La Filosofía Como Respuesta by Martin Alonso Aceves Custodio
Filosofía contemporánea: El enigmático caso de Gustavo Cordera

Filosofía contemporánea: El enigmático caso de Gustavo Cordera

Filosofía contemporánea: El enigmático caso de Gustavo Cordera

Gustavo Cordera, ícono de la música argentina y latinoamericana, armó una carrera artística cargada de letras filosas y crítica social. Primero con la Bersuit Vergarabat y después como solista, el Pelado dejó miles de reflexiones existenciales y sociales en el camino.

Cordera conoce de cerca la marginación económica, el éxito y también el ostracismo social. Por eso, lo que dice y canta se siente auténtico para sus seguidores. Su aporte a la filosofía no es directo, pero tampoco menor: llega desde la música, desde la palabra que incomoda y hace pensar.

En cierto sentido, Cordera es heredero de esas voces incomprendidas que resuenan a lo largo del tiempo. Sócrates, Nietzsche, Foucault… no se trata de compararlos en profundidad, sino de ver cómo las circunstancias empujan a alguien común a filosofar y a provocar reflexión. Cordera confirma algo que sabemos desde siempre: la palabra es un arma reflexiva.

Su compatriota Borges usó la prosa con otra estética, pero con la misma intención. Y en las letras de Cordera también aparecen ecos de Heráclito y del Buda: la vida como proceso, como devenir, donde el cambio es inevitable y necesario.

Filosofía contemporánea: El enigmático caso de Gustavo Cordera

¿Qué busca el individuo?

En alemán, en griego o en lunfardo, la filosofía florece. “Soy mi soberano” tiene un aire nietzscheano: el individuo que busca convertirse en superhombre. En “Se viene”, en cambio, Cordera denuncia la crisis social con un tono muy foucaultiano. 

Pero ojo: filosofar no es solo criticar, también es invitar a la acción. Y ahí Cordera no se queda corto: señalar las rutinas sociales y la dificultad de emanciparse es un llamado al cambio que maneja con maestría.  

Homenajear a este artista polémico es reconocer que, en su sencillez, logra mover a miles de oyentes cada día. La música, en su rol cultural, es un vehículo filosófico que todavía no se estudia lo suficiente. 

Y sin embargo, ahí está: acercando preguntas existenciales, libertades individuales, crítica social y búsqueda de sentido a públicos que quizás nunca leerían un tratado.  

Conclusión

Claro, Cordera también ha generado polémica con declaraciones públicas tachadas de misóginas. Pero no sería el primero: la historia está llena de filósofos “parias” que incomodaron a su época. Entre la verdad y lo necesario, se tejen los lazos de la civilización.  

En tiempos de cambio, la polarización manda. El caso Cordera nos obliga a repensar el valor de la provocación y la crítica social en la modernidad. La reintegración que buscamos empieza en el debate y en el cuidado mutuo. Porque reprimir no es lo mismo que hacer justicia.  

El futuro dirá si el Pelado fue un genio del pensamiento, un mártir social, un peligro para sus oyentes o simplemente el cronista de una sociedad rota.  

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¿Está la ciencia explicando cómo funciona Dios?

¿Está la ciencia explicando cómo funciona Dios?

¿Está la ciencia explicando cómo funciona Dios?

La rivalidad entre ciencia e iglesia ha perdurado durante los últimos cientos de años, pero parece que mientras más avanzamos tecnológicamente y en conocimiento científico, menos marcada se vuelve esta brecha entre los creyentes en un Ser todopoderoso y quienes confían en una aleatoriedad cósmica.  

¿Será que la ciencia, con sus fórmulas cada vez más complejas y sus telescopios más potentes, apenas está aprendiendo a deletrear el nombre de Dios?  

La historia va más o menos así: un día no había nada y, de repente, ocurrió un estallido inmenso que dio inicio a la fiesta cósmica. Lo llamamos cariñosamente Big Bang. En un rincón del universo infinito surgió un planeta propicio para la vida. 

Entre otras maravillas, unos monos con preocupaciones existenciales aprendieron a domesticar su entorno y comenzaron una tradición que hoy llamamos ciencia, con la intención de entender qué rayos pasó, por qué existimos y cómo funciona todo lo demás.  

Una explicación práctica

Una explicación más sencilla a la que estos primates cognitivamente desarrollados llegaron fue: hay algo o alguien que quiso que todo existiera. Entre sus muchos nombres, formas, explicaciones y poderes, eligieron llamarle Dios.  

