuda pública en niveles históricos. Forzar el pie nuevo en el zapato viejo lastima el pie y rompe el zapato.

Redefinir el desarrollo: La visión de Amartya Sen y el IDH

Amartya Sen, en Desarrollo y libertad, propuso una métrica distinta: el desarrollo no como crecimiento del PIB, sino como expansión de las libertades reales. Aplicado a las instituciones de Bretton Woods, eso significa que un préstamo que estabiliza la balanza de pagos pero recorta servicios públicos esenciales no es un préstamo de desarrollo: es un préstamo de contención.

La distinción es crucial. Sen y Mahbub ul-Haq impulsaron el Índice de Desarrollo Humano del PNUD precisamente para tener una métrica que el FMI no podía obviar. Pero la métrica vive separada de las decisiones de financiamiento.

Niveles de reforma para el sistema financiero internacional

¿Qué reformas son posibles, en concreto? Aquí tres niveles, de menos a más ambicioso.

Nivel 1: Reforma del sistema de cuotas y poder de voto

Primer nivel: reforma de cuotas. Las cuotas del FMI determinan tanto el poder de voto como el acceso al financiamiento. Hoy reflejan, esencialmente, el peso económico de 1980.

China, que tiene la segunda economía del mundo en PIB nominal y la primera en paridad de poder adquisitivo, tiene una cuota inferior a la de Reino Unido y Francia juntas. Brasil, México, India, Indonesia, todos están subrepresentados. Una reforma de cuotas alineada con el peso económico actual sería matemáticamente sencilla y políticamente explosiva, porque obligaría a Estados Unidos a perder su poder de veto efectivo. Lleva veinte años discutiéndose y atorada por esa razón.

Nivel 2: Incorporación de criterios climáticos y de desigualdad

Segundo nivel: nuevos mandatos. Que las dos instituciones incorporen formalmente el cambio climático y la desigualdad como criterios de evaluación de proyectos, no como anexos.

Hoy un préstamo se aprueba si la balanza de pagos cuadra; mañana debería aprobarse si, además, no aumenta la huella de carbono ni profundiza la desigualdad. Es un cambio doctrinal mayor, pero técnicamente formulable.

Nivel 3: Construcción de una arquitectura financiera paralela

Tercer nivel: arquitectura paralela. Aceptar que Bretton Woods ya no representa al mundo y construir, en lugar de reformarlo todo, un sistema de pesos y contrapesos.

Que el New Development Bank de los BRICS y el AIIB se vuelvan socios formales del Banco Mundial, no rivales. Que las decisiones grandes —reestructuración de deuda, financiamiento climático— se discutan en foros con representación más amplia que el G7. La arquitectura paralela no resuelve el problema de fondo, pero distribuye el riesgo.

La fragilidad institucional como oportunidad de renovación

Hannah Arendt escribió que “la fragilidad de los asuntos humanos puede ser la garantía de su renovación”. Las instituciones de Bretton Woods son frágiles ahora. Esa fragilidad es, en sí misma, una oportunidad. La rigidez con la que se aferran al modelo de 1944 es lo que más las debilita.

Estrategia y prudencia financiera para México y América Latina

La propuesta concreta para México y para América Latina: dejar de tratar al FMI y al Banco Mundial como fuentes de crédito y tratarlos como interlocutores entre otros. No oponer Bretton Woods al BRICS Pay; combinarlos.

Negociar con cada uno desde una posición de no dependencia exclusiva. Como dice el dicho viejo: “el que tiene una sola vela, depende de que no se le apague”. Tener varias velas no es traición a ninguna; es simple prudencia.

El imperativo de actualización de las instituciones mundiales

Las instituciones envejecen mejor cuando se actualizan. Bretton Woods no se actualizó. Y como reza el proverbio rural: “lo que no madura a tiempo, se pasa sin servir”.

2025, el año de las redes sociales rotas

2025, el año de las redes sociales rotas

La crisis de uso en las grandes plataformas

2025 fue, en términos digitales, el año del divorcio. El divorcio de los usuarios con las plataformas que durante quince años habían sido nuestro espacio público sustitutivo. Twitter —ahora X— perdió el 35% de sus usuarios activos respecto a 2022. Instagram vio caer el tiempo de uso en 22% entre adolescentes según un estudio de Common Sense Media. TikTok enfrenta restricciones legales en una docena de países. Y las alternativas —Mastodon, Bluesky, Threads, sociedades cerradas como Discord— se llevaron a millones de migrantes digitales que aún no encuentran nuevo hogar estable.

Usuarios Tik Tok

La transformación del ágora digital

Hay quienes celebran esto como la muerte del ágora digital. Es prematuro. Lo que está muriendo es una versión específica de ágora —una plaza con muchísima gente gritando al mismo tiempo, con un dueño que vendía boletos a anunciantes—. Lo que viene a reemplazarla aún no se ha estabilizado, y por eso conviene pensar la transición.

El impacto de las tecnologías en los medios

Marshall McLuhan, en Understanding Media (1964), escribió que cada medio nuevo no reemplaza al anterior: lo modifica y lo absorbe. La imprenta no acabó con la oralidad; la transformó. La televisión no acabó con la radio; la especializó. Las redes sociales no acabaron con los periódicos; los obligaron a competir por atención. Y ahora algo nuevo está obligando a las redes sociales a redefinirse, sin que sepamos aún qué es.

Salud mental y la desconexión masiva

Los datos son claros. Según el Reuters Institute Digital News Report 2025, el 39% de los adultos jóvenes (18-29) de países occidentales reporta haber abandonado al menos una red social mayor durante el último año por razones explícitas de salud mental. La cifra era del 12% en 2020. Cinco veces más en cinco años. La paradoja: nunca habíamos estado tan conectados; nunca habíamos querido tan claramente desconectarnos.

La comunicación estratégica y la polarización

El filósofo y sociólogo alemán Habermas, en su teoría de la acción comunicativa, distinguió entre comunicación estratégica —la que busca obtener un efecto en el otro— y comunicación orientada al entendimiento —la que busca llegar a un acuerdo razonado—. Las redes sociales actuales premian la primera y castigan la segunda. El tuit que indigna se viraliza; el matiz, el “depende”, el “no estoy seguro”, se ahogan. Habermas predijo que una sociedad cuya esfera pública estuviera dominada por la comunicación estratégica perdería capacidad de deliberación. 2025 nos da la prueba empírica. Las democracias del mundo están polarizadas no porque sus ciudadanos discrepen más, sino porque su esfera pública premia la discrepancia caricaturizada y castiga el acuerdo paciente.

La falta de cuidado en el discurso digital

Hay un dicho mexicano que viene al caso: “el que mucho habla, mucho yerra”. Y otro, más popular: “para hablar y comer pescado, hay que tener mucho cuidado”. Las redes sociales nos invitaron a hablar todo el tiempo, sobre todo, sin la mesura del cuidado. El resultado fue cuantitativamente impresionante y cualitativamente decepcionante.

Los tres caminos del futuro digital

¿Qué viene? Hay tres direcciones posibles, no excluyentes.

El modelo de las redes federadas

La primera: redes federadas. Mastodon y Bluesky funcionan sobre protocolos abiertos —ActivityPub y AT Protocol respectivamente— que permiten a cualquiera correr su propio servidor y conectarse con los demás. Es una arquitectura más cercana al correo electrónico que a Twitter: nadie es dueño del sistema completo. La adopción es lenta, pero el modelo es robusto. Yochai Benkler, en La riqueza de las redes (2006), ya lo había anticipado: cuando la infraestructura de comunicación se federa, el poder de las plataformas centralizadas se erosiona.

La privacidad de las comunidades cerradas

La segunda: comunidades cerradas. Discord, WhatsApp, Telegram, grupos privados de Substack o de Patreon. Aquí no hay aspiración de plaza pública: hay sala. Diez, cien, mil personas que se conocen y discuten entre sí. La ventaja: la conversación recupera el contexto. La desventaja: se pierde el encuentro con el desconocido, que es lo que hace ágora a un ágora.