Un ateo de primer nivel, Richard Dawkins, expresó con desdén lo que muchos seguidores de la ciencia piensan de los creyentes: “si no entiendes cómo funciona algo, no te preocupes, simplemente ríndete y di que Dios lo hizo”. Por eso, durante miles de años, Dios ha sido el comodín al que se recurre cuando algo necesita explicación: desde un eclipse hasta un corazón roto.  

El universo, en ocasiones, ha sido comparado con un reloj de alta precisión que funciona perfectamente. La ciencia, en manos de los curiosos, ha encontrado en su exploración leyes y constantes que muestran que el engranaje del cosmos es, en efecto, perfecto.  

El problema

El problema con la ciencia es que, hasta el día de hoy, puede explicarnos el cómo de las cosas, pero no el por qué de su existencia ni su origen primordial. Es relativamente sencillo medir la masa de un electrón (con el equipo adecuado), pero lo imposible es responder con certeza por qué existe algo en lugar de nada.  

Y no se trata de hacer una división cartesiana entre el reino de la ciencia y el de la religión, pues esas separaciones rara vez ayudan a acercarnos a la verdad. De hecho, la división entre ciencia e iglesia es algo superfluo y relativamente reciente. 

Basta recordar que Georges Lemaître, el físico que propuso la teoría del Big Bang, era también sacerdote. Es decir, un creyente en el Creador fue quien enunció el origen del universo según la ciencia.  

Está la ciencia explicando cómo funicona Dios

La realidad de Dios

Hay que aceptar que buscar a Dios como quien busca resolver una ecuación matemática compleja es buscar en el lugar equivocado. La ciencia nos ayuda a medir, probar y predecir… pero hasta ahí. Si Dios no es un fenómeno natural, o sea, ni una partícula, ni una fuerza, ni una constante, ¿qué es? O tal vez sea todo lo anterior al mismo tiempo. No hay forma de saberlo; solo podemos “apostar” por que existe, como diría Blaise Pascal.  

Y recuerda, amigo: si piensas que los científicos —los verdaderamente dedicados a la ciencia— están en contra de creer en Dios, piénsalo otra vez. Para Max Planck, padre de la teoría cuántica, la ciencia no elimina a Dios, sino que lo hace más evidente. Isaac Newton, el revolucionario de la física, dedicaba también tiempo a sus estudios teológicos. Y Johannes Kepler afirmó: “La ciencia es un intento de leer los pensamientos de Dios”.  

Así, podemos establecer que, ya sea intencionalmente o por accidente, los científicos han ido confirmando de una u otra forma la presencia de algo superior. No podemos probar ni refutar las nociones actuales sobre ese ser, pero podemos compararlo con la parábola que contaba el Buda acerca de los ciegos que tocaban un elefante tratando de adivinar qué era. Cada uno lo percibía según la parte que había tocado. 

Quizás lo mismo ocurre con la ciencia: intentamos explicar algo que nunca hemos visto en su totalidad.  

Conclusión

Muchos de los grandes descubrimientos nacieron de mentes que no veían contradicción entre ciencia y trascendencia. Para ellos, investigar la naturaleza era otra forma de acercarse al misterio.  

La próxima vez que mires a través de un microscopio la genialidad de una célula, o a través de un telescopio la inmensidad de una galaxia, recuerda que estás contemplando al mismo tiempo el mecanismo y el milagro.  

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¿La disciplina en casa hace buenos pensadores libres?

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¿La disciplina en casa hace buenos pensadores libres?  

Estás en la mesa del comedor. Tu hijo adolescente se quiere ir a su cuarto a jugar videojuegos, pero mamá le recuerda que tiene que lavar su plato mientras que papá le pide que haga su tarea antes de distraerse en placeres. 

El adolescente levanta la voz y les recuerda que él puede pensar por sí mismo y que no necesita a nadie que le esté diciendo qué hacer. ¿La disciplina en casa hará más propenso a nuestro adolescente a pensar libremente o lo convertirá en un conformista del pensamiento colectivo?

El mito de la rebeldía

Traemos arraigada la idea de que un pensador libre es un espíritu salvaje que desprecia el orden y los horarios; pero muchos de los filósofos más revolucionarios de su época eran disciplinados en varios aspectos. 

Se dice que Descartes se levantaba a la misma hora todos los días y se sabe que Simone Weil mantenía un diario bien documentado. Quizás no sea sorprendente para quienes conocen a alguien de ideas brillantes pero indisciplinado, que las ideas rebeldes sin estructura se queden en meros berrinches.

Los padres que insisten en que sus hijos sigan alguna rutina doméstica, como tender la cama, lavar los platos o llegar a tiempo a casa, les están facilitando el camino para que se vuelvan pensadores críticos. El ejercicio mental de tener que cumplir con tareas fijas ayuda a sostener una vida ordenada. 