La necesidad de regulación estatal

La tercera, la más interesante a mediano plazo: regulación. La Unión Europea, con su Digital Services Act, ya obliga a las plataformas grandes a abrir sus algoritmos a auditoría académica. Brasil discute leyes similares. México sigue sin marco regulatorio digital de fondo. Sin regulación, lo que predomina es la lógica del anunciante; con regulación, al menos hay otra voz en la mesa.

Las plataformas como infraestructura pública

Aquí entra una propuesta filosófica más vieja, atribuida a los pensadores comunitaristas como Charles Taylor y Michael Sandel: las plataformas digitales no son solo empresas privadas que ofrecen un servicio; son infraestructuras de la vida pública. Tratarlas como simples negocios es como haber tratado a las antiguas compañías de telégrafos o de ferrocarril como negocios cualquiera —y la historia muestra que en cuanto fueron tratadas como infraestructura pública, mejoraron—.

Acciones individuales para la transición

¿Qué hacer en lo individual mientras las plataformas se reordenan? Un consejo modesto: probar tres cosas durante el primer trimestre de 2026.

Purga de cuentas

Primera: una purga de cuentas. Reducir a un tercio el número de cuentas que se siguen. La calidad del feed mejora más de lo esperado.

Migración a redes abiertas

Segunda: una migración parcial. Abrir cuenta en una red federada (Mastodon o Bluesky) y usarla durante un mes en lugar de la red mainstream. Comparar. Decidir.

Desconexión semanal

Tercera: un día sin redes a la semana. No para purificarse, sino para reconfirmar que el mundo sigue ocurriendo aunque uno no lo postee.

El futuro de la conversación humana

Como sentencia el dicho: “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo aguante”. El régimen actual de las redes sociales no va a durar mucho más. Lo que venga depende, en parte, de qué exijan los usuarios y de qué regule el Estado. Mientras tanto, conviene cultivar otras formas de conversación. Las conversaciones, finalmente, son la materia más antigua que tenemos. Y las hemos descuidado, con éxito impresionante, durante casi dos décadas.

Salario universal y menos trabajo apuestan por libertad

Salario universal y menos trabajo apuestan por libertad

Tiempo y productividad

Cada vez que se discute la renta básica universal, la conversación se mete por el mismo callejón. Que si desincentiva el trabajo, que si es inflacionaria, que si la gente se la va a gastar mal.

En otro punto,cada vez que se discute la reducción de la jornada laboral —España legislando las 37.5 horas, varios países nórdicos experimentando con cuatro días— el reflejo es similar: que si las empresas no aguantan, que si la productividad va a caer.

Las dos discusiones, sin embargo, se ahorran la pregunta más interesante: ¿qué quiere uno comprar con esa política, dinero o tiempo? La respuesta no es obvia. Y depende, sobre todo, de qué se entiende por libertad.

Las dos libertades de Berlin

Para Isaiah Berlin, había dos libertades. La negativa: que nadie te impida hacer lo que quieras. La positiva: que tengas las condiciones reales para hacerlo. Son dos cosas distintas y muchas veces se confunden, lo que hace que tantas discusiones políticas terminen sin entender de qué se está hablando.

Un salario universal compra libertad negativa: te quita la urgencia de aceptar cualquier trabajo. Un tiempo universal —menos horas de jornada por la misma paga— compra libertad positiva: te entrega las horas de la semana que necesitas para criar, leer, militar, hacer ejercicio, cuidar . Y políticamente cuestan distinto.

Lo que cada política sí compra

Vale la pena ponerlo lado a lado, porque presentadas así, las diferencias dejan de parecer detalle técnico:

El salario universal protege contra la indignidad del trabajo precario. Su efecto principal medido: menor estrés financiero, mejor salud mental, más capacidad de búsqueda de empleo digno.

El tiempo universal protege contra la captura del tiempo de vida. Su efecto principal medido: más horas para cuidados, comunidad, formación, descanso real.

Las dos políticas son acumulables, pero implican estructuras fiscales y laborales completamente distintas. No se pagan con la misma chequera.

La renta básica universal, propuesta por Philippe Van Parijs y experimentada en Finlandia, Kenia y en programas focalizados en California, mostró efectos modestos pero consistentes: la gente no dejó de trabajar, mejoró su salud mental, aumentó su capacidad de búsqueda de empleo y consumió menos servicios públicos de emergencia. 

El olvido de Aristóteles

La reducción de jornada tiene una literatura más vieja. John Maynard Keynes, en 1930, predijo que para 2030 trabajaríamos quince horas a la semana gracias al progreso técnico. Se equivocó —no en la productividad, que efectivamente se multiplicó, sino en la distribución, que no—. Hoy producimos en una hora lo que en su tiempo tomaba siete, pero seguimos en jornadas de cuarenta y tantas. ¿A dónde se fue ese tiempo extra? A consumo.

Aquí entra una distinción filosófica que viene desde Aristóteles y que el siglo XX olvidó. Aristóteles separaba ascolía —la actividad necesaria, el trabajo— de skholé —el ocio activo, donde se hace política, filosofía, amistad—.

La buena vida no era la que se libraba del trabajo, era la que sabía qué hacer con el tiempo libre. La pregunta que muchos se ahorran es esa: ¿con qué se llena un tiempo de más?

Tiempo libre

Lo que prefiere la gente cuando le preguntan

Si en una empresa dieran a escoger entre un aumento del 20% del salario y una jornada de 32 horas con la misma paga, ¿qué escogerían los empleados? Lo sabemos porque ya se midió.

La encuesta de 4 Day Week Global, hecha en 2024 a más de setenta empresas en distintos países, mostró que entre el 70% y el 92% prefirió la jornada reducida, incluso cuando el aumento monetario equivalente estaba sobre la mesa.

Eso dice algo sobre lo que la gente cree que necesita. No menos dinero —siempre lo necesita— sino menos tiempo gastado en producirlo.

Tiempo, atención y democracia

Hannah Arendt distinguía labor (lo que hacemos para sobrevivir), trabajo (lo que hacemos para fabricar el mundo) y acción (lo que hacemos en el espacio público, donde nos volvemos quienes somos). La sociedad contemporánea, decía, había reducido todo a labor: arte, conversación y el amor se evalúan por su rendimiento.

La reducción de jornada es, vista desde Arendt, una intervención filosófica disfrazada de política laboral: devuelve horas para la acción.

Negocio viene del latín nec-otium: la negación del ocio. Vivimos en una época donde el negocio se devoró al ocio, y donde, el descanso se volvió un nicho de mercado: retiros de mindfulness, vacaciones premium, suscripciones a apps de meditación. El ocio, que era gratuito y comunitario, se mercantilizó.

Recuperarlo no es un asunto solo personal. Es un asunto político. Como decía Simone Weil, la atención es la forma más rara y pura de generosidad. Sin tiempo, no hay atención. Sin atención, no hay vida pública. Sin vida pública, no hay democracia que merezca el nombre.

Una métrica nueva para reformas viejas

La propuesta es exigir que cualquier reforma laboral incluya un indicador adicional: horas semanales devueltas al trabajador. Si la cifra no se mueve, la reforma —por ambiciosa que parezca en su financiamiento— no está liberando a nadie. Está reasignando recursos dentro del mismo tiempo.

Esa métrica es simple, comparable entre países, auditable. Y obligaría a los legisladores a pensar en términos que hoy raramente piensan: en lugar de “cuánto le va a costar al Estado”, “cuántas horas le va a devolver al ciudadano”. La pregunta cambia todo.

Vida propia

Berlin tenía razón: hay dos libertades, no una. Las democracias del siglo XXI van a tener que decidir, con cierta urgencia, cuál de las dos se proponen comprar. Idealmente las dos. Realísticamente, hay que escoger una para empezar.