Michel Foucault hablaba de la tecnología del yo, que son las prácticas cotidianas que forman sujetos. Así, lo que practican los jóvenes repetidamente en casa repercute en cómo formarán sus hábitos. Padres, los invito a no confundir la disciplina con el castigo. Si el hábito no es compartido, es decir, si tanto el padre como el hijo no están involucrados, es probable que repercuta en la autonomía del menor.

La disciplina en casa hace buenos pensadores libre

Mecanismo que conecta disciplina y pensamiento libre

La disciplina estructurada actúa como un andamiaje que permite la reflexión crítica. Cuando un joven interioriza hábitos que exigen esfuerzo y constancia, desarrolla la capacidad de posponer gratificaciones, evaluar consecuencias y sostener atención en tareas complejas. 

Esas habilidades cognitivas básicas son las que permiten cuestionar con rigor, sostener argumentos y resistir la presión del grupo. La disciplina sin autoritarismo crea espacio para la autonomía porque convierte comportamientos exigidos en herramientas disponibles para la voluntad del joven.

Saliendo de la paradoja

Contrario a lo que se cree, disciplinar a nuestros hijos no los convierte en autómatas obedientes, sino en personas ordenadas capaces de desobedecer con buen juicio. El pensador libre no necesita romper reglas; doblándolas logra también su cometido, pero esto solo lo puede hacer desde su posición dentro del tejido social. ¿Podríamos asegurar que la disciplina en casa garantiza buenos pensadores libres? 

No. Pero lo que sí podemos anticipar es que sin disciplina en casa veremos jóvenes con un pensamiento libre riesgoso, propensos a ejercer su libertad de manera imprudente. Sin orden de pensamiento y hábitos tendríamos pensadores desaprovechados.

Conclusión 

Padres, disciplinen sin domesticar; enséñenles a sus hijos a pensar con los pies en la tierra y a ejercer su capacidad con responsabilidad. Implementen rutinas compartidas, expliquen el propósito de las normas y permitan márgenes para la negociación y el error. Así se fomenta una disciplina que nutre la autonomía y la capacidad crítica en lugar de aplastarlas.

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La universidad se presenta como el templo del saber, pero a menudo parece sorda frente a conocimientos que no provienen del latín ni encuentran equivalente técnico en inglés. ¿Qué hacemos con esta institución, con esa musa de toga académica que tanto veneramos, cuando sabemos que se ha quedado estancada en formas heredadas del pasado?  

En América Latina, el modelo eurocéntrico ya no alcanza —ni satisface— para explicar o transformar las realidades de sus pueblos. La filosofía, como puente por excelencia, puede abrir el diálogo intercultural dentro de las universidades. Por eso urge reconciliar el saber académico con el saber popular.  

La universidad se proclama multicultural, pero en la práctica la integración suele ser apenas un breviario folclórico: se mira al saber popular con simpatía y ternura, pero sin otorgarle un lugar real en el debate. 

Es como invitar al saber indígena o a la sabiduría callejera a un baile, pero hacerlos entrar por la puerta trasera, permitirles una breve aparición y luego pedirles que se retiren. No es inclusión genuina, sino un gesto forzado para cumplir con la presión social.  

La razón

Kant nos habló del uso público de la razón, una razón que pertenece a todos. El problema surge cuando algunos deciden qué voces pueden ser públicas y cuáles no. Paulo Freire, en su Pedagogía del oprimido, nos recordó que el saber popular no es menos saber, sino conocimiento que brota de otra fuente.  

Exigir que el saber indígena o callejero se traduzca a categorías filosóficas occidentales es pedirles una visa para entrar al terreno académico. Pídele a un andino que hable del “buen vivir” y encontrarás reflexiones sobre ética, política, ontología y estética.

Pero si le exiges que lo encuadre en el marco universitario, le estarás pidiendo que se disfrace y deje de ser lo que realmente es.  

La filosofía puede recordarnos que el saber no necesita venir acompañado de bibliografía en formato APA. La pregunta no es “¿cómo incluir los saberes populares?”, sino “¿cómo dejar de excluirlos?”. La pista está en ampliar el espectro de lo que consideramos académico. 

Acabando con las visas epistemológicas

Conclusión

Sigamos leyendo a los filósofos históricos, a los genios literarios y a los científicos rigurosos, pero no olvidemos la sabiduría del abuelo en sus dichos populares ni la del trovador callejero en su versión sui generis del idioma.  

El conocimiento no depende de un título universitario. La visa académica es una exigencia del pasado.  