Yo me inclino por la segunda. El salario universal es necesario, pero el tiempo universal toca algo más profundo: la dignidad de tener vida propia más allá del trabajo. Y como sentencia un dicho conocido, no por mucho madrugar amanece más temprano. La libertad, hoy, se mide en horas. Lo demás se acomoda.

¿Pensar es sólo poder manipular signos?

¿Pensar es sólo poder manipular signos?

Predecir palabra por palabra

Los modelos de lenguaje de hoy escriben poemas, redactan contratos, programan software, traducen  idiomas y resuelven problemas matemáticos. Y, sin embargo, cuando alguien le pregunta a un ingeniero cómo lo hacen, responde que predicen, palabra por palabra, cuál es la más probable a continuación.

La habitación china, revisitada

La pregunta no es nueva. En 1980 el filósofo John Searle planteó el experimento mental conocido como la habitación china.

Imaginen, decía, a una persona encerrada en un cuarto, sin saber chino, con un manual gigantesco que le indica qué símbolos chinos producir cuando recibe ciertos otros. Desde afuera, el cuarto parece hablar chino con fluidez perfecta. Desde adentro, no hay comprensión: solo manipulación de símbolos.

Searle concluyó que sintaxis no es semántica, que mover signos no es entender lo que significan, y que por tanto ningún sistema puramente computacional —por sofisticado que sea— puede pensar de verdad.

Cuarenta y cinco años después, los modelos de lenguaje son la habitación china más grande jamás construida.

Cientos de miles de millones de parámetros entrenados sobre prácticamente todo el texto digitalizado del planeta. Y la pregunta de Searle vuelve a estar viva.

Tres respuestas posibles

Hay tres respuestas en juego, y conviene distinguirlas porque cada una tiene consecuencias prácticas distintas.

La primera es la respuesta funcionalista, asociada a Hilary Putnam y Daniel Dennett. Si camina como pato, grazna como pato y resuelve problemas como pato, es pato.

Lo que importa es la función, no el sustrato. Si un modelo da consistentemente respuestas correctas, originales y contextualmente apropiadas, decir que “no entiende de verdad” es introducir una distinción metafísica sin diferencia práctica.

La segunda es la respuesta del propio Searle, que sigue vigente: el sistema produce conducta indistinguible de la comprensión, pero no hay nadie ahí adentro. No hay intencionalidad, no hay “para qué”, no hay punto de vista.

Como decía Ludwig Wittgenstein —que sabía mucho de juegos de lenguaje—: “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Un sistema que solo manipula lenguaje tiene un mundo del tamaño de su corpus, y nada más.

La tercera respuesta, la más interesante, viene de la fenomenología y de María Zambrano: pensar no es solo procesar, ni siquiera comprender; pensar es también padecer. La razón humana, decía, está atravesada por la vida que la sostiene: por el cuerpo, por la mortalidad, por el deseo.

Un sistema que no muere, no sufre, no espera y no recuerda haber sufrido, puede simular pensamiento, pero no es habitado por él.

Por qué la distinción importa hoy

¿Significa esto que la discusión es ociosa? Al contrario. La línea que separa pensar de predecir es la línea sobre la que se va a construir, en los próximos años, todo el régimen jurídico de la responsabilidad.

Quién responde por un diagnóstico médico mal hecho por un modelo, quién por un contrato mal redactado, quién por una decisión judicial automatizada.

Si los modelos piensan, hay un sujeto al que reclamar. Si no piensan, hay siempre un humano detrás —el desarrollador, el operador, el regulador— que es el responsable último. La filosofía aquí no es decoración. Es la base del derecho.

Tres preguntas para distinguir comprensión de cálculo

Por eso conviene un criterio práctico. Propongo tres preguntas para distinguir comprensión de cálculo, aplicables a cualquier sistema con el que uno interactúe.

¿El sistema puede decir qué es lo que no sabe, o solo produce respuestas con la misma confianza estadística? Sócrates tenía razón en una cosa: el inicio de la sabiduría es saber que no se sabe. Un modelo que alucina datos con elocuencia no piensa; calcula.

¿El sistema tiene un para qué propio, o solo responde a tareas dadas? Aristóteles llamó a esto teleología: la actividad que tiene su fin en sí misma. Pensar humano es, casi por definición, pensar para algo —vivir, decidir, amar, morir mejor—. Un modelo no tiene “para qué”.

¿El sistema se equivoca de un modo que pueda corregirse desde la propia experiencia, o solo se reentrena con datos nuevos? La diferencia entre aprender y reentrenarse es la diferencia entre madurar y reinstalarse.

Pensar es otra cosa

Mientras esos tres criterios no se satisfagan, lo prudente es seguir hablando con cuidado. Los modelos predicen extraordinariamente bien. Pensar es otra cosa. Y las palabras, decía Confucio, deben corresponder a las cosas: si las llamamos mal, todo lo demás se desordena.

La propuesta es de orden lingüístico, casi modesta. Dejemos de decir que la inteligencia artificial “piensa”. Digamos que predice, que calcula, que asiste. Reservar el verbo pensar para lo que hacemos —o intentamos hacer— los humanos no es chauvinismo de especie.

Es una manera de no perder el rastro de qué tipo de actividad merece responsabilidad y cuál merece supervisión. Como dice un viejo refrán: cada cosa por su nombre, y cada quien por su lugar.

Después del orden liberal: qué queda del proyecto occidental

Después del orden liberal: qué queda del proyecto occidental

Cada vez que un alto funcionario occidental dice que su país “sigue siendo indispensable”, la frase suena más a ruego que a diagnóstico.

La indispensabilidad de Occidente —ese conjunto de instituciones que va desde la OTAN hasta el FMI pasando por la OMS— se sostuvo durante setenta años en una mezcla de poder militar, supremacía económica y consenso ideológico.

Hoy ninguna de las tres patas del banco está firme. Y sin embargo, casi todo el discurso oficial se sigue dando como si lo estuvieran.

¿Qué queda, entonces, en pie del proyecto que llamamos Occidente? La pregunta no es retórica. De ella dependen tratados, alianzas, financiamientos y, sobre todo, la convivencia interna de las democracias que aún se sostienen.

situación OTAN

Las tres patas del banco

Empecemos por los hechos. Tres datos contundentes que valdría enmarcar en cualquier oficina ministerial:

La participación de Estados Unidos y la Unión Europea en el PIB global pasó del 70% en 1960 al 41% en 2024.

China supera a Estados Unidos y a la Unión Europea juntos en producción industrial; los BRICS, que en 2008 eran un acrónimo cómodo para Goldman Sachs, hoy negocian comercio en monedas que no son el dólar.

La OTAN sigue existiendo, sí, pero su financiamiento depende cada vez más de las elecciones norteamericanas y de los presupuestos de defensa de un par de capitales europeas.

La guerra en Ucrania —cualquiera que sea su desenlace— acabó con la idea de que la disuasión occidental basta para evitar conflictos en el corazón de Europa. Y eso no es opinión: es geografía con sangre.

El wilsonianismo civilizacional

Andrew Gawthorpe, en International Affairs (enero de 2025), llamó “wilsonianismo civilizacional” a la idea —compartida, paradójicamente, por Woodrow Wilson en 1918 y por Donald Trump un siglo después— de que Estados Unidos representa una civilización y no solo un Estado.

La diferencia es que Wilson pensaba que esa civilización debía expandirse mediante instituciones multilaterales; Trump piensa que debe blindarse mediante aranceles.

El proyecto occidental, dice Gawthorpe, ya no se reconoce a sí mismo. Y cuando una civilización deja de reconocerse en el espejo, lo siguiente que hace es romperlo —o, peor, decorarlo.

Las promesas que sostenían el edificio

Quedan, segundo, los principios. Y aquí es donde la filosofía política puede dar más que un análisis de coyuntura. Hannah Arendt escribió en Los orígenes del totalitarismo que “lo que mantiene unido a un pueblo no es la sangre ni el suelo, sino la promesa”.