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La filosofía arrodillada: cuando el pensamiento se somete al poder

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La filosofía arrodillada

Pensar que la filosofía es incorruptible es mentirse, aunque nos jactemos de que el quehacer filosófico siempre está en búsqueda de la verdad y la justicia. Tenemos evidencias históricas y actuales que demuestran que los filósofos se han arrodillado ante el poder e ideas que no siempre concordaban con lo que predicaban.  

Filósofos se han sometido al poder. Más de uno ha besado el anillo del emperador y se ha dejado seducir por el poder. El mismo Platón soñaba con el “rey filósofo”, que sospechosamente sonaba a una vacante que él mismo podía cubrir. 

En el siglo pasado, Heidegger, el poeta del ser, terminó poniéndose el brazalete nazi y hablando de la grandeza del movimiento.  

Los filósofos no son tontos, saben que a veces más vale quedar bien con el patrón que acabar en la calle. Contar con la protección del mero mero gana prestigio, pero, ¿a qué costo?  

Lo que sucedió con Heidegger fue que se convirtió de crítico de la técnica a animador de mítines políticos. El pensamiento se convirtió en propaganda.  

Pensamientos de libertad

Otro caso ocurrió en la Unión Soviética, donde intelectuales que hablaban de libertad se convirtieron en los poetas de Stalin. En China pasó lo mismo cuando los académicos decidieron, durante la Revolución Cultural, citar a Mao.  

En América Latina, más de un pensador justificó las dictaduras militares en nombre del orden público. En Estados Unidos, no vimos a John Dewey o a William James luchando contra la segregación.  

Cuidar la filosofía es cuidar las oportunidades que se tienen para mejorar. El poeta Aimé Césaire escribió:  

“Una civilización que se muestra incapaz de resolver los problemas que suscita es una civilización decadente”.  

Si dejamos que la filosofía se incline ante el poder, estamos siendo partícipes de la decadencia de nuestra civilización.  

Perspectivas diferentes

Los filósofos de hoy no se arrodillan únicamente ante figuras de poder —hay otros altares más atractivos: el mercado y la industria del espectáculo, por mencionar algunos. 

El filósofo esloveno Slavoj Žižek es ahora una estrella pop por combinar humor, Matrix y filosofía. Jordan Peterson nos vende autoayuda disfrazada de filosofía profunda, y Byung-Chul Han se ha convertido en best-seller de buró de recámara.  

No quiero decir que estos filósofos no hagan filosofía. Personalmente admiro su trabajo. A lo que quiero llegar es: ¿a qué grado arrodillarse al altar del mercado afecta el quehacer filosófico? Es un regreso a los sofistas atenienses.  

El pensamiento, seas o no un filósofo de hueso colorado, es también una mercancía en este mundo moderno.  

La filosofía arrodillada: cuando el pensamiento se somete al poder<br />

Actualmente

Hoy elevamos también a revolucionarios tecnológicos al peldaño de gurús. Dejamos que ellos nos enamoren con discursos sobre la ética de la inteligencia artificial, mientras tienen trabajadores explotados en fábricas al otro lado del mundo.  

Un caso de pena ajena es cuando los intelectuales se reúnen a firmar manifiestos que abogan por la libertad de expresión —algo aplaudible—, pero callan frente a la censura económica que grandes corporaciones ejercen sobre la competencia menor. Algo incongruente, a mi punto de vista.  

Yo ya no quiero ver filósofos que, después de otro 11 de septiembre, avalen la “guerra preventiva” y la tortura Guantánamo Style en nombre de la democracia, o golpes de Estado a la Pinochet que se conviertan en salvaciones necesarias para la patria, a boca y letra de quienes deberían informar al pueblo lo que realmente está ocurriendo.  

La filosofía es crítica, no es cómoda para quienes tienen un interés en mantener el status quo. Querer entrar en coherencia filosófica con las ideas de quien esté en el poder es someterse. Lástima que esa sumisión venga plagada de premios, cátedras, contratos editoriales y conferencias alrededor del mundo; mientras que los filósofos que caminan erguidos son marginados o hasta perseguidos.  

Conclusión

Filósofos, démonos cuenta de que estamos propensos a sucumbir también a los algoritmos de popularidad. Si nuestra obra alcanza cierta aceptación, nos sentamos con una posadera en la silla de filósofo y otra en la de influencer.

Corremos el riesgo de ya no preguntarnos por la dicha de sumergirnos en el ejercicio filosófico, sino en vender respuestas rápidas. La verdad no debería basarse en likes.  

La filosofía se seguirá arrodillando, pero es nuestro deber, compañeros, asumir el riesgo y la soledad antes que traicionar nuestra vocación. Pensemos de pie, caminemos erguidos.  

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