La promesa occidental fue clara durante mucho tiempo: derechos individuales, mercado relativamente libre, instituciones que responden a la ley y no a la voluntad del soberano.

Esa promesa no es exclusiva de Occidente —la han suscrito Japón, Corea, India en grados distintos— pero Occidente la formuló y la defendió. Lo nuevo es que, dentro mismo de los países occidentales, esa promesa se está erosionando.

La libertad de prensa retrocede año tras año. La independencia judicial enfrenta presiones que hace una década parecían imposibles. El multilateralismo es ridiculizado desde varias capitales que antes lo lideraban.

La frase de Tucídides —“el fuerte hace lo que puede, el débil sufre lo que debe”— vuelve a sonar más a descripción que a advertencia. Y eso, en política internacional, es siempre el primer síntoma de algo grande.

Lo que dicen otras tradiciones

El antiguo filósofo chino Confucio escribió: “cuando se pierde el modo, queda la virtud; cuando se pierde la virtud, queda la benevolencia; cuando se pierde la benevolencia, queda la justicia; cuando se pierde la justicia, quedan los rituales”. Los rituales son lo último que queda antes del vacío.

Las cumbres del G7, las visitas de Estado, los discursos en la ONU: muchos de ellos son ya rituales sin contenido. Eso no es necesariamente negativo —los rituales sostienen mientras se reconstruye— pero es un dato que conviene nombrar sin disfraz.

Hacia una mancomunidad de democracias

¿Qué hacer? Aquí defiendo, una vez más, la idea de una mancomunidad de democracias. No como nostalgia imperial ni como repliegue identitario, sino como pacto entre Estados dispuestos a sostener entre sí lo que ya no pueden imponer al resto.

Una comunidad que comparta una arquitectura jurídica básica —separación de poderes, libertad de prensa, protección de minorías— y que se obligue mutuamente a defenderla, incluso de sus propios líderes. No un bloque militar adicional, sino una comunidad de obligaciones recíprocas.

Si en uno de los países miembros se compromete la independencia judicial, los demás suspenden tratos preferenciales hasta que el daño se repare.

Suena utópico. Pero también lo era, en 1949, la Convención Europea de Derechos Humanos. La diferencia es que aquella convención nació del horror de la guerra; esta tendría que nacer del horror más callado del declive. 

El papel del ciudadano que no ocupa cargos

Hay, finalmente, una pregunta que no se hace mucho. ¿Qué le toca a quien no es presidente, ni canciller, ni embajador? Pareciera que nada. La política internacional se discute en salones donde nadie nos invita.

Pero es justo al revés. Las grandes promesas civilizatorias se sostienen abajo, en la suma de prácticas cotidianas: leer prensa profesional, votar informado, respetar las instituciones aunque uno no gobierne, cuidar la conversación pública en redes, defender al otro cuando se le silencia. 

Baruch Spinoza escribió que “la paz no es la ausencia de guerra, sino una virtud que nace de la fortaleza del alma”. Aplicado a los Estados, eso significa que el orden internacional no se preserva por inercia. Se construye cada generación, con cierto sudor y bastante humildad.

“Lo que no se defiende se entrega”

Una civilización no se mide solo por sus tratados, sino por lo que es capaz de decirles a sus ciudadanos cuando las cosas se ponen feas. Si lo único que queda por decir es “compre productos nacionales y vote por el más fuerte”, la civilización ya perdió.

Si todavía es capaz de decir “limítese al otro como límite y discuta con él como con un igual”, todavía hay algo que vale la pena defender. La propuesta concreta, entonces, es doble.

Hacia afuera: un pacto formal entre democracias para sostenerse mutuamente, con consecuencias verificables, no con declaraciones.

Hacia adentro: que cada uno —votante, profesor, periodista, empresario— deje de tratar las instituciones como estorbo y empiece a tratarlas como herencia. Como reza el dicho viejo, lo que no se defiende, se entrega.